18 de mayo 2015 - 00:00

Récord en Wall Street: en el mundo de tasas cero, el tuerto es rey

Wall Street no sólo resiste, sino que avanza. Y con la calma que regresó al mercado de los bonos soberanos, se ciñó la corona de nuevos récords. La maldición del Sell in May trajo un curioso formato: apenas rozó a las acciones estadounidenses y castigó duro a las de Europa. Doblegó al superdólar, sumergió en la zozobra a los bonos del Tesoro de todo el G-7 (con encono particular hacia los bunds de la austera Alemania) y logró la resurrección de los muertos vivos. Los activos que nadie quería disfrutan su agosto en pleno mayo: el euro, el petróleo, el cobre y hasta el oro (que desafía impávido el ascenso de las tasas largas). Cuánto más detestados, y con más apuestas en contra, más repuntaron.

A Wall Street, que nunca cayó tan bajo, la favoreció el desdén de los flujos. Todo el año los mánagers de fondos comunes de los propios EE.UU. cancelaron posiciones en casa para abrirlas o acrecentarlas en Bolsas del exterior. En el otro extremo de la sofisticación, hace diez semanas que merma el optimismo de los inversores minoristas. Y el jueves, cuando tocó su mínimo en dos años, el S&P 500 se lanzó a la caza de su enésimo récord absoluto. Liviano de equipaje se trepa mejor.

Hoy no rigen, por cierto, las condiciones que los libros de texto recomiendan para que cuaje una bonanza bursátil. La economía de EE.UU. presenta un cuadro de anemia más profundo que lo esperado (y al comenzar el año, pocos lo aguardaban). La actividad se expandió un magro 0,1% en el primer trimestre, según las cifras oficiales, pero la información más actualizada muestra que, en realidad, se contrajo. La producción industrial lleva cinco meses consecutivos en retroceso. Macroeconomic Advisors, una consultora privada, calcula que el PBI sufrió en marzo la mayor caída mensual desde diciembre de 2008, cuando el oleaje por el colapso de Lehman Brothers no había cesado. ¿Hay razones para el pánico? No. Un conflicto portuario es la explicación puntual del mal resultado extremo. Y se acepta que el clima polar jugó una mala pasada. Así -en 2014-, la economía se retrajo en el primer trimestre para repuntar luego con tremendo vigor. Pero hay que borrar la expectativa difundida de una repetición calcada. Las cifras de abril arrancaron con mal pie. Y después del informe de ventas minoristas -aumentaron a la menor tasa desde octubre-, todos los analistas revisaron a la baja sus pronósticos para el segundo trimestre. Ya nadie piensa en un crecimiento del 3%, sino del 2%. Pero la Fed de Atlanta -que procura rastrear el PBI en tiempo real- desconfía y apunta a un paupérrimo 0,7%. La primera mitad de 2015 será para el olvido.

Al presente, las ganancias empresariales tampoco relucen. Wall Street se aferra a la mejor salud de las utilidades esperadas. Ahora bien, la relación habitual entre los indicadores económicos corrientes y la rentabilidad futura muestra una disparidad significativa. La economía se enfrió, y las expectativas de ganancias, no. En la medida en que la actividad no repunte pronto, habrá que llenar esa brecha con fe y esperanza.

Ver a los bonos del Tesoro flamear como barriletes no es un espectáculo inédito, pero únicamente sucede en ocasiones muy especiales. Las más de las veces, es culpa de la Fed y alguna insinuación de giro de su política monetaria. Los episodios autónomos -como el reciente- son muy raros. Y vale recordar que las acciones sólo están francamente baratas si se las compara con los bonos. Que los bonos se hundan de precio no debería resultar alentador. Sin embargo, constatar que la volatilidad de los bonos se dispara, y la de las acciones se mantiene imperturbable, como también ocurrió, fue una carta de serenidad que Wall Street facturó con creces en su ofensiva.

Ajena a la urgencia por desapalancar posiciones, ciega a una realidad que se destiñe y demora en recobrar su color y, sobre todo, sorda a las advertencias de Janet Yellen, la Bolsa de Nueva York se abrió camino en el temporal. A pasos cortos, recuperándose rápido de todo traspié, y sin una gota de euforia. Coronarse con una ristra de récords -aportando tan poco- sólo es posible porque en el mundo de la tasa cero el tuerto es rey.

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