28 de mayo 2010 - 00:00

Reforma de Obama, un descorchador en dos tiempos

Tras la aprobación del proyecto de ley en el Senado, la reforma financiera despejó su camino. Todo sugiere que el presidente Barack Obama conseguirá sancionarla a más tardar el próximo 4 de julio. Resta una tarea importante -la fase de «reconciliación»- que exige pulir las diferencias entre la propuesta que piloteó el demócrata Barney Frank y votó la Cámara de Diputados (en diciembre de 2009) y la que impulsó su correligionario Christopher Dodd en el Senado. De ese ensamblaje surgirá la reforma definitiva. Y si bien todavía no se fraguó el molde de su fisonomía concreta, no irá más allá del perfil que delimitan los proyectos votados en ambas Cámaras. Ya se sabe, pues, lo que la reforma financiera no será. Las ansias de revolución -un giro copernicano a la manera de Glass Steagall en 1933- no encontrarán recompensa. Quien temiera un zafarrancho, como la propia industria financiera, reconocerá (en privado) su alivio. El presidente que barrió en las urnas en 2008 con la promesa del cambio, cumplió -al menos- con la letra fría de su agenda legislativa: podrá mostrar la reforma de salud y de las finanzas en sus alforjas. ¿Le alcanzará con la sanción de sendos híbridos para apuntalar sus posibilidades en los comicios de noviembre? No parecen decisivos. Ni, a esta altura, particularmente dañinos. Será más bien la creación de empleo -que, para fortuna de Obama, levantó temperatura en marzo y abril- la que defina.

Toda crisis profunda trae su correlato de reforma. La Gran Depresión alumbró la Ley Bancaria de 1933 (conocida como Glass Steagall). Entonces, como ahora, la intención manifiesta era evitar que la historia se repitiese. Pero Glass Steagall acometió una agenda muchísimo más ambiciosa. La separación tajante de la banca comercial y de inversión cambió de raíz la estructura del sistema. No hay una pretensión semejante en la reforma actual. Las iniciativas que plantearon alteraciones drásticas -por ejemplo, la enmienda Brown-Kaufman, que hubiese forzado a los seis bancos más grandes a reducirse- no lograron respaldo. El anuncio de la regla Volcker -que el presidente Obama lanzó con bombos y platillos en un momento de debilidad política, a comienzos de año, tras la pérdida de la banca Kennedy en Massachusetts- no se corporizó tampoco en un mandato expreso. Los senadores Merkley y Levin propiciaron una versión dura -que obligaba a los bancos a desprenderse de las actividades propietarias de trading- pero su moción fue derrotada con holgura. Como muchos otros tópicos sensibles, la aplicación efectiva de la regla quedará librada a la discreción de los reguladores. Así ocurre también con el meneado asunto de los bancos «demasiado grandes para caer». La reforma no se pronuncia, pero faculta a los reguladores a restringir el tamaño de una entidad si es que consideran que ello supone un riesgo sistémico. En ese sentido, la reforma no abre las puertas de una mudanza estructural, pero tampoco las cierra. En todo caso, si se quiere, obrará como un descorchador de dos tiempos. ¿Hipocresía? Sentido común. La crisis no terminó; si a los grandes bancos hoy se les quita la protección implícita que da su tamaño, ¿quién garantiza que mañana no resurjan los estertores? La innovación más audaz, por lejos, es la prohibición a los bancos de operar en derivados, conforme la propuesta con sanción del Senado (la enmienda Lincoln). ¿Sobrevivirá a la etapa de reconciliación? Difícilmente permanezca intacta. ¿Desaparecerá por completo? No sería extraño. El propio Gobierno hizo saber que se opone a su vigencia. Lo mismo que Paul Volcker. Expulsar a los derivados de la banca, crearía un sistema en las sombras. Los peligros -aunque ocultos- serían mayores.

No sólo los bancos estuvieron en vilo por la gestación de la reforma; también la Reserva Federal. Su independencia se puso en tela de juicio. La idea de que el Congreso audite a la política monetaria -la iniciativa que empujó el senador republicano Ron Paul- sólo fue neutralizada a última hora y con muchísimo esfuerzo. La Fed también debió batallar para retener sus funciones como regulador. En ese terreno, ganó y perdió. Las entidades con activos inferiores a los 50 mil millones de dólares ya no estarán bajo su órbita. Bancos, y ahora también compañías de ahorro y préstamo, con carteras de monto superior, serán objetos de su contralor.

¿Cómo se propone la nueva legislación impedir una remake de la crisis financiera? Con más regulación (y supervisión), con un proceso ordenado de liquidación de entidades en problemas (a la manera expeditiva que la FDIC utilizó para los pequeños bancos de comunidades) y con la constitución de un fondo específico financiado por los propios bancos (como se solventa hoy el régimen de garantía de los depósitos). Para terminar con los rescates con cargo a los contribuyentes, la iniciativa de Diputados se propone recolectar 150 mil millones de dólares de las instituciones de mayor tamaño. La versión del Senado plantea un fondo de 50 mil millones.

Una nueva superagencia -el Consejo de Contralor de Servicios Financieros- velará por el cuidado de los «riesgos sistémicos». Presidida por el Tesoro, se sentarán allí los representantes del abanico de organismos con funciones de regulación. Incluyendo también a otra flamante creación: la agencia federal de protección del consumidor (destinada a impedir los abusos de los prestadores de servicios financieros). En el proyecto Frank, esta oficina es independiente de la Fed. En la versión Dodd, opera en su seno. La superagencia debería gatillar la alerta temprana ante la acumulación de riesgos sistémicos y tomar las medidas preventivas para su remoción. Tarea fácil de definir en papel pero tan difícil de ejecutar con acierto como cuando Alan Greenspan, el ex titular de la Fed, manifestaba, a la par, su temor por la exuberancia irracional de Wall Street y su incapacidad de ponerle freno sin provocar un daño peor. Si la reforma financiera va a estampar un sello propio, un antes y un después en el giro de las finanzas, mucho dependerá de cómo la superagencia maneje sus atribuciones. Mucho, por no decir casi todo.