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Regreso con gloria del ballet del Colón
Sofía Menteguiaga y Federico Fernández asumieron la responsabilidad de encarnar a Margarita y Armando en la misma sala donde Fonteyn y Nureyev crearon estos personajes.
Con gran expectativa no sólo por tratarse del debut 2011 del Ballet del Teatro Colón sino por ser la primera vez en el año que Orquesta Estable actuó para el organismo (por reclamos gremiales los músicos se negaron a tocar en la ópera «El gran macabro» y acompañaron a Plácido Domingo sólo en su recital en la 9 de Julio), el martes subió a escena la «Trilogía Neoclásica» integrada por «Nuestros valses», de Carreño-Nebrada, «Margarita y Armando», de Liszt-Ashton y «Sinfonía en Do» de Bizet-Balanchine.
Para la compañía, que también vivió varios meses de inactividad pública, el desafío coreográfico y artístico en este caso pasa no sólo por interpretar tres obras, cada una con sus dificultades particulares, sino por plasmar tres lenguajes muy diferentes, desde la soltura de Vicente Nebrada hasta la precisión de Balanchine. Y el resultado no podía ser más satisfactorio: ayudado por repositores de primera línea y apoyado en su propia disciplina y determinación, el Ballet no decepcionó en ninguna de las instancias.
«Nuestros valses», bellísimo fresco creado por el coreógrafo venezolano sobre partituras de su genial compatriota Teresa Carreño (1853-1917), tuvo intérpretes de lujo y un magnífico solo de piano a cargo de Leonardo Marconi, quien supo imprimir a estos valses de perfume americano las leves inflexiones rítimcas que acompañaron el movimiento. Cada una de las cinco parejas, todas impecables en sus intervenciones, brilló con luz propia; se destacaron la perfección y musicalidad de Silvina Perillo y Federico Fernández, la sutileza y sensualidad de Sofía Menteguiaga y Juan Pablo Ledo, la delicadeza y expresividad de Natalia Pelayo y Alejandro Parente, la energía desbordante de Carla Vincelli y Emiliano Falcone y la limpidez de Luciana Barrirero y Edgardo Trabalón.
El núcleo del programa lo constituyó «Margarita y Armando», que Ashton creó en 1963 para Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev y que resume el argumento de «La dama de las camelias» de Dumas (hijo). En una labor descollante desde todo punto de vista (si bien las exigencias técnicas son mayores para el protagónico masculino), Sofía Menteguiaga y Federico Fernández asumieron -al nivel de las circunstancias- la responsabilidad de encarnar a estos personajes en la misma sala en que Fonteyn y Nureyev lo hicieran en 1967, y volcaron en apenas media hora toda la gama de sentimientos que abarca la trama, en interpretaciones inolvidables.
Con el impecable solo de piano de Iván Rutkauskas, la Estable dirigida por Carlos Bertazza brindó una ejecución intensa de la «Sonata en si menor» de Liszt en el eficaz arreglo de Dudley Simpson. Sobre el final, la «Sinfonía en Do», partitura juvenil de Bizet dirigida en esta oportunidad por Javier Logioia Orbe, y llevada al ballet por George Balanchine en una de sus más hermosas creaciones, fue el contraste ideal para la tragedia que acababa de vivirse en la obra de Ashton.
Sobre el mismo ciclorama en celeste de «Nuestros valses», el Ballet Estable ofreció una esmerada versión donde volvieron a brillar Ledo, Vincelli y Trabalón, y donde Karina Olmedo, Gabriela Alberti, Maricel de Mitri y Gerardo Wyss se reencontraron con la ovación del público, secundados con disciplina y musicalidad por el cuerpo de baile. En el cuarto movimiento, los rostros de todos ellos parecían hablar de la alegría incomparable que les da el poder brindar su arte con su orquesta, en su casa y para su gente.


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