1 de septiembre 2010 - 00:00

“Requiem” por la Scala, un ritual electrizante

El «Requiem» es una de las partituras más teatrales del repertorio sacro, y nadie mejor que Barenboim para ponerlo de relieve, contando además con dos ensambles extraordinarios como el Coro y la Orquesta Estables de la Scala.
El «Requiem» es una de las partituras más teatrales del repertorio sacro, y nadie mejor que Barenboim para ponerlo de relieve, contando además con dos ensambles extraordinarios como el Coro y la Orquesta Estables de la Scala.
Cuarto concierto del Abono Bicentenario. Coro y Orquesta Estables del Teatro Alla Scala de Milán. Dir.: Daniel Barenboim, director. G. Verdi: «Misa de Requiem» (Teatro Colón, 30 de agosto).

Entre las dos funciones de la ópera «Aida» en versión de concierto, el Coro y Orquesta Estables del Teatro Alla Scala de Milán en Buenos Aires bajo la dirección de Daniel Barenboim ofrecieron en su primera visita oficial otra obra capital de la madurez de Giuseppe Verdi: su «Misa de Requiem». La partitura tiene además una relación estrecha con aquella ciudad italiana, ya que en Milán, junto a la tumba del poeta Alessandro Manzoni, surgió en la mente del compositor la idea de homenajear a este referente suyo con una misa de difuntos. El estreno tuvo lugar en 1874 en la iglesia milanesa de San Marco, y poco después el primer ámbito profano en albergar esta música fue justamente el Teatro Alla Scala.

Es que la «Misa de Requiem» de Verdi es una de las partituras más teatrales del repertorio sacro. Y nadie mejor que Daniel Barenboim para poner aún más de relieve dicho rasgo, contando además con dos ensambles extraordinarios como éstos. En su primera intervención, sobre la palabra «requiem», y más adelante, en el «Quantus tremor est futurus», el Coro asombró con una emisión susurrada de efecto conmovedor. Por su parte, el fragmento a capella «Te decet hymnus» fue interpretado con una perfección que demuestra cómo un coro de ópera puede convertirse en el mejor grupo de cámara.

El «Dies irae» (imponente sección que Verdi repite a lo largo de la obra, como si buscara imprimir de forma indeleble el tremendo día del Juicio Final en el alma del oyente) sacudió la sala, en tanto que Barenboim logró un efecto sobrecogedor al ubicar en los laterales de la cazuela parte de las trompetas en el «Tuba mirum» (indicadas en la partitura como «in lontananza ed invisibili»).

En el cuarteto solista (integrado por la soprano Marina Poplavskaya, la mezzo Sonia Ganassi, el tenor Giuseppe Filianoti y el bajo Kwangchul Youn) las voces femeninas sobresalieron tanto en los bellísimos dúos como en los importantes fragmentos solistas, mostrando en todo momento afinación perfecta y un empaste inédito entre ambas. Poplavskaya, a la que ya había podido escucharse el miércoles pasado en la «Novena sinfonía» de Beethoven con la West-Eastern Divan Orchestra, llevó la noche a uno de los puntos más altos con una extraordinaria entrega en el «Libera me». Ganassi, visita muy esperada por los porteños, no decepcionó: sus condiciones vocales y expresivas le sobraron para asumir la difícil parte asignada por Verdi. La voz de Filianoti, de hermoso timbre e inmejorable centro, sonó algo tirante en la zona aguda, mientras que el bajo Youn llevó adelante con corrección su línea.

La función estuvo dedicada a la memoria de dos artistas fallecidos recientemente y ligados a esa institución: el tenor argentino Eduardo Ayas y el maestro italiano Tulio Boni, uno de los más recordados directores del Coro Estable del Colón. Ningún homenaje más apropiado para ellos que este «Requiem» verdiano en una versión antológica, en un Teatro repleto en el que reinó, hasta la ovación final, un verdadero clima de misa.

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