Romney, en el último round, busca golpear a “Maravilla” Obama

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TM ¿Cuál será el próximo plan de rescate? Ni España ni Grecia. No hay que mirar a Europa sino a EE.UU. Y el terreno de la acción, esta vez, no es la economía y las finanzas sino la política. Urge a los republicanos -de cara a las elecciones presidenciales del 6 de noviembre- el salvataje de su candidato, Mitt Romney. La jugada más audaz -el rescate del «soldado» Ryan como su compañero de fórmula- no funcionó. Y en el duelo de convenciones partidarias, los demócratas sacaron ventaja. No tanto en la pulseada personal Obama-Romney como en la lid desigual de los expresidentes Clinton-Bush Jr.

De acuerdo con las compulsas de Pew Research, tras las respectivas asambleas, el discurso del presidente Barack Obama concitó el 60% de repercusión positiva vis à vis el 53% de Romney. Está claro que no sopla el mismo vendaval de 2008, cuando Obama prometía el cambio y conseguía una aprobación del 73%. No obstante, la estocada a fondo de Romney

-la intención de instalar en el electorado, como eje de la discusión, la siguiente pregunta venenosa: «¿Está usted mejor que cuatro años atrás?»- se perdió en el aire. Sin esfuerzo Bill Clinton la eludió con una finta magistral. Convincente, retrucó: «Ningún presidente -ni yo ni ningún otro anterior- podía haber reparado en cuatro años todo el daño que Obama encontró». Desde ya, hizo blanco preciso en la herencia de Bush Jr. (un desaparecido en acción de la campaña republicana). Generoso, Clinton le abrió crédito al futuro: «Las condiciones (de la economía) están mejorando y, si ustedes le renuevan el contrato al presidente, lo van a notar». El hombre de Arkansas ganó la batalla retórica de manera aplastante, al punto de eclipsar al propio Obama: el sondeo de Pew juzgó su intervención como el punto más alto de la convención (según el 29% de las opiniones) frente al 16% que privilegió al discurso del presidente, el 15% al de su esposa Michelle o el 2% que destacó las palabras de su casi translúcido vice, Joe Biden.

Según el guión convencional, dos de los tres grandes momentos definitorios de toda campaña han quedado atrás: los republicanos no lograron asestar un golpe de efecto que les diera ventaja ni en la etapa de revelación de la fórmula ni en el posterior duelo de convenciones. Quedan los debates mano a mano. Son tres, que se celebrarán a lo largo de octubre.

Las encuestas, a esta altura, acusan una porfía reñida. La cátedra de Bill Clinton aportó más ganancias de centimil en los medios que en la intención de voto de la población. La brecha se estiró a favor de Obama pero aún así un promedio actualizado de los diversos sondeos arroja una luz que no es muy distinta de los márgenes de error: 3,3 puntos porcentuales (era de 1,2 punto al comenzar el mes). Conforme la recopilación de Pollster, Obama goza de un apoyo del 48,3% y su contrincante del 45%. ¿Se justifica el dramatismo, entonces, cuando todavía resta un mes y medio para la elección? ¿Por qué se agita el cuartel republicano como si descontara ya una catástrofe? ¿Por qué se dice aquí que se necesita despachar pronto un plan de rescate a Romney?

Vaya en respuesta un botón de muestra, con más ánimo descriptivo de la situación en la trastienda que propósito de estimar el resultado probable con precisión. Los mercados de apuestas asignan a la reelección de Obama las chances más altas desde mayo de 2011. Y las cifras se catapultaron el último mes. Cuando comenzó el año, apostar por Obama era lo mismo que arrojar una moneda al aire. A fines de agosto, las probabilidades implícitas en estos contratos altamente ilíquidos habían trepado, pero muy poco: se ubicaban entre el 56% y el 58%. Fue durante septiembre que la percepción de victoria se acentuó: el dato más reciente marca el 69,5%. Aquí se detecta la avalancha que no se ve en las encuestas. Y es sensato desconfiar sobre la calidad informativa de los mercados de apuestas, pero sería necio ignorar que aporta una gota más a un océano de evidencia en el mismo sentido.

La elección presidencial no se realiza por voto directo en los EE.UU. Es el Colegio Electoral el que decide la puja. Es el que consigue más electores, no necesariamente más sufragios, quien se impone. Así, cuando lo que se estima es el mapa de electores (en función de las encuestas de intención de voto con énfasis en las características de su distribución geográfica) es allí donde se advierte con nitidez el descalabro en que se halla inmersa la estrategia de los republicanos. Usando la base de datos que ya se citó, Obama se aseguraría 317 representantes en el Colegio Electoral (300 de ellos con muy alta probabilidad) frente a los 191 de Romney. Se precisan 270 para consagrarse presidente. De los cinco estados considerados clave por su capacidad de torcer el rumbo de la contienda («swing states»), Obama saca ventajas significativas en cuatro de ellos (Ohio, Florida, Virginia y Wisconsin) y pelea palmo a palmo en Colorado, el restante. No hay manera de que Romney gane la elección si no revierte esa tendencia. Y jugarse el todo por el todo a los debates, siendo Obama, antes que nada, un muy hábil declarante, sería replicar la encrucijada de Julio César Chávez Jr. en el último round de su pelea contra «Maravilla» Martínez. Es ir por el golpe providencial de nocáut. Y aunque el rival se descuide, acepte tomar riesgos, y esa única mano llegue plena a destino, tampoco es seguro que alcance si la conmoción se produce sobre el filo de la campana. Romney no tendrá brújula, pero sí tiempo. Deberá apurar, perdido por perdido, un nuevo plan de su rincón. Y, por cierto, deberá comenzar a aplicarlo sin esperar a octubre.

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