Periodista: Su carrera fue atípica: comenzó estudiando composición y se volcó al canto más tarde. ¿De qué manera se dio esa sucesión?
Rosa Domínguez: Fue una gran casualidad. En realidad ocurrió porque yo estaba enamorada de un primo diez años mayor que siempre decía que iba a estudiar composición. Finalmente él no estudió pero yo sí.
P.: ¿En su entorno familiar se hacía música?
R.D.: Nada. Precisamente por eso estudié composición. Aunque en realidad fue todo mucho más inconsciente. Mi papá no quería que estudiara música, y por eso yo iba a hacer ciencias exactas. Desgraciadamente mi papá murió en enero de ese año, cambié el rumbo y me metí en composición en la Universidad Católica Argentina. Después me di cuenta de que no era para nada lo mío, pero me enseñaron muchísimo. Hice los dos primeros años de ingreso y los tres primeros de carrera, pero después se ponía muy difícil, había que componer en serio y yo no podía. Más tarde cuando ingresé a estudiar en la Schola Cantorum de Basilea (nota: donde ahora es docente de canto) me gustó más tener un enfoque historicista, del gregoriano en adelante, porque entendí mejor muchas cosas, acá se me hacía muy extraña la forma en que me lo enseñaban.
P.: ¿Ya había comenzado a cantar en esa etapa de estudios de composición?
R.D.: En la UCA conocí a una chica que tenía una voz muy bonita y ahí entendí que la voz podía educarse, porque yo cantaba siempre pero ni se me ocurría que hubiera que hacer algo. Tuve la suerte de dar con la profesora que fue buena conmigo, Susana Naidich. Desgraciadamente ella se fue en un momento y eso complicó las cosas, pero la primera impresión que tuve del canto fue muy buena. A los 21 entré al Polifónico aunque estuve poco tiempo. En esa época el sueldo era casi irreal y era un repertorio muy dañino, muy pesado, y en 1989 me fui a Europa. Dos años tuve la Beca Ernst Haeffliger acá, que era maravillosa porque era un mes entero, todos los días, un infierno pero se aprendía muchísimo. Lo mejor era que se escuchaba también lo que trabajaban los demás.
P.: ¿Cómo y por qué tomó la decisión de irse a Europa?
R.D.: Yo sabía que acá no iba a poder, porque hay que ser muy fuerte y yo no soy tan fuerte.
P.: ¿Más fuerte aquí que fuera?
R.D.: Por supuesto, porque hay pocos lugares de trabajo y mucha gente muy buena. En Alemania cada ciudad tiene su teatro, en Suiza también, aquí hay muy pocos teatros con elencos estables y hay muy buenas voces y gente con mucho instinto. Buscaba algo que no sabía que era pero que sabía que acá no lo iba a encontrar. Y también muy inconscientemente me fui detrás de Haeffliger en un principio, trabajé unos meses en Munich con él, no iba muy bien, y de repente un día fue a esa ciudad René Jacobs a hacer un concierto, y ahí me volví loca. No conocía a René ni el repertorio, apenas un par de cosas. Me impactaron muchísimo los textos de ese concierto y la música. Al día siguiente audicioné con él y tuve la suerte de que me tomara, y mi destino volvió a cambiar porque me fui a Basel a estudiar. Nunca tampoco tomé la decisión de hacer solamente música barroca, se fue dando así y era una cuestión de comodidad vocal y la fascinación que me genera el repertorio del siglo diecisiete, la mezcla entre arte y ciencia.
P.: ¿En qué medida influyó esa formación inicial en composición en su desarrollo posterior como cantante?
R.D.: Mucho. Me dio el gusto por distintos repertorios: aprendí a no hacerle asco a nada. Yo estaba en contacto con gente muy abierta y muy curiosa intelectualmente me abriera un panorama enorme de música. No había un límite. Por eso cuando entré a la Schola Cantorum de Basilea no tenía ese prejuicio que muchas veces tiene la gente de la música antigua. Y nunca me dejó de gustar la música posterior.
P.: ¿De qué manera seleccionó las obras de este concierto?
R.D.: Los autores cuyas obras seleccioné se volvieron casi conocidos personales a fuerza de frecuentarlos. Algunos los tomé porque sin desafiantes, por ejemplo Monteverdi. Cada sonido está puesto con tanta sabiduría que son muchos parámetros que se ponen en juego al mismo tiempo. Uno siempre tiene que hacer uno mientras canta, no puede hacer veinte. Entonces lo interesante es ver cuánto uno lo digirió y cuánto en esa simple nota está implícita la digestión que uno realizó. Siempre va a faltar alguna cosa porque era un autor tremendamente preciso e inteligente, que no escatimaba recursos, sobrio, ceñido, siempre es un desafío porque uno se puede bandear. D'India es muy inspirado y es igual de inteligente que Monteverdi pero menos adusto, y en un programa brinda momentos muy inspirados; me interesa su escritura porque recupera un aspecto que después yo ya no encuentro y que es un enfoque místico del sonido. Tanto él como Monteverdi trabajan muy modalmente, pero en D'India por momentos la misma armonía por cinco o seis compases y sobre eso se pueden hacer miles de cosas, y eso es algo que yo encuentro en la música sufí o india. Caccini es interesante porque en su prólogo a "Le nuove musiche" dice "primero la 'favella'", es decir la historia, "después el ritmo y después la música". Y yo elegí una canción estrófica, porque hay que contar la historia. Frescobaldi es preciso como Monteverdi, pero con otro tipo de trucos y en su música nada es lo que parece. Y Ferrari es un buen complemento.
P.: Volviendo a su trayectoria, ¿con qué director le resultó más difícil y más fácil trabajar?
R.D.: Con el que más difícil fue trabajar, incluso a veces catastrófico y con quien la relación laboral terminó, es Jacobs. Tiene una exigencia tremenda pero a la vez nunca dejó de enseñarme. Con el que más tuve placer en trabajar y menos miedo porque me puso en otro punto de las cosas fue Claudio Abbado. Con él hice motetes de Pergolesi. Él está tanto más allá que uno no se relaciona con el miedo sino con él. Fue terrorífico porque yo vi cómo se echaba a seis solistas a mi alrededor en tres días, y yo pensaba "Bueno, mañana me toca a mí, pero no me tocó. Al principio no me llamaba la atención su forma de dirigir, pero un día observándolo empecé a entender que el dedo meñique de su mano era el violín, el anular era el violoncello, el otro la melodía, que todo lo dibujaba con las manos. Después del concierto y la grabación me quedé tan impactada que me tuve que ir tres días a viajar sola, y lloré muchísimo porque nunca había visto a un músico así tan de cerca.
| Entrevista de Margarita Pollini |


Dejá tu comentario