Rotisería Miramar: el señor de los bodegones

Edición Impresa

Nacida en 1950 en el barrio de San Cristóbal, esta cantina es un viaje en el tiempo por histórica, estética y gastronomía. Lo que se dice “un bodegón, bodegón”.

Sábado al mediodía. Osvaldo entra y lo reciben Oscar González y Jorge Cárdenas, dos mozos históricos de Rotisería Miramar. Entre risas y diálogo cotidiano se sienta en su mesa, y mientras se acomoda le preguntan: "¿Lo de siempre?". Osvaldo asiente y sigue la charla. Ya partió el pedido para la cocina que comanda hace 35 años Ramón Álvarez. Oscar y Cárdenas -así los llaman todos en el lugar, desde sus compañeros hasta los comensales- se pasean por el resto de las mesas intercambiando comentarios con los demás clientes. Todo como en casa. Y es que si hay algo que caracteriza a este bodegón de San Cristóbal, es eso. Es parte de la vida del barrio y de varias generaciones.

"Que te sentís como en casa es lo que dice la mayoría de la gente que viene a Miramar", cuenta a Estilo á Martín Paesch, quien junto a sus socios se hizo cargo de local hace poco más de 5 años. En ese momento, el tradicional bodegón estaba por bajar sus persianas definitivamente. Lo rescataron con una estrategia tan simple como efectiva: mantener viva la esencia con la que nació en 1950. "Cuando agarramos estaba bastante caído. Lo que lo mantuvieron en pie son los mozos y Ramón, que son los pilares de Miramar", insiste sobre quienes le dan su impronta al lugar, con un trato sin protocolos y una cocina "típica de la que antes se hacía en casa". Los nuevos dueño potenciaron lo que era propio del bodegón. Reintrodujeron platos históricos, como ranas, caracoles, rabo de toro, o pulpo, y recuperaron la amplia oferta de vinos. En cuanto a la estética, está intacta. Repisas con botellas, amplios mostradores de madera, jamones colgando del techo, cuadros de la vida porteña en las paredes, y hasta ventiladores de los años 20 (aunque sumaron aire acondicionado). Incluso aún está el emblemático spiedo, porque desde su origen y hasta el día de hoy, no solo es restaurante, sino también rotisería. Así, no solo resurgió para quienes ya lo frecuentaban, sino que volvieron otros clientes, y sumaron nuevos.



Martín remarca que Miramar "tiene esa cosa de boliche porteño, que mueve el barrio pero nadie sabe que está ahí. Acá el que viene no se da cuenta de que está en Miramar, qué está haciendo y con quién está hablando. Se apodera de vos. No te importa quién está al lado, ni el protocolo del servicio. Lo único que te importa es la calidad de la comida y pasar un momento cálido. Como en casa". Para él existe entre quienes lo frecuentan un sentido de pertenencia, de nostalgia, pero no de nostalgia con sentido de tristeza, sino de recuerdos felices. Por eso es común que en sus mesas coincidan tres generaciones de una misma familia.

"El zorzal"

El local tiene su historia propia. Antes fue una famosa fábrica de sombreros, donde por ejemplo compraba los suyos Carlos Gardel. Luego tomaron el lugar los primos Ramos para crear Miramar. El origen del curioso nombre no tiene más explicación de que por esos años había otra reconocida rotisería que se llamaba Mar del Plata.

Ya instalado en el rubro gastronómico, el lugar fue refugio de referentes de la música porteña, como "El Polaco" Goyeneche o Aníbal Troilo. Todo antes de que el tango saltara de los arrabales a los escenarios. Con el tiempo fue frecuentado por personajes de la política, particularmente del peronismo -aunque también concurrió alguna vez el expresidente Fernando de la Rúa-, de la justicia, y del sindicalismo. Cuentan que el metalúrgico Lorenzo Miguel se hacía ir a buscar todos los días su almuerzo ahí. Del espectáculo, solo por nombrar alguno, el genial Alberto Olmedo iba siempre porque vivía enfrente. Y hoy por hoy, es normal ver a la artista plástica Marta Minujín pasar a buscar una tortilla española para llevarse a su estudio. Vale la pena contar la historia de Horacio, quien aunque no pudo asistir a la inauguración, desde el segundo día estuvo ahí siempre, tanto que hace poco festejó allí sus 98 años. "Acá todos son uno más", asegura su dueño.

La conversación con Martín sigue entre plato y plato, y el paso de Oscar y Cárdenas que cuentan anécdotas mientras muestran fotos históricas, y con clientes, que guardan en su celular. Es tal la familiaridad que se respira en el lugar que a veces los habitué hacen reservas hablando directamente con ellos.



La charla en el lugar es de todo. Hay discusiones, peleas, amores y desamores. De familia, de vecinos y de amigos. Y los mozos operan muchas veces de confidentes.

La historia de Martín también tiene lo suyo. Un argentino que vivió en Uruguay y Brasil, y que ya hace años retornó a Buenos Aires. No viene de lo que uno llamaría el palo de la gastronomía en términos de formación, aunque hizo varios cursos al respecto, pero se define, al igual que a sus socios, como "bolicheros de barrio". "Nos interesó que siga existiendo. Porque acá hay muchas historias", afirma. "Hoy la cantina ha tenido un resurgir. Pero siempre estuvo ahí. El bodegón tiene el éxito de permanecer en el tiempo. Obvio que me interesa el éxito comercial, pero lo más emocionante es pensar que cuando yo me vaya de acá, esto va a seguir estando", concluye. Y claro que será así, mientras haya tipos como Ramón, Oscar y Cárdenas.

¿Qué probar?

Ranas a la provenzal

Rabo de toro

Pulpoespañola

Caracoles

Dejá tu comentario