1 de junio 2010 - 00:00

Rubén Juárez fue original y fiel a la raíz tanguera

Al «Negro» Juárez le tocó vivir una época difícil para el tango, con la complicación extra de no pasar por la escuela de las últimas grandes orquestas típicas y formarse más solo.
Al «Negro» Juárez le tocó vivir una época difícil para el tango, con la complicación extra de no pasar por la escuela de las últimas grandes orquestas típicas y formarse más solo.
Hacía un tiempo largo que sufría una enfermedad que desembocó ayer en este desenlace, pero hasta hace muy poco seguía dedicando su vida a lo que más le gustaba: el tango, su familia, los amigos. Apasionado, creativo, divertido en la charla, cariñoso, profundamente tanguero -para los que piensan que sólo se puede serlo habiendo nacido en Buenos Aires-, Rubén Juárez fue una de las mayores figuras del género.

Y si no logró colocarse en el mismo panteón de los grandes próceres de la música rioplatense -aunque que sí tiene un lugar allí muy bien ganado- es porque le tocó trabajar en el tango cuando el género no estaba en la cresta de la ola, cuando había que remar con mucha fuerza para hacerse un lugar, cuando había que pelear el doble para ser original sin abandonar las raíces, para estar a la vanguardia sin parecerse a Piazzolla, para llegar a las multitudes cuando la corriente tiraba para otro lado.

El «Negro» Juárez -todos los llamaban así y no le disgustaba el apodo- había nacido en Ballesteros, provincia de Córdoba, el 5 de noviembre de 1947. Pasó buena parte de su infancia en Avellaneda. Y ya a los seis años empezó a estudiar el bandoneón. Siendo todavía un niño, integró la orquesta juvenil del club Independiente -justamente él que fue un acérrimo fanático de Racing-, y ya en la adolescencia también despuntó el vicio como guitarrista en un grupo de rock.

Fue Lucio Demare quien, siendo Juárez un músico joven y no conocido, decidió llevarlo al elenco del mítico boliche Caño 14. Y entre Aníbal Troilo, que fue una especie de padrino artístico- y Nicolás Mancera, que lo llevó a actuar a sus «Sábados circulares», terminaron de llevarlo a un lugar de reconocimiento público.

En términos materiales, la obra de Juárez como compositor no es tan grande. Creó algunos temas, entre los que se cuentan los inolvidables «Mi bandoneón y yo», «Candombe en negro y plata» o «Qué tango hay que cantar». Y su producción discográfica incluye una veintena de álbumes que no siempre han alcanzado gran repercusión. A él le tocó vivir una época muy difícil para el tango con la complicación extra, en relación a varios de sus contemporáneos, que no pasó por la escuela de las últimas grandes orquestas típicas y tuvo que hacerse mucho más solo.

Quizá por eso, lo más valioso del Negro Juárez estuvo siempre en sus interpretaciones en vivo, con pequeños conjuntos o sencillamente con su bandoneón, en un diálogo cantor-instrumento excepcional para el tango y siempre brillante. Nos seguirá quedando su imponente versión de «Pasional», que hasta llegó a compararse con la emblemática de Alberto Morán, el tango de Soto y Caldara que Juárez hizo su caballito de batalla.

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