11 de enero 2012 - 00:00

Ruiz Zafón: la biblioteca perenne

Ruiz Zafón: la biblioteca perenne
Carlos Ruiz Zafón «El prisionero del cielo» (Bs.As., Planeta, 2011, 379 págs.)

En 1945, en Barcelona, el librero Sempere lleva a su hijo, Daniel, por un laberinto de calles que da a la misteriosa casona del «Cementerio de los libros olvidados», «un santuario donde cada libro tiene alma, el alma de quien lo escribió, y el de quienes lo leyeron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, su espíritu crece y se hace fuerte». De allí Daniel se lleva la novela «La sombra del viento» de un ignoto Julián Carax.

Buscando develar enigmas Daniel Sempere, cuya madre murió 6 años antes, se hará de amigos y enemigos, tendrá amores y amoríos, conocerá la vida secreta de alguna gente. Con «La sombra del viento», novela repleta de tramas y subtramas al estilo de las del siglo XIX, el catalán Ruiz Zafón se perdió el Premio Planeta Fernando Lara 2000 (salió segundo, tras un libro olvidable) pero al publicarse ganó vender más de 10 millones de ejemplares, ser traducido a 50 lenguas, y volverse un autor elogiado, relacionado (desorbitadamente) con Umberto Eco, García Márquez y Jorge Luis Borges, algo en lo que se reincide cada vez que en una obra hay bibliotecas infinitas, enigmas históricos, esoterismos varios, y un mundo fabuloso.

Cuando se produjo el fanatismo internacional por «La sombra del viento», Ruiz Zafón advirtió que se trataba de una saga, una tetralogía que lleva el nombre de «El cementerio de los libros olvidados». Confirmándolo en 2008 apareció la segunda parte, «El juego del ángel», y ahora «El prisionero del cielo», que en realidad es una precuela, lo que ocurrió antes de que todo el embrollo empezara, resuelve algunas cosas, y abre la puerta al gran final que vendrá cuando aparezca el desenlace y la consumación de la tetralogía.

«El prisionero del cielo» (otro título de un libro del tal Carax) está contada en dos tiempos, en el 1957 en que Daniel Sempere está casado y tiene un hijo, y en su librería le dejan un ejemplar de «El conde de Montecristo» para su empleado y amigo Fermín, que conoció como mendigo y vagabundo, con la dedicatoria «Para Fermín Romero de Torres, que regresó de entre los muertos y tiene la llave del futuro». Eso lleva a regresar al fin de la Guerra Civil, a 1940, cuando Fermín (que porta un Romero de Torres con prosapia) estuvo «y murió» en la celda 13 del castillo de Montjuic. Esto hace que el picaresco Fermín salte a titular de equipo. Y dote la historia con la valiosa tensión maniquea de Mauricio Valls que encara, según avisó Zafón, «lo peor del franquismo», es «el verdadero villano de la saga», y está «obsesionado con un genial escritor que cumple condena en Montjuic». Eso y la lápida de Isabella Sempere abren sospechas sobre el anunciado gran final.

Hay en «El prisionero del Cielo» momentos de thriller, pero sobre todo «homenajes» a novelas del siglo XIX. Una huida de la cárcel estilo «El conde de Montecristo», el encuentro con un sacerdote que remite a una de «Los Miserables», juego del «folletín culto a la Dickens». Si se descarta la suma de panegíricos que se le han hecho a la obra de Ruiz Zafón -ex publicitario, autor de novelas juveniles y guionista de Hollywood afincado en Los Ángeles- sus libros resultan una muy amena lectura de vacaciones que, en lo posible, habría que leer en el orden en que fueron escritos: «La sombra del viento», «El juego del ángel» y «El prisionero del cielo».

M.S.

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