7 de septiembre 2011 - 00:00

Sabrosas memorias de Amelia Bence

Sabrosas memorias de Amelia Bence
Amelia Bence y Raúl Etchele, «Amelia Bence La niña del umbral. Memorias» (Ed. Corregidor, Bs. As., 152 pgs.).  

Desde hace tiempo, amigos y sucesivos historiadores le venían pidiendo a la actriz Amelia Bence que se sentara a escribir sus memorias, pero ella, en cambio, seguía trabajando. Ha trabajado desde que, chiquitita, integraba los espectáculos infantiles del Labardén bajo conducción de Alfonsina Storni. A los 11 era empleada y miembro del grupo vocacional de Gath & Chaves. Profesionalmente, su carrera va desde 1933, cuando entró, menor de edad, al «Wonder Bar» de Enrique Santos Discépolo, hasta 2007, cuando llevó por última vez a los escenarios sus recitales de «Alfonsina». Raúl Etchelet, autor de una linda biografía y una hermosa película sobre Niní Marshall, fue quien finalmente logró convencerla y acompañarla frente a las carpetas de recuerdos.

El resultado es bien elogiable. Con un estilo que parece hacernos sentir la propia voz de Amelia Bence releyendo sus páginas, desfilan temporadas teatrales, experiencias de cine, giras de provincia, viajes a Europa y hasta la India y Japón, fecundas estadías en México y Lima, expectativas y temores, reflexiones sobre el oficio y los prejuicios (el padre y los hermanos mayores no querían saber nada), evocaciones de Alfonsina, colegas, maestros y productores del ambiente, anécdotas variadas, elogios a sus amigas, recuerdos también de tormentas políticas y listas negras y ocasionales sombras de tormenta en el ambiente artístico.

También, algunas confesiones en el terreno amoroso. El tiempo ha pasado, las costumbres han ido cambiando, y hoy ciertas cosas se pueden contar sin mayores problemas. Amelia tuvo pocos pero fuertes amores. Y fue linda desde chiquita, y su primer sobrenombre entre bambalinas fue Vampiresita. Pero lo más tocante del libro no son las indiscreciones, sino, como suele pasar, los recuerdos familiares. Rozan limpiamente la emoción, en ese sentido, el primer capítulo, dedicado a la historia de los padres en la Europa del Este y el Buenos Aires de los inmigrantes, y a su propia historia de chica de barrio, que sentada en el umbral miraba pasar la gente y sentía latir su corazón por el vecinito algunos años mayor. Y el último capítulo, resumen de emociones como artista y como persona, donde vuelve, en la última línea, hasta el querido umbral de la primera niñez.

Completan el libro varias fotos (muchas bien personales), un extenso anexo con el detalle de trabajos en teatro, cine, radios y televisión, y otro también extenso con sus muchos premios, desde el cóndor de la Academia por su personaje en «La casa de los cuervos», 1941, hasta los muchísimos reconocimientos a su trayectoria en años recientes.

Paraná Sendrós

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