Salinger, oculto pero mundano

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Nueva York - Mr. Boletus no es un personaje inédito. Ni es el protagonista de uno de esos relatos que se espera encontrar entre las pertenencias de J.D. Salinger. Mister Boletus es el propio Salinger, uno de los nombres que, como un juego, adoptaba al viajar durante esa época -más de medio siglo- en que se alejó de los oropeles del éxito.

«Pronto sabremos si Salinger ha dejado algo». Stephen Enmiss, estudioso en la materia, dejó esta frase días atrás en un encuentro celebrado en la Universidad de Nueva York. Enmiss consideró que habrá material inédito. «Confiemos en que no lo haya quemado todo», bromeó.

En el recuerdo emergen las figuras de Charles Dickens, de Henry James o de Frank Kafka, que quemaron sus papeles o dejaron instrucciones de que así se hiciera. En su artículo de «The New Yorker», la veterana Lillian Ross recuerda que su amigo escribía y que éste le dijo que ya no le interesaba la ficción. Le comentó que había empezado a escribir personajes «porque no había nada más allá de la máquina de escribir que le tocara el corazón». Ross añade que eso cambió con la llegada de sus dos hijos.

Su muerte, por causas naturales a los 91 años, provocó la caída de uno de los grandes mitos forjados al albur de la leyenda. Ahora resulta que Salinger no era un tipo huraño y malhumorado. Tampoco un eremita de las letras encerrado en su mundo sin contacto con el exterior, que es como se ha acostumbrado a pintarlo todo este tiempo.

Salinger se relacionaba con la gente, salía a comprar o a cenar en Cornish (Nuevo Hampshire), donde residió desde 1953 y donde lo alcalzó la muerte, visitaba a sus amigos de Nueva York, jugaba con sus hijos, viajaba con ellos o sin ellos, iba al cine u organizaba pases de películas en su casa -adoraba hacer pochoclo-, o jugaba al golf. Al menos así lo describen sus vecinos y sus allegados, una vez que su fallecimiento supuso el final del pacto de silencio.

Diez días después de su extinción física, la incógnita sobre la herencia literaria del autor de «El cazador oculto» continúa sin develarse. Sin embargo, cada vez son más las voces que apuestan por las sorpresas. Nadie parece albergar dudas de que continuó escribiendo. La incógnita se centra en saber si hay uno o más libros, biográficos o no, o en las instrucciones sobre su legado.

Lo que sí ha cambiado desde el pasado 27 de enero es la perspectiva vital del escritor neoyorquino. La visión que de él se había impuesto por su contumacia a mantenerse lejos del circuito comercial. Que alguien decida vivir como un ciudadano normal, que se niegue a conceder entrevistas o a figurar en el pesebre de las celebridades son elementos suficientes para calificar a esa persona de asocial. Cuestión que se acentuó con el libro que publicó su hija Margaret en el año 2000. Describió a su padre como un bicho raro y, en ocasiones, un mal bicho.

Pero hay otra cara de Jerry, como lo llamaban sus próximos. Alejado de la escenificación sí, escondido del mundo no. Ni desconectado. «Le encantaban las películas y se divertía mucho discutiendo sobre ellas», escribe la veterana e íntima Lillian Ross en el último número de «The New Yorker», la revista en la que Salinger publicó una quincena de relatos. Entre ellos, un esbozo de «El cazador...» unos años antes de su aparición (1951), y el último en 1965, «Hapworth, 16, 1924».

Lillian Ross, pionera del periodismo novelado -dicen que ella puso la primera piedra que hizo posible el monumento que Truman Capote construyó luego en «A sangre fría»-, fue la compañera de William Shawn, editor durante años de la citada revista y amigo y gran valedor de J.D. Salinger. En su artículo, Ross rememora las charlas sobre cine («había visto diez veces La gran ilusión, de Renoir, adoraba a Anne Bancroft, odiaba a Audrey Hepburn»), las visitas a Nueva York y las correspondientes cenas (de regreso enviaba notas de agradecimiento, «me dio energía»), los comentarios sobre nuevos escritores («ya no hay más, sólo son guarangos que venden libros o chismosos») o su tarea de padre.

En una ocasión le describió el viaje que hizo a Londres con su hijo Mattew (1960), que estuvo con él hasta el último suspiro. Fueron a ver a Engelbert Humperdinck en una versión teatral de «Robinson Crusoe» («Una cosa floja, pero lo disfrutamos, además de que la idea principal era ver el Palladium, porque ahí es donde se desarrolla la última escena de Los 39 escalones de Hitchcock»).

Con el paso de los años, Salinger perdió comunicación con los conciudadanos de Cornish. Lo que no significa que cortara sus relaciones. No dejó de dejarse ver y, de hecho, todavía el pasado diciembre acudió a su acostumbrada cita de los sábados, la cena -roast beef supper- que se organizaba en la iglesia Congregational de Hartland. Acostumbraba a sentarse, junto a su tercera esposa, Coleen ONeill, a la cabecera de una de las mesas.

Uno de los relatos que mejor definen al escritor aparece también en «The New Yorker». John Seabrook, amigo de su hijo, explica su primera visita al hogar del ídolo y la amistad que surgió. Cuenta las partidas de golf («renegaba como un marinero cuando daba un mal golpe»), lo agradable que resultaba su compañía cuando crecía la confianza. Aquel primer día, tras las presentaciones, el anfitrión se dirigió a la cocina y empezó a surgir un ruido crepitante. «Y pensé: ¡J.D. Salinger está haciendo palomitas! En el salón, él mismo hizo de proyeccionista de Sargento York, de Hawks». Seabroock revela la identidad de Mister Boletus. Es el nombre que utilizó el escritor en un viaje a San Francisco. «Tenía un conocimiento enciclopédico sobre el mundo de los hongos».

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