• EL PAÍS PASÓ DE UN 350% ANUAL A UNA DEFLACIÓN DEL 0,3% EN 2017 Mientras la Argentina no logra encontrar la fórmula para resolver el problema, el Gobierno de Israel lo abordó como una política de Estado y se diseñó un “plan de estabilización económica”. La discusión incluyó a todos los actores involucrados. Los casos pueden ser comparables.
Shimon Peres y Isaak Shamir.
Enviado especial a Tel Aviv - Del 350% anual de 1984, a una deflación del 0,3% en 2017, con crecimiento de la economía constante desde hace una década y media a un promedio del 3%. Así evolucionó la economía israelí. Gran lección cuando, en tiempos donde la brújula de la política antiinflacionaria del Gobierno parece algo dispersa, atender ejemplos a nivel mundial exitosos en el control del alza de los precios y vencimiento de la inflación parece un buen ejercicio. Y si se trata de estructuras económicas comparables a la Argentina actual, mejor. Es el caso de Israel y la manera en que venció un peligroso y destructivo proceso hiperinflacionario para la clase media, con medidas duras pero que en el mediano plazo tuvieron el efecto deseado. Tal es así que un breve recorrido por funcionarios y actores económicos locales lo mencionan como uno de los grandes logros en la historia del joven Estado. Todo esto sin controles de precios furiosos ni convertibilidades que aten el tipo de cambio; lo que no quiere decir que haya sido un proceso simple. Lo que logró la clase política de este país es, ni más ni menos, reconocer que se trataba de un problema terminal y socialmente peligroso y que se necesitaba una política de Estado. De esas en las que oficialismo, oposición y todos los sectores de la sociedad económica involucrados firman y respetan con el tiempo.
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La historia de la inflación israelí de la década del '80 comienza con un mosaico de variables macroeconómicas muy similar a las de la Argentina actual. Alto déficit fiscal, superior al 3% del PBI. Déficit comercial creciente. Gasto Público calificado como "descontrolado", en este caso, fruto de la política de defensa, con lo cual era aún más difícil de enfrentar que en la Argentina actual donde las grandes erogaciones del Estado se concentran en subsidios, compras energéticas y gastos corrientes. El gasto israelí de la década del 80 llegó incluso a superar el 60% del PBI, cuando hoy en la Argentina navega en el 40%, lo que pone aún el caso a favor del país. Israel además concentraba un problema de endeudamiento externo también superior al 40% de su PBI de aquellos años, pero heredado de la década anterior y apalancado constantemente con renovaciones de los prestamos ya emitidos, lo que multiplicaba la deuda al tener que colocarse en condiciones fiscales cada vez peores.
El combo de variables macroeconómicas negativas derivó en que durante tres años consecutivos la inflación en Israel navegara ente el 100% y el 150% anual (en algún mes incluso superó el 250%), un nivel obviamente mucho menor que el 25% que expone hoy el país.
En 1985 el Gobierno israelí del laborista Shimon Peres, que había asumido un año antes, llamó a todos los actores sociales involucrados y los encerró (literalmente) en dependencias oficiales hasta llegar a diseñar un plan negociado de "estabilización económica" donde, según la propia convocatoria del primer ministro, "todos deberían perder algo". Para 1988 la inflación bajó al 20%. Una década después ya se ubicaba por debajo del 10% y desde hace más de 15 años no supera el 5% anual. En 2017 fue negativa en un 0,3%.
De esos encuentros organizados por Peres participaron los funcionarios públicos, referentes económicos de la oposición con poder de voz y voto, empresarios industriales y de servicios incluyendo pymes y grandes empresas, bancos, inversores de fondos de inversión y todos los sindicatos, que en esa época mantenían una fuerte interna en Israel entre las tendencias ortodoxas laboralistas y el socialismo. Hubo mesas de diferentes capítulos, incluyendo déficit fiscal, aumentos salariales racionalizados, política monetaria y cambiaria, políticas impositivas y reforma laboral. Luego de tres meses de debate, cada una de las mesas entregó sus informes, que luego derivaron en un trabajo final redactado por el Gobierno pero con los participantes de los debates como veedores. De allí salieron conclusiones básicas que, por impulso de Peres, terminaron diseñando un plan de estabilización que luego fue tomado como un mandato pétreo. Entre las conclusiones se incluyeron: baja del gasto y del déficit fiscal, finalización de los privilegios del sector público en todas las líneas (incluyendo sindicales), policía cambiaria en base a una flotación sucia, control monetario, aumentos salariales sectoriales basados en productividad con apoyo para recambio laboral, aceptación de nuevos tipos de contratos laborales y, fundamentalmente, mejora de la competitividad en base a una reducción de la presión impositiva. En este último capítulo se trazó una línea de trabajo para que del 50% de presión impositiva de 1985, se llegara en cinco años al 45% y en 10 al 35%, porcentaje tope que se mantuvo hasta 2015, cuando bajó al 32%.
Esta baja en la presión impositiva fue acompañada por la reducción, también importante, de los niveles de gasto público, que cayeron del 60% de 1984, al 40% para 1990, porcentaje que pasó luego al 35%, nivel con el que se mantiene, con altibajos, hasta hoy. La clave en el control del déficit se encontró en el compromiso para respetar presupuestos quinquenales, donde la meta de déficit primario no debe superar el 2% del PBI, porcentaje que desde Shamir se respetó a rajatabla. En paralelo, y con la asistencia del FMI, se fue reduciendo el nivel de presión de deuda externa a menor del 15%.
Vencer la inflación con acuerdos sectoriales a partir de un acuerdo primario entre la clase política y los actores económicos clave no fue fácil. Al punto que hubo que entregar el fomento y la administración de algo que había sido un orgullo israelí hasta ese momento: los Kibutz. La experiencia socialista que habían traído los primeros "padres de la patria" de tendencia socialista o socialdemócrata llegados desde la Europa continental incluso antes de la creación del Estado Israelí (de los que se cumplen ahora 70 años), debió ser sacrificada en su esencia para poder bajar el gasto público. Algunos permanecieron hasta hoy, pero con objetivos económicos puntuales y, fundamentalmente, rentables. Pero en su mayoría (más del 90%) fueron sacrificados por no poder ser sostenidos por un gasto público que debía recortarse. Tomar esta decisión fue obviamente difícil, especialmente para el propio Peres, surgido de la socialdemocracia israelí. Sin embargo el mismo entendió que era necesario avanzar en este sentido si, en serio, quería llegar a un objetivo mayor: cuentas públicas equilibradas. Los Kibutz hoy siguen existiendo, aunque en mucho menor número y con la premisa que deben operar en equilibrio presupuestario.
Una de las claves del éxito es que los principios a los que se alcanzaron para el "Plan de Estabilización", fueron adoptados y profundizados por el sucesor de Peres, Isaak Shamir, de origen político radicalmente diferente a su antecesor (Likud), pero que sabía que la pelea contra la inflación debía tomarse como una "política de Estado" donde no debían colarse las universales miserias políticas. Lo mismo que se había aprobado en las negociaciones multisectoriales de Peres se respetaron con Shamir. Incluso, como el caso de la reducción del déficit, se profundizaron.
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