22 de enero 2013 - 00:00

Saqueos y restituciones: una marca indeleble en la historia

Imagen de la virgen románica de Ginistarre, similar a la que reposa sobre el escritorio de «Erik el Belga».
Imagen de la virgen románica de Ginistarre, similar a la que reposa sobre el escritorio de «Erik el Belga».
Pocas cosas dan una idea cabal de la polaridad de esta época como el mercado de arte. Más allá de la actividad tradicional en casa de subastas, galerías y ferias, para los más poderosos termina siendo a veces vehículo de acciones de solidariad e inclusive ayuda a los más carentes. Las subastas a beneficio, de larga data en nuestro medio, son realizadas no sólo para sostener museos y proyectos culturales gratuitos sino también comedores y otros emprendimientos solidarios. También las empresas, a través del esponsoreo, unen el arte con los fines solidarios en sus programas de apoyo a ONGs y fundaciones que encuentran en el arte el modo de atraer gente a sus eventos solidarios.

La otra cara de la moneda está en toda la historia bajo la forma de robos o apropiaciones de conquistadores. El mercado del arte y el ansia que la posesión de las obras genera tiene mucho que contar. Los antecedentes de robo de arte de mayor magnitud no están en los ladrones particulares sino en los países conquistadores, que aplicaban muchos de sus recursos para apoderarse de las obras de los vencidos.

Para tomar un único caso al azar: Hitler tenía -sólo en Francia- cinco de sus organizaciones trabajando en la clasificación, ubicación y posterior apropiación de obras de arte, las que robó, saqueó y hasta compró para guardar un tesoro que, con la declinación del Tercer Reich, se reintegrara parcialmente. Para ello, fueron necesarios años, jucios y demandas para que sólo una parte de las obras reclamadas volvieran a sus dueños originales después de pasar, algunas de ellas, por un ala del museo de San Petersburgo, donde se guardaron al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Y muchas de las obras reclamadas por el gobierno francés ya habían sido saqueadas mucho antes por las fuerzas invasoras napoleónicas.

Otra notable paradoja de este caso es que fue un oficial alemán, Dietrich Von Choltitz, gobernador de Paris durante la ocupación nazi -y uno de los más obedientes oficiales de Hitler- quien terminó salvando a la capital francesa de ser quemada junto con todos su tesoros al no llevar a cabo la orden de su lunático jefe.

Desde mediados de los años 90 y hasta la actualidad, los juicios y restituciones de obras de arte a sus dueños, o sus herederos, se viene sucediendo con más asiduidad que en las décadas precedentes, y los casos -testimoniados en esta sección a lo largo de ese tiempo- se multiplican tanto en Europa como en los Estados Unidos principalmente, sin excluir otros territorios.

En nuestros días, y por fuera de las apropiaciones hechas por los nazis (un capítulo específico en la historia del latrocinio artístico), los medios de comunicación europeos han dedicado sostenida atención a René Alphonse Ghislain Vanden Berghe, más conocido como «Erik el Belga», como el autor del robo de más de 6000 piezas de arte sacro delas iglesias españolas. Tres meses después de publicar su autobiografía «Por amor al arte», fue entrevistado por Silvia Colomé, periodista de «La Vanguardia «de Barcelona, donde declaró sin pudor: «He salvado miles de obras de arte que se estaban destruyendo y que ahora están en perfecto estado. He dado a conocer el patrimonio español en toda Europa».

«Erik el Belga» ha tenido ofertas para traducir y publicar su libro en otros países, algunos víctimas de sus incursiones en iglesias y museos. Incluso directores de cine quieren llevar su historia a la gran pantalla. Este belga, que hace años reside en Málaga, ríe como un niño que dice robar sólo lo que ama y no esconde su pasión: sobre su escritorio, en lugar de una foto familiar, lo acompaña la imagen de una virgen románica.

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