Se enreda Morales en su adoración por la Madre Tierra

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«¡Pachamama o muerte!», fue el grito con el cual Evo Morales, presidente de Bolivia, inauguró en Cochabamba la «Conferencia Mundial de los pueblos sobre el cambio climático y los derechos de la Madre Tierra», que culmina hoy.

En nombre del objetivo ilusorio -aunque loable- de que los países ricos paguen la deuda ecológica, por haber sido su industrialización la que más daño causó al medio ambiente, este encuentro de representantes de Gobiernos, organizaciones sociales, pueblos indígenas, fuerzas de izquierda y activistas ecológicos fue, en realidad, una cumbre de espíritu y discurso rayanos en el panteísmo.

La afirmación puede sonar exagerada, hasta que se leen algunos párrafos del discurso con el cual, en abril del año pasado, Evo Morales agradeció a la Asamblea General de las Naciones Unidas la decisión de instaurar el 22 de abril como Día Internacional de la Madre Tierra: «Estoy convencido de que la Madre Tierra tiene más importancia que cualquier ser humano. El planeta Tierra no tendría problemas si no existiera el ser humano (sic), pero el ser humano sin planeta Tierra no es ser humano». Esto demostraría que las teorías sobre el origen de la calvicie y la homosexualidad no son las más extraviadas de su ideario. (Ver contratapa).

El hombre es responsable del cuidado y la preservación de la tierra para sí y para su descendencia. Pero, como lo advertía el historiador británico Paul Johnson en su libro «En busca de Dios» (1996), «las políticas ambientales pueden degenerar en una nueva forma de panteísmo, en realidad de paganismo, en el cual nociones como la Madre Tierra asumen un significado místico y espiritual, y corremos peligro [de] retornar a las condiciones primitivas [e] idolatrar a los árboles, las rocas, los ríos y los animales».

El 22 de abril como Día de la Tierra no es algo nuevo, pero el año pasado, a pedido de Evo Morales, se aceptó un cambio en su denominación, que pasó a ser de la Madre Tierra. Parece un detalle, pero la personificación del planeta implica un giro conceptual copernicano y autoriza a preguntarse si los diplomáticos acreditados ante la ONU escuchan los discursos y saben lo que van a votar.

Morales no fue para nada confuso: expuso en aquella ocasión los principios de un nuevo culto que endiosa al planeta -aunque no impide abrirle el vientre a la Pachamama para extraer el gas y los minerales de los que vive Bolivia-, e invitó a los pueblos del mundo a una regresión de varios siglos hacia prácticas totémicas: «La Madre Tierra es algo sagrado para la vida. Por eso realizamos sagradamente ritos y homenajes a nuestros ríos, a nuestros cerros, a nuestros lagos, a nuestros animales». El presidente boliviano evitó mencionar -y en nombre del relativismo cultural y de la corrección política nadie se lo recordó- que en un tiempo esa idolatría incluía el sacrificio humano para vivir en armonía con la naturaleza, como lo atestiguan las momias adolescentes que se exhiben en un museo salteño.

El adversario por excelencia de este neopanteísmo lo constituyen las religiones judeocristianas con su antropocentrismo original. El mandato bíblico del Génesis («Sean fecundos y multiplíquense e hinchen la tierra y sojuzguenla; tengan dominio sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra») suena sacrílego a los oídos de los neo-adoradores de la Pachamama.

Aunque puedan despertar sonrisas, no hay que tomar a la ligera estos planteos. El hecho de que 2 de las 154 bancas del Parlamento holandés estén ocupadas por representantes -de momento, humanos- de un Partido de los Animales, nos da la pauta de hasta dónde podría llegar el credo de Morales: «Para vivir en armonía con la naturaleza debemos reconocer que no sólo los seres humanos tenemos derechos, también el planeta, los animales, las plantas y todos los seres vivos tienen derechos».

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