Se fue solo a Ezeiza en remise con pasaje de vuelta para el 23

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Minutos antes de partir en remise, sin ningún acompañante y con una pequeña valija, uno de los principales colaboradores de Jorge Bergoglio en el Arzobispado de la Ciudad de Buenos Aires escudriñó las expectativas del ahora Santo Padre antes de abordar un avión de Alitalia en clase turista con destino a Roma.

Asistente del Arzobispado: "Bueno, padre, a ver si todavía se queda y no lo vemos más".

Jorge Bergoglio: "Vos estás loco, yo me vuelvo el 23 a Buenos Aires. Tenemos mucho trabajo, ya llega la Semana Santa y hay que organizar todo"
.

Asistente: "Bueno, si vuelve, entonces tráiganos alfajores...".

J.B.: "Vos portate bien y no te hagas el piola. Y si quieren, sigan apostando a ver quién sale como próximo papa. Nos vemos a la vuelta...".

Fue su último diálogo del martes 26 de febrero en la Argentina. Una hora más tarde, Bergoglio se despidió de su equipo de trabajo en el Arzobispado, ordenó la ascética habitación que ocupa en un anexo de la Catedral Metropolitana y partió rumbo al Vaticano para participar del cónclave que elegiría al sucesor de Benedicto XVI. Viajó en clase turista. Había sacado pasaje de ida y vuelta, para regresar al país el sábado 23 y abocarse a los preparativos de la liturgia religiosa correspondiente a la Semana Santa para encabezar las ceremonias del Domingo de Resurrección.

El ahora exarzobispo porteño esperaba que lo jubilaran este año desde el Vaticano. Había superado los 75 años y su actividad pastoral en la Argentina se encontraba en retirada. Fue reemplazado por el arzobispo de Santa Fe, José María Arancedo, en la presidencia de la Conferencia Episcopal Argentina y mantenía una incipiente tregua política con la Casa Rosada. Ante su círculo íntimo, el jesuita no daba la imagen de un cardenal próximo a jubilarse. Incluso se rumoreaba que sería designado al frente de alguna Prefectura Vaticana en Roma, dado su estrecho vínculo con Joseph Rat- zinger, a quien conoció en un viaje de estudios a Alemania en la década del 60, antes de los convulsionados tiempos de la Guardia de Hierro peronista y sus incursiones en la Universidad del Salvador.

Antes de irse de la Capital Federal, dejó instrucciones a su equipo de trabajo para avanzar en los preparativos de la Semana Santa. Estaba listo para encabezar el Vía Crucis por las calles de la Ciudad y la tradicional ceremonia de lavatorio de pies. Incluso ya tenía avanzada la escritura de su homilía, la última que redactó antes de ser consagrado jefe de la Iglesia Católica como el nuevo papa, Francisco I.

Anoche, en el Arzobispado sus colaboradores todavía estaban conmocionados. Y no habían decidido qué hacer con la pequeña habitación donde vivía Bergoglio, ubicada a la derecha del ala principal de la Catedral Metropolitana. Lo más probable es que ese ambiente sea convertido en museo en honor al primer santo padre argentino y latinoamericano en más de dos mil años de historia del cristianismo.

Un día antes de viajar al Vaticano, se encargó en persona de revisar el diagnóstico de los principales medios de comunicación de la Argentina en relación con la sucesión papal. Valija en mano, y sin saberlo, impartió una última instrucción antes de despedirse para siempre del Arzobispado porteño: "Recen por mí.

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