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Se prepara Israel para lidiar ya con un Egipto radicalizado
El primer ministro, Benjamín Netanyahu, se dirigió ayer a legisladores europeos y de su país en el Parlamento. Dio por hecho que El Cairo dejó de ser un aliado.
«Ignoro lo que va a ocurrir en Egipto, pero nuestro interés es claro: hay que preservar la paz que existe desde hace tres décadas y ha aportado la calma en el sur (de Israel) y la estabilidad en la región», agregó Netanyahu ante parlamentarios de su país y de Europa que se encontraban de visita en Israel.
Más explícito resultó el jefe del estado mayor saliente israelí, general Gabriel Ashkenazi. «Una mirada por lo alto sobre Medio Oriente muestra que se están verificando desplazamientos verdaderamente tectónicos, aun antes de la erupción de lava en Egipto», indicó en una conferencia sobre seguridad cerca de Tel Aviv. Frente «a la inevitable constatación de que se está reforzando el campo radical», las fuerzas armadas del Estado judío deben, según Ashkenazi, prepararse no solo en los conflictos limitados y de baja intensidad sino también «para combatir sobre más frentes».
Fuerza terrestre
Esto implica, a su parecer, que el Ejército tiene ahora la necesidad de «una agresiva fuerza de maniobra terrestre para permitir golpear con eficacia».
«Como les digo a los soldados, no bastan los F16 (cazabombarderos) si quieren también los M-16 (fusiles automáticos en uso por las tropas de tierra)», concluyó.
En medio de estos «desplazamientos tectónicos», en Israel ven con cierta decepción la actitud de Obama, que pasó de un tibio respaldo a Mubarak en las primeras jornadas de la revuelta, a solicitar luego una «transición ordenada», y a exigir más tarde la renuncia «ya» del impopular presidente.
«Tenemos la impresión de que Washington estaba esperando para tirar por la borda a Mubarak. En los últimos días, Estados Unidos moderó un poco su posición, pero no quita que abandonó (a Mubarak), lo cual es sumamente preocupante», dijo un alto funcionario israelí que pidió reserva de iden-tidad.
Israel y Egipto sellaron en 1979 un acuerdo considerado histórico, el de Camp David, auspiciado por el presidente estadounidense de centroizquierda Jimmy Carter. Allí, Israel y Egipto sellaron la paz tras cuatro conflictos armados en 30 años, y el segundo se transformó en el primer país árabe en reconocer al primero como un Estado. Diversos analistas israelíes comparan la situación egipcia a la iraní de 1979, cuando, tras la Revolución Islámica, el país persa se transformó en una pesadilla para Carter.
Dori Gold, ex embajador de Israel en la ONU y allegado al primer ministro Netanyahu, estimó en el diario Yediot Aharonot: «Cabía esperar que Estados Unidos no abandonase así a un hombre que era su mejor aliado desde hacía décadas y una barrera ante el islamismo». «¿Qué van a pensar sus aliados en la región al ver a Washington tratar así al régimen egipcio», se preguntó.
Para Aytan Gilboa, profesor de ciencias políticas en la universidad de Bar Ilan, cerca de Tel Aviv, Estados Unidos «le clavó un cuchillo en la espalda a su aliado» egipcio.
Con un oído puesto en estas críticas, que también son internas en Estados Unidos, el Gobierno de Obama aclaró que «será el socio de un Gobierno» egipcio que «respete los tratados y compromisos» actuales, declaró el portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, en respuesta a una pregunta sobre la participación de la Hermandad Musulmana en el proceso de transición.
Algunas voces con peso también claman en Israel por no profundizar la tensión y acelerar reformas, en particular referidas a la creación del Estado palestino.
«No podemos dejar que pase la tormenta sin tomar decisiones o la tormenta nos arrastrará», dijo Tzipi Livni, ex candidata a premier y líder del partido Kadima, principal de la oposición.
«Lo más responsable y lo correcto es llegar al fin del conflicto con los palestinos», dijo en una conferencia.
Los temores en Israel son también alimentados por el beneplácito con la revuelta que expresan, por ejemplo, Irán (tanto el régimen como la oposición reformista) y el movimiento Hizbulá. El líder de ese conglomerado libanés ultra, Sayed Hasán Nasralá, vociferó ayer que los manifestantes egipcios que exigen la renuncia de Mubarak cambiarán «por completo la cara de nuestra región para el interés de su propia gente» y «están restaurando la dignidad del pueblo árabe».
Agencias AFP, EFE, ANSA y DPA

