12 de febrero 2013 - 00:00

Sessa y una muestra que es como un viaje en el tiempo

Obras como «Rieles», permiten reconocer el virtuosismo de Sessa en el tratamiento de la luz. Otras, muestran los ecos de otros artistas, como su vendedor de globos, un chico de este siglo, con algo de los retratos del XIX de Christiano Junior.
Obras como «Rieles», permiten reconocer el virtuosismo de Sessa en el tratamiento de la luz. Otras, muestran los ecos de otros artistas, como su vendedor de globos, un chico de este siglo, con algo de los retratos del XIX de Christiano Junior.
La muestra de Aldo Sessa «Buenos Aires en cincuenta años» se exhibe durante todo el verano en la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat. El extenso recorrido pone en evidencia el trabajo de un fotógrafo que supo acechar la ciudad durante media centuria, estudiarla y analizarla. Las obras despliegan así dos historias paralelas: la de la ciudad que fue y la de un pasado muy cercano, junto a la de un artista que logró apropiarse de muchas de las visiones que configuran su esencia. Para presentar la exhibición, el curador Rodrigo Alonso, señala: «Posiblemente no hay otro cronista visual tan identificado con Buenos Aires como Aldo Sessa». Alonso agrega que la ciudad «ha sido un tópico recurrente en su trabajo, una suerte de leitmotiv insistente que, lejos de saturar con su presencia la producción del artista, la ha potenciado con sus miles de formas de apariencias diferentes».

La lente de Sessa indaga Buenos Aires desde sus márgenes hasta sus lugares emblemáticos. Sus retratos de la ciudad permiten adivinar su destino de megalópolis y hoy provocan nostalgia. Buenos Aires tiende a convertirse en ese territorio que el pensador y urbanista Lewis Mumford define como «una aglomeración informe, enferma de gigantismo, congestión, degradación, supresión de la naturaleza y vaciamiento del ambiente». Si toda fotografía remite al pasado, las imágenes de Sessa que, giran en torno de grandes temas como el teatro Colón, la arquitectura y el ambiente de los cafés, el puerto o los ferrocarriles, tienden a arrastrar hacia atrás.

Sessa captura, por otra parte, escenas de los barrios. Los dos niños de «Silo arenero en La Boca» aparecen detrás de una cascada de la luz que se deshace en fragmentos, efecto que se asemeja al de la pintura impresionista.

Hay paisajes urbanos que inducen a evocar la rica tradición fotográfica argentina. La obra de Sessa está emparentada con la de Horacio Coppola, artista que supo amar la ciudad y retratarla con sus encuadres matemáticos. Si bien en todos los artistas repercute la historia del arte, el ojo de Sessa está especialmente educado en la contemplación de la fotografía y la pintura europea y estadounidense. Las figuras que cruzan la Plaza San Martín aparecen tan lejanas y ensimismadas como los personajes de los cuadros de Hopper. Su «Bicentenario» recrea la áspera textura de Tapies.

El fotógrafo es dueño de una libertad absoluta que le permite pasear por distintas épocas, movimientos y estilos, y salir sin prejuicios al rescate de la belleza, donde quiera que ésta se encuentre. Su vendedor de globos tiene el rostro de un chico de este siglo, pero comparte la honestidad de la mirada y un aire de familia que lo acerca a los retratos del XIX de Christiano Junior. El jovencito está ahí, mirando desde el pasado, interrogando al espectador.

El virtuosismo de Sessa se reconoce en el tratamiento de la luz, protagonista de sus obras. La luz aparece en escena con dramáticos contrastes, como en la imagen del Obelisco o la de los «Rieles» de Puerto Nuevo. Esta visión nocturna atrapa la mirada del espectador: la conduce durante un viaje por el brillo del acero, la enmarca con una hilera de árboles y no le ofrece escapatoria. La mirada se desliza y rueda sobre el diseño las líneas de la perspectiva monofocal, hasta el horizonte, donde se divisa el tren que es apenas un punto en la obra.

El «pecado» de Sessa ha sido siempre su esteticismo. Y allí está, en la atmósfera de un día soleado que ingresa vaporosa a la Estación Constitución, o en los paisajes floridos donde luce el Jacarandá. No obstante, en el conjunto de 130 fotografías, la mayoría inéditas, predomina el rigor en ocasiones tajante del blanco y negro, la búsqueda de las armonías geométricas, y la luz difusa que propicia la abstracción. Una fachada, las líneas de un buque y las de una construcción en Puerto Madero, un hierro del Club de Pescadores y las filas de butacas del Colón, son obras con diversas cualidades de la abstracción.

La selección de obras fue realizada por el curador alemán Michael Nungesser, que suma su texto al de Rodrigo Alonso.

Luego, la exposición de Sessa se presenta junto con la colección permanente de Fortabat que se abre con una pintura cumbre de Peter Brüeghel, «El censo en Belén», la bellísima escena de un paisaje nevado, y la no menos importante vedutta veneciana de Turner, «Julieta y su niñera», donde un dramático rayo de sol cruza la plaza San Marco. En la inmensidad de las salas que no han perdido el brillo de su estreno reciente, está presente la fascinación argentina por el arte europeo con obras de Alma Tatema, Anglada Camarasa, Dalí, Gustav Klimt o Rodin. Finalmente, entre los hits de la colección están dos arlequines de Pettoruti, «Domingo en la chacra» de Berni, unas flores de Chagall, y una estupenda pintura del chileno Matta.

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