9 de julio 2009 - 00:00

“Silvina Ocampo fue una transgresora cómplice”

Marini: «Tratar de imitar a Silvina Ocampo hubiera sido reducir su figura. En escena estará su personalidad, no su figura».
Marini: «Tratar de imitar a Silvina Ocampo hubiera sido reducir su figura. En escena estará su personalidad, no su figura».
Por más que en Francia la esperen numerosos proyectos (entre ellos la reposición de «Madame de Sade» de Mishima con la que saldrá de gira desde octubre de este año hasta mayo de 2010), Marilú Marini siempre hace espacio en su agenda para seguir actuando en Buenos Aires (si la gripe se lo permite, claro). El 30 de julio estrenará en el Teatro Presidente Alvear la obra «Invenciones», escrita y dirigida por Alejandro Maci, sobre textos de Silvina Ocampo.

La intérprete de «Días felices» de Beckett y de otros espectáculos con la dirección de Alfredo Arias («La mujer sentada», «Niní», «Incrustaciones»), asegura estar en total comunión con «esa poeta inmensa, esa escritora tan singular y extravagante que fue Silvina Ocampo».

Periodista: ¿Tuvo relación con la escritora?

M.M.: No tuve la suerte de conocerla porque ella ya estaba muy enferma y perdida en su mundo. A Bioy sí lo conocí gracias a un muy querido amigo, Daniel Tinayre hijo. Él y Roberto Gerosa comían todos los viernes en casa de Bioy y también veían alguna película. Tiempo después, Bioy me dio «Lluvia de fuego», una pieza inédita de Silvina que hicimos en París con dirección de Alfredo Arias. Aunque no la conocí personalmente, siempre me sentí cerca de ella por su gran capacidad para internarse en lo imaginario, que es la misma que tenemos los actores y los niños. La infancia y el pensamiento del niño están siempre presentes en su obra, en esa falta de a priori frente a lo real. Para ella, la intuición era el primer paso hacia el conocimiento, no confiaba en la vía intelectual.

P.: Pero vivía rodeada de intelectuales.

M.M.: Era una transgresora cómplice, una espía que corre velos sin alejarse de la ley, pero interpretándola a su manera. Inclusive sentía una enorme fascinación por la imaginería religiosa. En «Breve santoral» le dedica poemas hermosísimos a los ángeles y a una docena de santos, como Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres. De algún modo ella encontraba cobijo en ese mundo.

P.: Sus personajes infantiles, a veces son crueles y perversos.

M.M.: Son criaturas extravagantes que sin abandonar el orden social en el que están confinadas levantan un velo y descubren otros mundos insospechados, donde aparece lo extraño o lo maravilloso. Es también el descubrimiento del pecado que, como todo lo prohibido, tiene un encanto que a ella la fascinaba, como puede apreciarse en un largo poema de «Invenciones del recuerdo» en el que describe sus días de infancia y el descubrimiento de la sexualidad a través de un criado que la hace espiar por una cerradura.

P.: ¿Por qué cree usted que su obra tuvo un reconocimiento tan tardío?

M.M.: Quizás haya influido su tendencia a permanecer recluida. «Yo no soy social, soy íntima» solía decir, y por otra parte elegía con mucho cuidado a sus interlocutores. Le encantaba hablar con gente que estuviera fuera del circuito intelectual o cultural. Conversar con la panadera o con la que le vendía fruta en el mercado eran para ella aventuras maravillosas. En esa actitud difería de Victoria, que siempre buscó estar en contacto con los más grandes escritores e intelectuales.

P.: Fue un bicho raro dentro de ese mundillo.

M.M.: Tenía la complicidad de Bioy y Borges y de la gente de la revista «Sur»: Pepe Bianco y Wilcock, entre otros. Todos la veían como alguien singular, con anécdotas divertidas y salidas muy curiosas. Hacia el final de su vida, solía afirmar que no hacía mucho había sido un animal y que por eso estaba cada vez más silenciosa. Vivía refugiada en el silencio sagrado de esa selva en la que había nacido. Además tenía una gran identificación y complicidad con los animales. Les atribuía una gran capacidad de entendimiento y los imaginaba poseídos por una gracia divina como en «La liebre dorada», un relato maravilloso de apenas una página y media.

P.: ¿Piensa que Borges y Bioy apreciaron la obra de Silvina?

M.M.: Enormemente. En el prólogo de «Hechos diversos del cielo y de la tierra», Borges le atribuye, inclusive, poderes de clarividencia: «Nada se le puede ocultar a Silvina, ve a través de nosotros». En una época ella tiraba las cartas y según relata en «Invenciones del recuerdo», ya de niña había tenido visiones.

P.: ¿Qué textos eligieron para este espectáculo?

M.M.: Maci escribió la obra sobre la base de distintos textos, fundamentalmente de «Invenciones del recuerdo» y «Ejércitos de la oscuridad». También incluyó uno o dos poemas de Silvina y una entrevista que le hizo María Moreno. Con todo eso armó una pieza teatral que es la noche de espera de una mujer que aguarda ansiosa la llegada de su hombre -ya sabemos todos quién es- y a lo largo de esas horas los pensamientos de ella se disparan hacia todos lados.

P.: ¿Usted hace de Silvina Ocampo?

M.M.: No. Tratar de imitarla hubiera sido reducir su figura. Ella era una persona muy peculiar, con un tono de voz muy nasal, y mantener esta caracterización durante todo el espectáculo resultaría cansador.

P.: No me refería al personaje real sino al que aparece a través de su obra.

M.M.: Sí. El personaje que está en escena no es Silvina pero de alguna manera evoca su mundo, su personalidad, su humor y su originalidad. En «Ejércitos de la oscuridad» ella dice: «Hay pasos que cuando se acercan son el compendio de todas las felicidades. En esos momentos quisiera ser perro». A partir de esta frase generadora trabajamos con Alejandro. Silvina era una persona muy libre que pese al código moral y religioso en el que se movía, no reprimía sus deseos inconscientes. Para mí es como la figura de Calibán en «La tempestad», en ella conviven el deseo de amor y de odio.

Entrevista de Patricia Espinosa

Dejá tu comentario