- ámbito
- Edición Impresa
“Sin Tarantino no habría hallado el clima justo”
Perla Suez y una mirada de la Conquista del Desierto “alejada completamente de la mirada nostálgica del romanticismo”.
La escritora cordobesa es Licenciada en Letras Modernas, ha publicado, entre otros libros, "Dimitri en la tormenta", "Memorias de Vladimir", su premiada "Trilogía de Entre Ríos" ("Letargo", finalista del premio Rómulo Gallegos, "El arresto" y "Complot"), con "La pasajera" ganó la Beca Guggenheim. En 2013, con "Humo rojo", obtuvo el Premio Nacional en la categoría novela. Vino a Buenos Aires a presentar su nueva novela y dialogamos con ella.
Periodista: ¿Cuál es la imagen que fue el punto de arranque de su "western patagónico"?
Perla Suez: Lo primero que se me apareció fue la imagen de cinco hombres, cinco asesinos, cinco soldados, entre los cuales hay uno que es indio, que vienen de realizar una matanza y se encuentran con una niña de catorce años muy bella, mitad mapuche y mitad blanca. ¿Qué hacen cinco hombres asesinos con una niña bella? ¿La van a violar? Ya está contado eso, no me interesaba. La puse de protagonista. Me di cuenta que ella podía ser la que persigue a esos hombres. Se me dio vuelta toda la historia. Fue mucho trabajo, pero eso no es garantía de nada.
P.: Con "El país del diablo" se decidió a dejar de lado a los inmigrantes que poblaron sus novelas anteriores?
P.S.: No los dejé de lado porque mis bisabuelos vinieron de Europa Oriental. Pero creo que ya agoté todo lo que pude decir de los inmigrantes en la "Trilogía de Entre Ríos", en "Memorias de Vladimir", en un montón de cuentos para niños. La historia de "El país del diablo" nace preguntándome yo dónde estoy parada como argentina, quién soy al final, dónde está la esencia mía, el hueso de mi historia. Está genéticamente allá, en Europa Oriental, pero yo nací acá y pertenezco a esta tierra. Y hay una parte de esta tierra que me contaron y que viví, y otra que me prohibieron conocer, todo lo que fue habitado por los indios. Y yo elegí saber de los araucanos, tan arraigados en Chile. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué tuvimos que exterminarlos? ¿Por qué no integrar dos culturas, la de los inmigrantes, que me parece maravilloso que vengan como querían Alberdi y Sarmiento, entre tantos, con la que ya existía? ¿Era necesaria esa guerra tan infernal, tan terrible, en un espacio amplio y vacío, en un desierto verde? Me enseñaron que había que establecer la civilización porque había barbarie. ¿Es civilizado el que mata para conquistar un territorio? ¿Quién es el salvaje? ¿Nos quedamos parados en ese dualismo de civilización y barbarie?
P.: ¿Y cómo empezó a contestarse esas preguntas?
P.S.: Busqué documentarme muchísimo. Fui de las obras del rumano Mircea Eliade, filósofo e historiador de las religiones, a "La conquista de 15.000 leguas" de Estanislao Zevallos, un gran escritor criollo, cronista de Roca, con una mirada terrible respecto al indio, "Un desierto para la nación" de Fermín Rodríguez que me abrió la cabeza sobre qué era y qué es ese desierto nuestro, y las posibilidades de entenderlo desde otro lugar. En la literatura me sirvió "Moby Dick" donde el mar es el gran espacio americano, el espacio infinito que hay que dominar, y en el capitán Ahab se ve la lucha del hombre por la conquista de la naturaleza. Para mí el desierto en mi novela es el protagonista principal, del que tomo un granito de arena para contar una historia que nunca se contó.
P.: La Conquista del Desierto la impulsó a escribir una epopeya negativa, donde se producen algunas sorprendentes integraciones.
P.S.: Intenté alejarme completamente de la mirada nostálgica del romanticismo. Para entender y para agregarle la modernidad aparecieron en mí las más diversas disciplinas, no me quedé con la literatura. El cine para mí es fundamental. Sin la obra de Tarantino no habría podido entrar en cierto clima de mi historia. De chica me nutrí de la historias de cowboys, me vi cientos de películas, de las muy malas a las de Sergio Leone y Sam Peckinpah. En cuanto a lecturas de chica, mi hermano mayor me pasaba los libritos de quiosco con historias del Far West, las novelitas de cowboys.
P.: Es así que su novela está formada por escenas muy cinematográficas, con secuencias cortas, saltos temporales y de protagonista. Y el impacto de una violencia desaforada, que va de ese "malón de blancos" a la venganza sangrienta de esa nena Lum, de padre blanco y madre mapuche.
P.S.: La de Lum no es una venganza, es una justicia por mano propia. Yo estoy del lado de ella. Pero ahí está la novela para las interpretaciones. Lo cierto es que sin el cine, sin John Ford, sin las conversaciones de Hitchcock con Truffaut, no hubiera podido construir la novela del modo que lo hice. Hay una forma de construir el suspenso a través de objetos, de detalles que quedan pendientes de resolución, que parten de la idea de McGuffin de Hitchcock, por ejemplo ese valioso cuchillo que pareciera haber pertenecido a Juan Manuel de Rosas. O lo que va sucediendo con el cultrún, el tambor que sirve para el viaje iniciático de Lum. También están los momentos en el almacén de ramos generales, lo de James Barnes, que son como otra historia y están ahí como en una cajita china, es algo muy tarantinesco y onírico al mismo tiempo, es algo que me gusta mucho. Cuando escribía la novela muchas veces se me aparecían imágenes que remitían a westerns. Es que la geografía de ciertas zonas de Estados Unidos es muy parecida a ciertos rincones de la Patagonia.
P.: ¿Pensó que pasaba a revisar una historia consagrada y, a la vez, controversial?
P.S.: Fue fuerte. Me decía, yo que vengo de Europa por mi ancestros, dónde estarán mis genes trabajando ahora por la defensa de estos pueblos originarios, porque en definitiva qué hubiera pasado si hubiéramos podido integrar en vez de matar. Lamentablemente la historia de la humanidad nos cuenta otra historia, nos muestra que la guerra es parte de nuestra naturaleza, pero a mí la ficción me da la posibilidad de contar otra cosa.
P.: Las escritoras cordobesas más conocidas actualmente se dedican principalmente a la novela romántica, usted es un caso especial en ese sentido.
P.S.: Yo nada tengo que ver con la novela histórica y menos con la romántica, o la mezcla de ambas cosas. Respeto mucho a quienes practican ese género, la gente que hace eso, pero yo por razones de formación, de escuela, de mirada del mundo, me interesa la ficción desde un punto de vista más arriesgado. Me importa entrar en un desafío. Me meto y allá voy, y si no sirve lo rompo y lo tiro, no importa. Yo no me apoyo en la historia, para mí siempre es un telón de fondo. Para mí el desierto de "El país del diablo" es una gran escenografía a lo Tarantino. Me dejo impregnar por su obra como por las grandes escritoras estadounidenses como Flannery O'Connor, por la violencia sin compasión, como es la del ser humano.
P.: ¿Después de esta novela qué está escribiendo?
P.S.: No sé todavía, estoy leyendo mucho. Estoy cerrando unos cuentos para niños que son muy tiernos. Como ve puedo pasar de un extremo al otro [risas]. Uno se llama "Espero" y sale en La brujita de Papel. El otro se llama "El hombrecito de polvo", es un libro álbum ilustrado por María Wernique, con una historia fuerte, y me interesa que sea así porque los chicos no son tan tontos como se cree, y se les da mucha cosa ñoña, de la que trato de alejarme.
P.: ¿Cómo hace para pasar de historias durísimas para adultos a conmovedoras historias para quienes tienen menos de once años?
P.S.: Por la mañana trabajo para adultos, y a la tarde para niños. Tengo mi estudio dividido por la mitad. Mi marido es arquitecto y me construyó un espacio en el subsuelo, tengo todos libros alrededor y un árbol del que veo el tronco y las raíces nada más. Pero no me quedo ahí. Hoy un escritor, un narrador, tiene que dejarse nutrir con toda la música, el cine, el teatro, la pintura, el arte contemporáneo, para poder escribir desde otro lugar, no alcanza sólo con la literatura, estamos en un mundo muy rico en ese sentido, a pesar de todo lo que se vive.
Entrevista de Máximo Soto


Dejá tu comentario