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Sobornos: emociones y cruces en duelo final De la Rúa-Pontaquarto
Fernando de la Rúa y Mario Pontaquarto
El expresidente comenzó su exposición ante los jueces del tribunal con la mención de la invitación que recibió esta semana del Gobierno para el acto conmemorativa de los 30 años de democracia. "Cuando me llamaron, dije que tenía que comparecer ante el tribunal y que si podía iba a asistir. Para mí en los dos lugares estaba cumpliendo mi deber institucional que era para con la democracia", dijo.
De los acusados estaban presentes Fernando de Santibañes, Mario Pontaquarto, Alberto Tell y Augusto Alasino. Como a lo largo de todo el juicio, el exmandatario recordó con ejemplos históricos el impacto de las creencias colectivas.
Mencionó el calvario de Galileo Galilei, citó el caso Dreyfus y recordó el fenómeno del macartismo en los Estados Unidos. "El senador McCarthy presidía una comisión del Congreso que acusaba y sólo por ese hecho todos le creían", evocó.
Con el ya clásico traje azul oscuro, sin leer sus apuntes, se mostró muy duro con Pontaquarto: "Su relato se escurrió como arena entre los dedos, ninguno de los testigos le aportó sustento, sólo sospechas e impresiones psicológicas". Tuvo una breve alusión al editorialista Joaquín Morales Solá, a quien se refirió como "un escritor de excelente estilo, pero poca responsabilidad democrática".
De la Rúa llegó a su alocución final con un trasfondo de juicio que ha perdido gran parte de su intensidad inicial, producto no sólo de que no se comprobó prácticamente nada del relato de Pontaquarto, sino también porque hasta los letrados de éste se dedicaron durante horas a restarle credibilidad.
"Desde el más alto cargo he podido ver muchas agachadas, operaciones, miserias, hay que estar en actitud para desarticularlas; admito que el golpe, la operación de la que fuimos víctimas, debí desbaratarla", dijo, con un aire más bien melancólico. "Mi deber era persistir en el ejercicio del poder, no fui elegido para renunciar, sino para cumplir con mi mandato. No haberlo podido hacer es uno de mis grandes dolores y asumo la responsabilidad", recordó De la Rúa a modo de cierre ante los jueces Guillermo Gordo, Miguel Pons y Fernando Ramírez.
Estilos
Ayer el arrepentido también dio sus últimas palabras en un estilo absolutamente antagónico al de De la Rúa. Mientras el expresidente habló en tono monocorde y formal, el arrepentido elevó la voz, se indignó en varios pasajes y terminó por quebrarse emocionalmente cuando les agradeció a sus hijos y su exesposa por el acompañamiento desde que comenzó la causa.
Dijo que del Gobierno sólo recibió la protección del sistema de testigos y que estuvo siete años sin trabajar, aunque no se explayó sobre su forma de sustento durante ese tiempo. Mencionó su trabajo en un restorán cubano y confirmó ser un apasionado de las carreras en el hipódromo. "Es cierto, voy todas las semanas y tengo un grupo de amigos que siempre nos juntamos en la tribuna, quisiera ver si algunos de los que están acá sentados podrían entrar al hipódromo como lo hago yo", desafió en una clara evidencia de lo que ese establecimiento representa en su vida personal.
"Fui un funcionario corrupto. Después fui otra persona y estoy orgulloso de tener la conciencia tranquila. Ustedes, señores jueces, tienen la oportunidad histórica de hacer un aporte a la lucha contra la corrupción", remató en un intento por recuperar cierta solemnidad luego de los pasajes dedicados a la platea de River, la gastronomía cubana y los caballos de carreras.

