Es para que Flamerique (sic, como suelen llamarlo los sindicalistas alterando por disimilación su apellido) festeje y quizás otros encartados, porque si las querellas adelantan una absolución, ni pensar lo que puede surgir cuando las defensas hagan sus alegados.
Pero quienes ven por debajo de la línea de flotación ya están leyendo otras implicaciones. La piedra basal de la narrativa de este caso son: 1) los improbables dichos del arrepentido Mario Pontaquarto, que insiste en autoincirminarse quién sabe por qué razón; 2) el relato de Hugo Moyano, que contó que en un almuerzo con gramialistas en la sede de la Federación de Obras Sanitarias, el exministro de Trabajo había dicho que esa ley saldría aprobada del senado porque "para los senadores tengo la Banelco".
Esta expresión le dio cuerpo a la historia, tanto que en la computadora del abogado -entonces - de Moyano, Héctor Recalde, el archivo que contiene el proyecto de ley lleva el nombre de "Banelco.com" (al menos en envíos que ha hecho por mail). Fue el ariete que más popularidad le dio a la causa hasta que apareció, años después, el arrepentido exsecretario radical del Senado.
Si ahora los acusadores niegan esa leyenda, la acusación al conjunto pierde su pata política. Le queda la pata policial que sigue sosteniendo el trámite en tribunales, que está llegando a su fin con el turno de los alegatos.
Con el sobreseimiento de Flamarique, la causa pierde la pata frepasista. La fuerza a la que perteneció el mendocino ha integrado los gobiernos Kirchner, cuyos mandatarios reivindicaron a la figura de Chacho Álvarez, quien insiste en que renunció porque vio algo feo en el Senado -en donde tenía su oficina, en la cual seguramente se hizo más de una reunión para negociar esta ley-.
Esa toilette quirúrgica que sería la salida de Flamarique completa otra que tiene un trasfondo político más sólido: cae la pata moyanista de la causa.
Moyano le dio a la lucha contra la reforma laboral de De la Rúa la cabeza de su agenda política. Combatía en 2000 a la conducción de la CGT de Rodolfo Daer que, como el PJ nacional que presidía Carlos Menem -en cautiverio en lo de Armando Gistanián- y los bloques legislativos habían apoyado la norma delarruista. Se sumaba en aquel momento a senadores como Cristina de Kirchner o Héctor Maya, que votaron en contra porque entendían que derogaba todos los institutos del derecho peronista.
En 2003, apenas Néstor Kirchner asumió la presidencia, Moyano acercó una prenda de amistad -en la elección había apoyado al neo-ma peronista de Adolfo Rodríguez Saa - con dos condiciones. Primero, que Kirchner no cumpliese con las promesas de legalización que había hecho a la CTA de Víctor de Gennaro, único apoyo sindical que había tenido la fórmula Kirchner-Scioli. Cumplió al designar a Carlos Tomada como ministro de Trabajo, el experto de la CGT en "libertad sindical" (para que no la hubiera, se entiende).
La otra condición era la derogación inmediata de la reforma laboral. Esa norma había sido aprobada y regía, amenazando el unicato sindical, la ultraactividad de los convenios laborales y otros cambios que si persistían con el tiempo hubieran amenazado al sistema sindical. Eso lo cumplió el nuevo gobierno enviando una nueva ley laboral cuyo eje era la anulación de la norma de 2000 y que apoyó enfáticamente la senadora Kirchner. No fue una derogación porque en ese caso pudo conservar alguna vigencia ante una apelación en la justicia. La ley se votó en la sesión de extraordinaris del 24 de febrero enel Senado, a poco más de dos meses de la asunción del santacruceño.El 2 de marzo siguiente, la cámara de Diputados anuló la norma.
| Ignacio Zuleta |


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