9 de enero 2013 - 00:00

“Tengo otros referentes, pero Puig es mi modelo”

Dalla Torre: «En ’Soy lo que quieras llamarme’ quise contar la historia de alguien que elige transformase en otro para escapar, de alguna forma, del pasado».
Dalla Torre: «En ’Soy lo que quieras llamarme’ quise contar la historia de alguien que elige transformase en otro para escapar, de alguna forma, del pasado».
El mundo de un grupo de travestis de provincia es contado en «Soy lo que quieras llamarme», a través del aprendizaje de Robi, un muchacho de 17 años que se convierte en Rubí, y que sueña escribir una novela como las de Corín Tellado que devora. Con «Soy lo que quieras llamarme», que publicó Litterae, sello de El Ateneo, Gabriel Dalla Torre ganó el Premio Internacional de Novela Letra Sur 2012, que tuvo como jurados a Martín Kohan, Vlady Kociancich y Juan Sasturain. Dalla Torre ha publicado «Las viajadas», que ganó el Premio Vendimia Narrativa 2010, y fue base de una serie televisiva, y «Las habilidades inútiles», premio Antonio Di Benedetto de Novela. En Mendoza, donde reside, dialogamos con Dalla Torre.

Periodista: ¿En su novela quiso contar qué lleva a un muchacho de 17 años a convertirse en travesti?

Gabriel Dalla Torre: En realidad quise contar la historia de alguien que elige transformase en otro para escapar, de alguna forma, del pasado. «Soy lo que quieras llamarme» es una novela que escribí hace 10 años, cuando era aún un joven escritor y, simplemente, conocí a un par de travestis que vivían cerca de casa. Las escuché hablar, contar sus historias, y me parecieron tremendamente divertidas y épicas. Se las contaba a mis amigos y veía que les interesaban. Entonces me dije, acá hay algo, y entré a averiguar, y a unir eso con otras cosas que estaba leyendo, que en principio parecían no tener nada que ver. Pero, básicamente, fue algo muy del azar, de un momento de mi vida.

P.: ¿Cómo aparece en usted la idea de que los travestis son víctimas de la belleza?

G.D.T.: Fue porque en ese tiempo trabajaba de bibliotecario y encontré un libro antiguo, «Higiene y perfeccionamiento de la belleza humana» firmado por un tal Doctor Auguste Debay. Había allí muchos textos que, si bien no trataban de eso, describían prácticas que tienen los travestis, como modificar partes de su cuerpo para generar deseo. Debay afirma que en muchas culturas hay personas que modifican su cuerpo con aparatos y ortopedias para ajustarse a su concepto de ideal de belleza. Veía que las mujeres en general, y las travestis en particular, hacen eso; que quieren, por ejemplo, tener lolas más grandes, curvas más pronunciadas, y otras cosas que ajustan sus cuerpos a un canon de belleza que les permite seducir a través de los sentidos. «Soy lo que quieras llamarme» es una novela que focaliza mucho en los sentidos, en lo que se capta con la vista y en lo que se quiere ofrecer.

P.: Usted dice que eso se da menos en las mujeres que en los travestis.

G.D.T.: El maquillaje, la ropa, el uso de peluca, son cosas entendidas en la mujer como algo superficial que no hace a la esencia; para las travestis, en cambio, es una construcción, la peluca, el maquillaje, el arreglo, los gestos, es lo que las hacen ser lo que son. En ese sentido el tema de cambiarse el nombre es algo central. Todas las travestis tienen, por lo general, dos o tres nombres, y los van cambiando. Es parte de la búsqueda de cambiar todo; cambiar la apariencia, cambiar de nombre y, muchas veces, cambiar también de familia, irse de su casa y ser cien por ciento otra.

P.: Y con su nueva personalidad, según su novela, tienden a formar grupos en los que junto a la fraternidad no deja de haber liderazgos, envidias, competencia.

G.D.T.: Rubí, que antes fue Robi, descubre que el otro las está mirando todo el tiempo y la está juzgando, y piensa que cuando encuentre otras travestis se va a encontrar a sí misma. Pero pasa entre travestis lo mismo que pasa en cualquier grupo humano, finalmente empiezan a pelearse por los novios o porque llegan unas más jóvenes que piensan que van a reemplazarlas. Cuando llegan al grupo de travestis Rubí y su amiga, que son jóvenes y que no quieren prostituirse, ven a las otras destruidas por el alcohol y las drogas y no quieren unirse a eso. Y ahí se ve cómo el oprimido puede convertirse en opresor en cualquier momento. Nikkki, la travesti mayor, es autoritaria con las nuevas y medio educadora porque cree que eso es necesario porque el mundo es duro para todos.

P.: ¿Ese mundo duro es lo que lleva al consumo de drogas?

G.D.T.: Cuando uno está peleado con el mundo cae en esas prácticas, piensa que para qué va a cuidarse si el mundo la rechaza. El fumar nevados, esa mezcla de marihuana con cocaína tiene que ver con la crudeza de ese mundo. Y con que los vasos en su casa son frascos y la mesa un carretel de cables. Todo es momentáneo, una mezcla de cosas, y hacen una reinterpretación permanente de las cosas. Son muy buenas interpretadoras, ven a alguien y le sacan de inmediato la ficha. Siempre están mirando más allá de lo que se muestra. Lo que uno muestra es algo que uno maneja; para saber más, hay que mirar más allá de eso. Admiran a Mirtha Legrand por aquello de «como te ven, te tratan», una filosofía un poco fascista, pero que tiene algo de cierto. Ellas creen mucho en eso, en el ser un poco zorra, alguien que muestra una cosa y es otra. Y usan palabras que uno no conoce y que son parte de su práctica.

P.: ¿Por qué hizo entrar un aspecto policial en su novela?

G.D.T.: No es tan importante como el resto. Lo policial tuvo que ver con la trama, es lo que da impulso a la huida final. Eso surgió de que en Mendoza hubo un par de casos de violencia, con travestis grandes que murieron o las mataron. Hay un aspecto de ese submundo donde se entra en un circuito jodido.

P.: ¿Por qué cada tanto, y con aclaraciones a pie de página, aparecen comentarios sobre razas de perros?

G.D.T.: Tiene que ver con el higienismo, al perfeccionamiento de la belleza, y a poder ver más lejos que lo mostrado. Si el perro tiene una cierta estructura, un cierto hocico, una cierta mirada, tiene determinado carácter. Eso se refleja en esa teoría que yo creía en esa época. Veía a una persona y creía que porque tenía tal rasgo o tal postura corporal tenía determinado carácter interior. Es algo muy loco, la contracara de «El Principito». No es que lo esencial es invisible a los ojos, sino que los ojos pueden descubrir lo esencial. Eso se lo trasladé al protagonista, a Rubí, que cuando conoce a Marconi, el hombre casado que será su amante, lo primero que observa es que tiene un tic, y piensa en lo que eso significa, los comportamientos repetitivos que debe tener. Marconi es un tipo que tiene como treintipico de años, de barrio, tranquilo, que ha descubierto en ese submundo una pasión y una cosa auténtica que no tiene en su vida burguesa, común y corriente de padre de familia. Es una relación muy escandalosa entre el lenguaje y el cuerpo. Rubí tiene la mitad de la edad que él, es un niño, una niña, y lo que está buscando es un protector, un príncipe azul que nunca existe. Sabe que es así, pero se ilusiona de que pueda ser así. Los hombres que aman a las travestis son criaturas muy inexploradas, al punto que no tienen un nombre que los defina. ¿Quiénes son estos chongos que aman a las travestis, que no son homosexuales, que no les gustan los hombres? Eso a Marconi, en un punto lo confunde mucho. Por eso cuando caen las máscaras, cuando se despierta al lado de Rubí, se escapa.

P.: ¿Cómo inició la investigación para su novela?

G.D.T.; A través de un amigo que hacía coreografías para travestis. Empecé con la intención de hacer un ensayo fotográfico sobre todo eso. Y eso me llevó a entrar en los camarines, a charlar, a hacerme amigo. Empecé a leer sobre el tema, pero no busqué hacer algo investigativo. Nunca llevé un grabador, nunca pregunté nada. Dejé fluir todo lo que pasaba a mi alrededor. Después en casa anotaba todo lo que me decían, todo lo que me fascinaba. La novela tenía cien páginas más pero saqué lo que sólo me podía interesar a mí, lo que no era literatura.

P.: ¿Qué sintió al saberse ganador del Premio Internacional de Novela Letra Sur?

G.D.T.: Estaba con bronquitis, con 40 de fiebre, cuando me llamaron y no lo podía creer. Después me pareció interesante para alguien que vive en Buenos Aires tener una visión de la periferia, de las travestis de un pueblo de provincia. Antes publiqué la novela «Las habilidades inútiles» que ganó un premio acá en Mendoza, que a mí me gusta más que «Soy lo que quieras llamarme»; nunca tuvo distribución y sólo circula por el under.

P.: ¿Por qué su novela concluye con un texto del filósofo Hegel?

G.D.T.: Me resonó que hablara de sujetos que se destruyen en lugares periféricos, como África, o como éste. Me pareció una visión irónica sobre lugares donde se cree que no hay cultura ni documentación. Y sin embargo lo hay, eso también está.

P.: ¿Qué piensa de que lo comparen con Copi y con Manuel Puig?

G.D.T.: Me parece excelente. Puig ha sido un modelo de mi vida. Yo tengo otros referentes, como Antonio Di Benedetto, el brasileño Nelson Rodrigues o las películas de Almodóvar, pero Puig siempre estuvo presente. Y hay, claro, en la novela un homenaje constante a Corín Tellado, que Rubí toma como modelo de la novela que quiere hacer.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

G.D.T.: Un guión, con mi amiga Lucía Bracelis, para ver si logramos que «Las habilidades inútiles» se vuelva una película. Y escribiendo con ella la segunda parte. Si la primera es una novela policial, la segunda va a ser una novela de terror.

Entrevista de Máximo Soto