8 de abril 2010 - 00:00

Tenso drama familiar de un hijo pródigo y fugaz

«Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia» permite al espectador conocer más la obra de Lagarce, fallecido a los 38 años.
«Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia» permite al espectador conocer más la obra de Lagarce, fallecido a los 38 años.
«Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia» de J. L. Lagarce. Dir.: S. Galazzi. Int.: G. Araujo, V. Bassi, P. Contreras, P. Ituriza, M. Lubos. Vest.: M. Polski. Esc.: M. Valiente. Ilum.: A. Le Roux. (Teatro San Martín).

Con respecto a la familia y a la sociedad, Jean-Luc Lagarce siempre se situó en la vereda de enfrente. En vida fue un director de prestigio, pero su prolífica obra dramática recién empezó a ser valorizada tras su fallecimiento. Poco antes de morir de sida, a los 38 años, intentó elaborar esa muerte anunciada en dos obras de austero lirismo: «Apenas el fin del mundo», que se estrenó en 2007 (durante la «Semana Lagarce en Buenos Aires») con una inspirada puesta de Christian Drut y «Estaba en mi casa y esperaba que llegara la lluvia», su última pieza dramática.

En ambas, el dramaturgo francés se proyecta a sí mismo en la figura de un hijo, silenciosamente rebelde, que luego de recorrer mundo vuelve enfermo a su lugar de origen. En «Apenas...», el regreso del ausente sacude a la madre, desata la envidia del hermano y estimula, sin proponérselo, las ansias de libertad de su hermana menor. El protagonista vuelve a partir sin haberle podido confesar a su parentela que morirá dentro de unos meses; pero la saga continúa en «Estaba en mi casa...», sólo que con otra estructura familiar.

Ahora son cinco mujeres (madre, abuela y hermanas) que durante años han vivido pendientes del único varón de la familia, sin éste que diese señales de vida. Cuando el joven vuelve por fin a pisar al hogar se desploma en el suelo sin palabras. Pero él nunca aparece en escena; son las voces femeninas las que anuncian que la vida ha hecho estragos en su cuerpo, y que tal vez no sea cansancio sino una lenta agonía la que lo está consumiendo.

Después de tanta ausencia, su actual silencio es una provocación que pone hiperactivas a estas mujeres y las impulsa a revisar sus propias vidas y a especular sobre algunos secretos familiares (¿el padre lo echó de la casa o él se fue porque quiso?). Entre recuerdos del pasado y rencores que estallan producto de la decepción (tanto esperar para qué) las mujeres pueden barajar al fin algunos planes para su futuro.

Los poéticos monólogos de Lagarce suenan algo impostados al comienzo de la obra, dado el marco de realismo cotidiano en el que se desarrollan las acciones. La cocina, la limpieza de la casa interfieren en la escucha de un elaborado texto dramático que duda de sus propias afirmaciones y avanza a tientas bordeando el vacío existencial. Luego, la suma de escenas de intimidad fraternal, el relato de algunas anécdotas y amoríos y el humor de ciertos comentarios logran finalmente dar carnadura a este clan femenino.

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