Daniel Barenboim, junto a la West Eastern Divan Orchestra, regresó al Colón con su mensaje pacifista. Luego de escucharlo con Marta Argerich, los más conspicuos abonados fueron invitados al ensayo general abierto y gratuito para las comunidades. El teatro estaba repleto con la presencia de jóvenes estudiantes de los colegios judíos, musulmanes y católicos. Así, y sin recurrir a géneros musicales inadecuados para su historia y destino, el Colón renovó su público. Todo transcurrió en paz salvo cuando una espectadora fotografió el escenario: Barenboim, durísimo, la encaró: "¡Guarde eso! Primero, porque está prohibido; segundo, porque con eso en la mano no va a poder aplaudir". Así, con la contemporaneidad de Jörg Widmann, comenzó la música que le encanta imponer a Barenboim, "genial" para los entendidos; "compleja" para la gran mayoría. Luego, el placer de las oberturas y fragmentos sinfónicos de Wagner se volvió más intenso.
Quienes trabajan desde hace tres años para reunir a las comunidades convocaron al ensayo. Allí estaban Mónica Gancia, Erica Roberts, Claudia Stad, Lili Sielecki, Norberto Frigerio, Alberto Erize, el rabino Sergio Bergman, el embajador de Alemania, Bernhard Graf von Waldersee y Katerina, su mujer, Pablo Boskis, los coleccionistas Esteban Tedesco y Felipe Durán, Gustavo Grobocopatel, Lucas y Norma Werthein, Miriam Bagó, Mónica y Guido Parisier, María Blaquier, Eva y Santiago Soldati, Sarita, Carolina y Enrique Smith Estrada, Alexis Minkiewickz y el presbítero Martín Bracht. Por la noche, Inés Pertiné regresaba al Colón entre las estrellitas y estrellas de la farándula porteña, súbitamente amantes de la música clásica.
Ana Martínez Quijano
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