Nueva York - Hace apenas unos meses parecía imposible, pero ahora, General Motors se ha convertido en la segunda automotriz estadounidense dispuesta a empezar de nuevo tras un proceso por insolvencia. Y es que, como en muchas ocasiones desde que asumió el cargo, el presidente Barack Obama pisa con fuerza el acelerador. Sin embargo, el inusualmente rápido «sí» del juez al programa de saneamiento tiene sobre todo una causa: para sacar del abismo a GM no hay ningún rescatista más que el Estado.
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La nacionalización está destinada a «evitar la muerte del paciente en la mesa de operaciones», dijo drástica y claramente el juez Robert Gerber. Mientras sus compatriotas celebraban el largo fin de semana de su fiesta nacional con barbacoas y fuegos artificiales, él formulaba su decisión en 95 páginas.
Los procesos de protección de acreedores en Estados Unidos pueden prolongarse años. Pero debido a la presión del Gobierno, Gerber consiguió zanjar pronto éste, que había comenzado a principios de junio, gestionando por ejemplo 850 objeciones en una vista de tres días. Aunque los acreedores insatisfechos que quieran recibir más pueden apelar la decisión judicial, sus perspectivas de éxito son escasas, afirman expertos. Ya lo intentaron con el menor de los rivales de GM, Chrysler, en vano.
El juez Lewis Kaplan rechazó ayer una apelación en contra de la venta de los activos de la firma a la Nueva GM, lo que le permitiría salir de la quiebra «en las próximas horas», señalaron fuentes judiciales. General Motors Company estará controlada por el Gobierno estadounidense, con una participación del 60,8%, mientras que las autoridades canadienses poseerán otro 11,7%. Estas participaciones son consecuencia directa de los alrededor de u$s 60.000 millones que los dos países habrán facilitado en conjunto al fabricante de automóviles en todo el proceso de reestructuración. Además, el sindicato United Auto Workers (UAW) poseerá un 17,5% y los acreedores de GM, el 10% restante. GM se deshará de las viejas cargas -entre ellas una docena de plantas en Estados Unidos y filiales de ventas- y sobre todo de sus millonarias deudas. Pero el centenario ícono de la industria estadounidense aún tendrá que hacer frente a numerosos problemas: el mercado automovilístico patrio sigue por los suelos, la paleta de modelos de GM necesitará años para brillar de nuevo y los beneficios se ven muy lejos, tras las pérdidas récord.
Con la decisión del juez Gerber también se nacionaliza parcialmente Opel, pues GM mantiene todavía un 35% del fabricante alemán. Con todo, los conocedores no creen probable que el Gobierno de Obama pretenda influir directamente en la filial germana. Y es que para decepción de la parte alemana, Washington no brilló por su compromiso en la disputa con los inversores de Opel en la Cancillería: para Estados Unidos, Opel es una minucia. La palabra la tendrá en el futuro el nuevo accionista mayoritario de Opel, en cuanto se logre un acuerdo. Por el momento, la voz cantante la lleva el distribuidor austríaco-canadiense Magna. Y es que Opel se libró en el último momento de caer en la insolvencia de la empresa matriz, gracias a la creación de un fondo fiduciario a finales de mayo. Desde entonces, el fideicomiso tiene un 65% de Opel, que está destinado a los inversores.
Mientras tanto, GM planea el regreso de viejos rostros. El director gerente Fritz Henderson tiene el timón sólo desde hace tres meses, pero ya antes había dejado marcado el rumbo como asesor y vice. «GM necesita sangre fresca», instó el analista automovilístico Erich Merkle. Otros observadores sí confían en el nuevo comienzo de Henderson, pues con su estilo campechano es rápido en la toma de decisiones. La última palabra sobre Henderson la tiene Barack Obama, su nuevo jefe. El presidente estadounidense ha subrayado incansablemente que no quiere «dirigir a ningún fabricante de automóviles», pero con la mayoría de GM y una parte de Chrysler tendrá que ocuparse ahora de sus dos niños conflictivos. Los críticos de la nacionalización hablan ya desde hace tiempo de «Goverment Motors», todo un pecado en el capitalista Estados Unidos. Por eso, no sorprende que el Gobierno quiera abandonar GM lo antes posible y ya haya anunciado que la nueva compañía saldrá a Bolsa el año que viene. Aunque a muchos accionistas de GM la oferta no les suene demasiado atractiva: sus acciones acaban de quedarse sin valor.
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