23 de julio 2018 - 22:32

Trump, a la guerra de la triple frontera

Trump, a la guerra de la triple frontera
Mambrú se fue a la guerra, y no tiene paz (el líder ruso Vladímir Putin parece ser su único sedante efectivo). A tres semanas de dar inicio formal a la guerra de comercio con China -un ping pong de suba de aranceles y represalias-, el presidente Trump amenaza con gravar 500 mil millones de dólares de importaciones provenientes del gigante oriental -todas las de 2017 salvo un cambio chico de 5 mil millones- si Beijing no da respuesta satisfactoria. Ya se conoce su tenacidad. Juega fuerte, y más cuando identifica una debilidad. China no importa de los EE.UU., sino la tercera parte de tamaña cifra. "Nuestro mercado es enorme", todos quieren participar de él, dice, y -mercantilista al fin- piensa que el mundo abusó de la postura tradicional de Washington a favor del libre comercio. Que los datos de la realidad no calcen con su narración -¿cuál es el perjuicio que sufren los EE.UU. o acaso no son evidentes los beneficios para el conjunto de la nación?- no arruinará sus convicciones. Se acabó. Y así Don Trump, el rey de la negociación, empuña la lanza y embiste. Que ladren -los socios comerciales, la prensa, la oposición - le confirma que avanza.

Washington sube aranceles a viva voz. Que también hay elecciones en noviembre (y no parece ser mal negocio). Beijing deprecia el yuan en silencio. Trump, de tanto esperar qué inventarán los chinos como represalia, aguzó su perspicacia. ¿Será que la guerra de comercio se puede perder en el mercado de monedas? La historia del yuan en constante declive -así como el curso de las demás divisas- le arrima otra siniestra conspiración. El mundo es cruel. China (y Europa y otros, como reza su último tuit) lo quieren acostar en una mesa de cambista. Y es advertir el salto del dólar a partir de abril para que quiera quitarse la frazada. Comenzó, pues, la guerra de monedas. En enero, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, ya lo había propuesto: "Un dólar más débil es bueno para los EE.UU.". Sin embargo, al día siguiente, el presidente en persona lo contradijo. "No es así, Mnuchin fue malinterpretado", terció como para desterrar cualquier sospecha, "el dólar se hará más y más fuerte". Era lógico: ¿cómo hacer América Grande con un dólar que se achica? La educación económica del Sr. Trump sumó, por lo visto, una nueva lección.

China devalúa; los demás, también; y la Fed, indiferente. Peor: planea dos subas de tasas en lo que resta del año. ¿Acaso, el enemigo también duerme en casa? ¿Qué decir de Jerome Powell? Si conduce el timón en la Fed es porque Trump así lo quiso. Debió cancelarle un segundo mandato a Janet Yellen para encumbrar a este abogado republicano que, cinco años atrás, cuando aterrizó en la institución, poco y nada sabía de política monetaria. Larry Kudlow, el consejero económico del presidente, suele hablar con Powell ("es un buen hombre"), pero no lo hace entrar en razones. No se baja de su empeño en izar las tasas. Y Trump tuvo que dedicarle una entrevista en la CNBC. "No soy feliz, no me entusiasma, pero dejo que hagan lo que les parece mejor", afirmó. Se sabe que Trump no es un adalid del "laissez faire" que lo dejará pasar. La Fed ya está avisada. Y si bien al presidente le salió el tiro por la culata -sus palabras consiguieron elevar las tasas largas y el milagro de volver a empinar la curva de rendimientos- no cejará. Anotar entonces: se viene la guerra a la política monetaria (una ayudita: la Junta de Gobernadores tiene siete asientos y hay cuatro vacantes). ¿Y no convendría moderar el déficit fiscal que produce la reforma tributaria y así quitarle argumentos a Powell? Esa lección no está en los cuadernillos que lee la Casa Blanca.

Trump combate hoy en la Triple Frontera: libra una guerra de comercio, de monedas y contra los planes de la Fed. Únicamente en Wall Street reina la paz (aparte del inesperado y merecido alivio de los emergentes, quienes temen más que Trump al fantasma de las tasas y el dólar fuerte). La Bolsa confía en que estos son juegos de guerra, una forma de negociación. Y trepa sobre el lomo de los balances empresarios: la rentabilidad no reconoce nubarrones. Lo demás decantará, como pasó con Corea del Norte. No sin zozobra ocasional, pero sin tener que lamentar quebrantos mayores. ¿Cómo lo sabe? No, eso nadie lo sabe. Para quien sí o sí precise darse el lujo de la certeza es que existe el cash.

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