30 de septiembre 2009 - 00:00

Un audaz de elite: ¿espejo trasandino?

Marco Enríquez-Ominami habló ayer en rueda de periodistas y mantuvo diálogos por separado con ciertos diarios, entre ellos éste. En las últimas semanas, también visitaron Buenos Aires los otros dos principales postulantes, Eduardo Frei y Sebastián Piñera.
Marco Enríquez-Ominami habló ayer en rueda de periodistas y mantuvo diálogos por separado con ciertos diarios, entre ellos éste. En las últimas semanas, también visitaron Buenos Aires los otros dos principales postulantes, Eduardo Frei y Sebastián Piñera.
Marco Enríquez-Ominami dejó, en su fugaz tránsito por la Argentina, una estela de curiosidad. Con 36 años, este cruzado contra el rígido bipartidismo chileno puede amanecer -con un mix de audacia y fortuna- como futuro presidente de ese país.

Su ocurrencia de organizar, a dúo, entre la Argentina y Chile, el Mundial de fútbol de 2026, que le transmitió el lunes a la noche a Cristina de Kirchner, es una postal para tratar de identificar sus modos: impactar, sorprender y desafiar todo el tiempo.

Enríquez-Ominami pudo operar como un gurú para la dirigencia argentina. De este lado de la Cordillera, el bipartidismo es de papel pero la rigidez aparece como una de las categorías del caos. El pánico al castigo o a la derrota prematura inhibe cualquier aventura.

Enríquez se desafilió del socialismo -también lo hizo su padre adoptivo, Carlos Ominami- cuando le quitaron la posibilidad de competir en primarias contra Eduardo Frei, el candidato que tildó la Concertación para enfrentar a Sebastián Piñera, en quien se mira Mauricio Macri.

En pocos meses, saltó al 25% de intención de votos, le arrancó un pedazo a Frei, otro menor a Piñera y se trepó a la ola de la «fatiga» social, según su definición, contra la política chilena. El 30% de sus apoyos surge del planeta de los no votantes.

ADN político

No es, sin embargo, un outsider. Por doble vía, arrastra ADN político: su padre biológico, Miguel Enríquez, fue jefe del MIR; Ominami, ahora senador, fue uno de los artífices de la Concertación chilena y, luego, ministro de Economía de Patricio Aylwin.

Forma parte de la elite chilena y, desde allí, con algo de la rebeldía de Enríquez y su habilidad en el manejo mediático -por su campaña 2.0 en Chile se lo comparó con Barack Obama-, pulsea para entrar en la segunda vuelta para trabarse en un mano a mano con Piñera.

«Primero se decía que nunca un socialista llegaría a presidente, y fue Lagos; después que jamás llegaría una mujer, pero ganó Michelle; ahora dicen que nunca podría gobernar un joven», se fascina con su ocurrencia, esperanzado, Enríquez-Ominami.

Seducción

Es portador de un decálogo seductor para la dirigencia local. Uno es el desafío a las dos estructuras políticas; otro es la combinación de nuevos y viejos dirigentes. De este lado, donde late el prejuicio de la vieja política, puede verse como una aberración.

Enríquez-Ominami tiene 36 años pero se mueve a todos lados con un staff que fusiona dos generaciones: por un lado, un grupo de jóvenes sub-40; por el otro, su padre Carlos, en quien se recuesta para pedir datos e impresiones, y Max Marambio, un ex militante de izquierda, ahora empresario, al que convirtió en el coordinador político de su campaña.

Ese núcleo de «veteranos» funcionó como enlace en la Argentina: Rafael Follonier, antiguo conmilitón de Enríquez y Ominami, ofició de lazarillo en la presentación del candidato en la Argentina y lo llevó de la mano a una charla, que merece explorarse, con Cristina de Kirchner.

La tercera enseñanza, quizá la más tentadora, es la esencia de su aventura: Ominami invita a sublevarse contra el concepto que juzga como incorrecto el deseo de ser presidente; milita la rebeldía de no resignarse a esperar.

Su irrupción, más allá del puerto último, desacomodó a la política chilena. ¿Es, a través de los Andes, un espejo donde mirarse?

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