29 de octubre 2009 - 00:00

Un calvario bajo las bombas de todos los días

Islamabad - Los paquistaníes, que aprovechaban el otoño (boreal) para disfrutar de picnics y excursiones sin el aplastante calor veraniego, se han convertido en presos en sus propias casas ante el miedo de que la actual ola de atentados transforme esos momentos de ocio en masacres.

Estos temores se vieron ratificados ayer, cuando un coche bomba estalló en un mercado repleto de gente en Peshawar, la gran ciudad del noroeste de Pakistán (ver aparte).

«No vamos a ningún lado; no es el momento para ir a los mercados o a otros lugares públicos», dice Bushra Tayyeb, una ama de casa de Islamabad. Como el resto de las madres de la ciudad, Bushra confiesa que, pese a que sus hijos se aburren, no los deja ir al cine ni al parque.

Su hijo, Danish, de 12 años, ha vuelto al colegio después de una semana sin clases tras un atentado suicida en la universidad de Islamabad, pero miles de alumnos de escuelas privadas aún no reanudaron las clases.

«No puedo estudiar bien. No puedo ir a ver una película al cine ni a jugar en el parque. No sé qué me está pasando a mí y a mi país», se lamenta Danish.

La mayoría de los paquistaníes ya decía que Islamabad era un «desierto» en cuanto a diversión comparada con Karachi, que nunca duerme, o Lahore, famosa por su sofisticada oferta cultural. Ahora, con el miedo a atentados, las cosas han empeorado.

Las más desiertas son las cadenas occidentales de comida rápida, ya que debido a su relación con Estados Unidos se consideran los blancos más fáciles para los ataques de los islamistas.

Lo peor es que la ofensiva militar terrestre y aérea de doce días contra los santuarios en Waziristán del Sur de los islamistas del grupo Tehreek-e-Taliban Pakistan, responsable de la mayor parte de los recientes ataques, sólo ha acrecentado el miedo.

«Hemos perdido de un 50% a un 60% de nuestros clientes en pocos días. Todo por los ataques suicidas y la operación en Waziristán del Sur», afirma Muhamad Shabir, director de la filial en Islamabad de la cadena estadounidense KFC.

Los ataques no son una novedad en Islamabad. El más espectacular -un camión bomba que mató al menos 60 personas en el hotel Marriott en setiembre de 2008- provocó el éxodo de muchos extranjeros.

La fatalidad se une al miedo en los habitantes de Islamabad, a quienes ni los detectores de metales instalados en las entradas de los restoranes ni los guardias que vigilan sus puertas han logrado darles seguridad.

«Vamos a poner más guardias de seguridad y a instalar cámaras ocultas, pero eso no garantizará que no pueda pasar nada. Si un kamikaze decide venir aquí, nada lo podrá parar», reconoce Shabir.

Los comerciantes opinan los mismo. «Cualquiera que parezca un cliente puede entrar y hacerse estallar dentro del negocio», subraya Mansoor Nazir, vendedor en un negocio de ropa.

El descontento está creciendo contra el Gobierno y los servicios de seguridad, incapaces de proporcionar a la población una protección adecuada.

Por su parte, los policías, mal pagados y peor entrenados, dicen que su misión de desenmascarar a posibles kamikazes y terroristas es como buscar una aguja en un pajar.

«Es difícil controlar a miles de pasajeros en sus coches», confiesa Muhamad Hamraz, un policía responsable de un puesto de control en una importante arteria de la ciudad, bien consciente también del peligro. «Un kamikaze puede hacerse estallar en mitad de esta cola, pero venimos a trabajar totalmente preparados para morir porque no hay alternativa», dice.

Agencia AFP

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