7 de septiembre 2015 - 00:00

Un demorado Terrence Malick en Bellas Artes

Ben Affleck y Olga Kurylenko en una escena de “To the Wonder”, de Terrence Malick.
Ben Affleck y Olga Kurylenko en una escena de “To the Wonder”, de Terrence Malick.
"To the Wonder" (EE.UU., 2012). Dir.: T. Malick. Int.: B. Affleck, O. Kurylenko, R. McAdams, J. Bardem, T. Chiline, C. Baker, R. Mondello (Museo Nac. de Bellas Artes).

Una europea con hija a cuestas y un norteamericano con ilusiones de escritor, cada uno cargando frustraciones y amarguras, se conocen en París. Poco después, en la isla St. Michel, bajo la inmensa y bellísima abadía, se sienten de nuevo enamorados. En Oklahoma iniciarán vida en común. Con el tiempo vienen el desgaste, el alejamiento, ella se va, él se reencuentra con una amiga de la infancia, quizá más cercana a su espíritu y sus genes, ella vuelve...

Terrence Malick nos cuenta eso a su manera. O más bien lo da a entender. No nos da una historia estrictamente lineal, sino una serie de situaciones que van y vienen en el tiempo como van y vienen los recuerdos, sin una clara explicación, pero puestos así por alguna razón que más tarde quizá comprenderemos. De esa forma nos hace sentir esas cosas inexplicables e intensas del enamoramiento y el agotamiento, la gracia y el esfuerzo, la comunión y luego el extrañamiento con los demás, con la naturaleza y el entorno. Y con el pasado y las cicatrices del amor. Paisajes amplios y sencillos, ambientes de luz amigable, lugares cotidianos muchas veces amados, fragmentos de charlas, o de momentos que han quedado marcados, silencios intensos conforman el clima y la respiración de la obra. Monólogos interiores acercan algunas reflexiones.

La bellísima fotografía de Emmanuel Lubezki, la banda sonora, el montaje, los rostros de las intérpretes, dejándonos percibir sus estados de ánimo y sus decisiones, son elementos que subyugan al espectador. Esos monólogos, en cambio, pueden llegar a molestar. A veces suenan cursis, o se parecen demasiado a los vaivenes de algún poeta que no termina de redondear lo que quiere decir, y, peor aún, en el fondo no dice nada nuevo pero lo repite de variadas formas. Es el estilo de Malick desde "La delgada línea roja", y hay que aceptarlo. Si se acepta, la obra entra en el alma. Si no, sólo queda disfrutar de la fotografía.

Para la gente ajena al sentido religioso de la existencia, que tolera cuanto mucho cierta visión panteísta del autor, ya expresada en "El árbol de la vida", puede molestar también la presencia de otro personaje, un sacerdote en crisis de fe, que pide la ayuda superior para encontrar su senda. Pero esa figura tiene un sentido, ilustra la falta de consuelo típica de los momentos en que el amor se pierde y agoniza, tanto el amor de la pareja, al no hallar entendimiento, como el amor sagrado, al no escuchar la voz de Dios entre las gentes, una sordera muy propia de estos tiempos. Y la abadía se ve entonces demasiado lejos...

Intérpretes, Ben Affleck, Olga Kurylenko, Javier Bardem, Rachel McAdams, la nena Tatiana Chiline. Estreno, sólo en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde estaría muy bien alguna muestra del notable Emmanuel Lubezki.

Dejá tu comentario