En una correcta versión de «El joven Frankenstein», Guillermo Francella explota bien sus condiciones de comediante, pero por momentos olvida al personaje y se acerca demasiado al porteño «piola».
«El joven Frankenstein» de M. Brooks y T. Meehan. Dir. Gral: R. Pashkus. Dir. actoral: C. Olivieri. Dir. Mus.: G. Gardelín. Int.: G. Francella, L. Oliva, O. Calicchio, P. Sultani, J. Priano y elenco. Adap. canciones: E. Pinti. Coreog.: E. de Chapearouge. Dis. arte y Esc.: A. Negrín. Vest.: F. Luca. Ilum.: J. Pérez Mascali. (Astral).
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«El joven Frankenstein» es considerada la mejor película de Mel Brooks. Inclusive por su autor, quien en 1974 debió cambiar de estudio cinematográfico para poder filmar en blanco y negro, tal como se lo había propuesto, esta eficaz parodia del cine de terror, en donde lo estrafalario desplaza a lo siniestro y abundan los chistes de doble sentido. Además de tomarle el pelo al tieso y aparatoso «Frankenstein» con Boris Karloff a partir del clásico de James Whale (1931), Brooks pone a bailar al monstruo (el tema «Vámonos al Ritz»), le atribuye un miembro viril acorde con su robustez y hace que seduzca a la novia de su creador con la que luego integrará el típico matrimonio burgués.
Tras el descomunal éxito de su comedia musical «Los productores» (basada en otro film suyo de menor repercusión, llamado en Buenos Aires «Con un fracaso, millonarios»), Brooks repitió la experiencia con «El joven Frankenstein», pero sin alejarse del guión original. Suprimió algunas escenas, simplificó situaciones y agregó varias canciones de melodías pegadizas y letras más bien audaces. Los cuadros musicales ocupan un segundo plano; lo que importa son las situaciones humorísticas.
Guillermo Francella canta y baila lo mínimo indispensable explotando sus dotes de comediante en algunas escenas logradas como la de la biblioteca y el pasadizo secreto. Pero en otros momentos tiende a actuar solo y en plan capocómico, sin preocuparse demasiado por sostener su personaje. Se supone que su Frederick es un científico con poca experiencia mundana, sexualmente casto y algo asustado por lo que descubre en Transilvania; no el típico argentino piola que está de vuelta de todo.
Pablo Sultani compone a un agradable Igor (el sirviente contrahecho), aunque llama la atención el escaso contacto físico entre amo y criado (en la película, Marty Feldman buscaba la cercanía de su patrón con actitud perruna). Omar Calicchio encarna a un monstruo encantador y Laura Oliva a un ama de llaves de rasgos caricaturescos cuyas intervenciones son muy festejadas por el público. Carolina Pampillo, en el papel de Inga (la sensual asistente de laboratorio) es toda una revelación. Además de buena cantante y bailarina, se luce como comediante.
Rosana Laudani ofrece una lograda interpretación como Elizabeth, la novia del científico, y tiene a su cargo un par de canciones muy divertidas. Jorge Priano como el inspector Kemp y, muy especialmente, en el papel de ermitaño ciego (papel en el que Gene Hackman deslumbró en el cine) vuelve a exhibir su gran dominio del género musical.
Si bien «El joven Frankenstein» ha perdido buena parte de su evocación cinéfila en su traspaso a escena, es justo reconocer que tanto la escenografía como las proyecciones generan el ambiente adecuado y permiten que la historia narrada no pierda dinamismo.
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