14 de abril 2009 - 00:57

Un giro audaz, no exento de riesgos

Tras su asunción el 20 de enero, los gestos de Barack Obama en materia de política exterior han sido significativos, aunque en algunos casos han quedado sujetos a condiciones que sembraron algunas dudas y limitaron su impacto. Así, anunció la retirada militar de Irak, pero dijo que se terminará de concretar a fines de 2011, la misma fecha, en definitiva, que había negociado el saliente George W. Bush con el frágil Gobierno del país árabe. También ordenó cerrar la controvertida prisión de Guantánamo, donde se perpetraron tantos abusos y que tanto dañó la imagen de EE.UU., pero el desafío jurídico que supone neutralizar a algunos de los allí detenidos -de peligrosidad probablemente extrema- hará que la iniciativa no se concrete antes de fin de año.

Discusiones al margen, la decisión anunciada ayer en torno a Cuba resulta incuestionablemente contundente. No implica, claro, el fin del embargo al régimen comunista, pero constituye un potente gesto de acercamiento a América Latina y, a la vez, un audaz cambio de estrategia para fomentar la democratización de la isla.

Los principales líderes regionales, desde Lula da Silva hasta Michelle Bachelet, pasando por Cristina de Kirchner, visitaron Cuba desde la asunción del estadounidense, en una estrategia concertada que buscaba enviar a Wa-shington el mensaje claro de que Cuba debe ser reintegrada a las relaciones hemisféricas. No sorprendió, en ese sentido, la decisión del Grupo de Río, en diciembre último, de incorporar a La Habana como miembro.

Con los anuncios de ayer, Obama llegará fortalecido a la Cumbre de las Américas que se realizará el fin de semana en Trinidad y Tobago, y hará más creíbles sus promesas de una reconciliación y un nuevo comienzo en las relaciones con América Latina. Seguramente se verá allí a un Hugo Chávez más dócil, consciente de que no contará con espacio político para insistir en su postura recalcitrante contra «el imperio».

Apuesta

Desde que John F. Kennedy impuso en 1962 el embargo, la Casa Blanca apostó por derribar al régimen comunista a través de un aislamiento férreo. Trascurridas casi cuatro décadas desde entonces, la evidencia indica que, además de inmoral, por suponer un castigo colectivo a la población del país, la estrategia fue un completo fracaso, ya que no impidió que la dictadura castrista superara crisis potencialmente terminales como el «período especial» que siguió al desmoronamiento del bloque prosoviético en los 90 y la salida de Fidel Castro de la conducción del régimen por enfermedad en julio de 2006.

Inteligentemente, Obama sugiere ahora un giro completo, que pasa por reforzar los intercambios entre EE.UU. y la isla. Para eso elimina las restricciones a los viajes de los cubanoestadounidenses, libera el envío de remesas, fomenta la instalación de empresas de telecomunicaciones y avanza hacia el restablecimiento de los vuelos comerciales. La idea es que un creciente contacto de una población empobrecida con la principal potencia capitalista del mundo será un aliciente poderoso para la apertura y la democratización.

Por otro lado, Obama pretende forzar a los Castro a tomar medidas de reciprocidad, imprescindibles para las inversiones en materia de telecomunicaciones, televisión satelital, telefonía móvil y vuelos. La ausencia de esos pasos dejará todavía más al desnudo -si es que eso es posible- el carácter represivo del régimen, privándolo de esgrimir como eterna justificación precisamente la existencia de restricciones por parte de Washington.

En otro orden, la audaz movida de Obama pone en aprietos a las organizaciones del exilio cubano, algo que quedó en evidencia ayer mismo, a juzgar por la diversidad de sus reacciones.

«Es un paso significativo en esta nueva dirección de la política de EE.UU. respecto de Cuba, un paso que habíamos recomendado», dijo a la agencia EFE Francisco Hernández, presidente de la poderosa Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). En tanto, Ninoska Pérez, presidenta del Consejo por la Libertad de Cuba, estimó que el régimen «se va aprovechar de esta debilidad de Obama», que decidió abrir la mano sin exigir ningún gesto de reciprocidad.

La división de opiniones no sorprende, ya que desde hace mucho las organizaciones anticastristas de Miami se debaten entre la necesidad de impulsar estrategias alternativas al inútil embargo, el deseo de que mejoren las condiciones de vida de sus familiares en Cuba y el rechazo a la posibilidad de que los Castro se beneficien de un relajamiento de las restricciones.

Las organizaciones del exilio tienen, además, un motivo poderoso para desconfiar. Por primera vez desde Jimmy Carter, la Casa Blanca muestra iniciativa y una relativa independencia con respecto a su poder de lobby, un hecho que permite conjeturar cambios aún más importantes a futuro y del que deberían tomar nota otros grupos de presión, como el proisraelí.

Pero hay otro factor que genera desconfianza en los más duros. La liberación completa de los viajes y las remesas supone una bocanada de oxígeno para el régimen, ya que permitirá mejorar las condiciones de vida de buena parte de la población y monetizar una economía en agudo marasmo.

Algunas cifras permiten mensurar el fuerte impacto que tendrá esta medida en la pequeña economía cubana. Según la CEPAL, las remesas que envían los cubanoestadounidenses a la isla ascienden a unos u$s 1.000 millones por año. Estimaciones preliminares, indicaban ayer que la liberación de los envíos de efectivo y de los viajes podrían suponer unos u$s 500 millones suplementarios, un espectacular incremento del 50%. No es poco para una economía que exportó en 2008 un total de u$s 3.700 millones. ¿Un salvavidas para Fidel y Raúl?

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