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Un país entre la ilusión del futuro y sus abismos
Desde la salida del poder de Hosni Mubarak parece haberse roto el frágil equilibrio entre la mayoría musulmana de Egipto y la minoría cristiana. Los reclamos de estos últimos terminan, con frecuencia, en violentas refriegas con islamistas.
La minoría cristiana (copta) es la primera en añorar los viejos tiempos, en los que se sentía protegida por el régimen. Aun se recuerda que su patriarca, Shenuda III, apareció en televisión los momentos más calientes de la pueblada de febrero contra el «rais» para pedir el fin de las protestas. Las quemas de iglesias y choques trágicos como el de ayer han sido comunes desde la salida de Mubarak, y la posibilidad de un triunfo islamista en los próximos comicios tiene forma de espectro para ese grupo.
Más allá de lo local, el resultado de la transición política tendrá un fuerte impacto internacional. El Egipto de Mubarak estaba alineado con Occidente, y era uno de los dos Estados árabes (el otro es Jordania) que mantiene relaciones diplomáticas con Israel.
Además, el país tiene frontera con la Franja de Gaza, el enclave palestino gobernado por los extremistas de Hamás, y su control de la zona en lo que hace al trasiego de armas es hoy una incógnita. Y, se sabe, el Movimiento de Resistencia Islámica es, con su vieja apelación al terrorismo, su objetivo de destruir a Israel y su complicidad con el lanzamiento de cohetes contra áreas civiles del Estado judío, una amenaza no sólo para éste sino también para el propio liderazgo palestino moderado de Cisjordania. A tal punto que se opone al proceso en curso para que la ONU le otorgue estatus de Estado.
El Gobierno de Benjamín Netanyahu es el segundo actor en extrañar al régimen depuesto. Apoyó al exdictador hasta el final, y advirtió entonces a Occidente que jugaba con fuego al respaldar, de modo oportunista y tras una larguísima demora, su caída.
Desde entonces, la tensión bilateral no ha dejado de escalar, tras el cruento asalto de una multitud a su embajada en El Cairo, producido el mes pasado, y posteriores declaraciones del premier interino, Esam Sharaf, en el sentido de que el tratado de paz firmado en 1979 en Camp David «no es algo sagrado».
Juicio valioso
El futuro es un albur; incluso a mediano plazo. El juicio al exdictador, enfermo de cáncer, es valioso y ejemplificador como hecho judicial y político, pero enciende pasiones peligrosas. Incluso los militares que lideran la transición, aliados hasta último momento y socios de aquel en el sentido más pleno de la palabra, han dado muestras de su reticencia frente al proceso. Tanto es así que el jefe de las Fuerzas Armadas y hombre fuerte del país, Mohamed Husein Tantaui, sólo aceptó prestar testimonio tras haber desatendido una primera citación, y aun en la segunda se negó a dar detalles de la represión que terminó con la vida de 850 manifestantes alegando razones de «seguridad nacional».
Éstos son los militares de los que depende el calendario electoral que comenzará el 28 de noviembre con comicios legislativos, que seguirá con un proceso constituyente y terminará el año próximo con elecciones presidenciales. Anticipar qué Egipto saldrá de las urnas es imposible, sobre todo en un país sin liderazgos civiles claros, por no hablar de partidos políticos de alguna envergadura.
Por su carácter de oposición semioficial durante la era Mubarak, la maquinaria de la Hermandad Musulmana parece partir con ventaja. Para potenciar su peso como entidad religiosa, social y política ha creado un brazo electoral, el partido Libertad y Justicia. Sus referentes se esforzaron desde el mismo día de su lanzamiento en disipar temores al asegurar que su programa sería moderado y laico. Pragmáticos, se anticiparon a una decisión emitida poco después por el régimen militar de transición, prohíbe a los candidatos y partidos competir con plataformas de tipo confesional. Si la Hermandad triunfa, su voluntad será mucho más importante en la definición de las reglas del juego, y habrá que ver hasta qué punto el apoyo popular que reciba limitará los afanes laicos de las Fuerzas Armadas.
Se ha dicho, y con razón, que los «hermanos» no son, más allá de su filiación sunita y no chiita, islamistas «a la iraní», esto es extremos. Sin embargo, sus lazos con Hamás serán, se descuenta, mucho más fluidos y poco se conoce y, por ende, se puede anticipar sobre la sorda interna que libran en ese sector «halcones» y «palomas».
Un eventual triunfo de la Hermandad Musulmana representaría un nuevo comienzo para Egipto. De que se recicle, en ese caso, en un islamismo moderado como el de Turquía o experimente una torsión al fanatismo dependerá que a Occidente le surja un nuevo y grave desafío. Mientras, los cristianos coptos e Israel se preparan, por las dudas, para lo peor.


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