Una dura puja por poder en la elite gobernante (según el Mossad israelí)

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Tel Aviv - «Es irónico que Musaví sea visto como la gran esperanza del cambio en Irán y el símbolo de la tolerancia cuando en su historial tiene una larga lista de asesinatos, torturas y sentencias de muerte», explica a este diario un alto funcionario del Ministerio de Defensa de Israel, país que sigue al minuto los acontecimientos en Irán.

La mayoría de los servicios secretos de todo el mundo comparten la (mala) costumbre de no adelantarse y predecir los acontecimientos y cambios. Preguntado en el Parlamento, el jefe del Mosad, Meir Dagan, pronosticaba: «Las protestas en Teherán y otros lugares no durarán mucho tiempo. Es una lucha de poder en la elite».

Evitar que Irán tenga armas nucleares es el principal reto de Dagan. Básicamente para eso, su amigo y primer ministro israelí, Ariel Sharon, lo nombró jefe de los servicios secretos en 2002. Dedica infinitos esfuerzos humanos y económicos en la Cartera Irán para torpedear la ayuda militar de Teherán a los grupos Hizbulá y Hamás, así como el desarrollo del programa nuclear iraní. Ambos campos, según Dagan, están en manos del líder supremo Alí Jamenei.

El ministro israelí de Asuntos Estratégicos, Moshe Yaalon (ex jefe de la Inteligencia militar), decía ayer: «No habrá ningún cambio respecto del plan nuclear, pero Irán sí vivirá una revolución. Grosso modo, el 70% de los iraníes se opone al régimen de los ayatolás».

Aunque Mir Husein Musaví es una cara nueva en los hogares israelíes, su ficha es más que conocida en el archivo de los servicios secretos. Lo acusan de ser clave en la creación y financiación de Hizbulá en el Líbano. También se lo recuerda en el escándalo del Irangate (Irán-Contra). Musaví, primer ministro iraní entre 1981 y 1989, tuvo que afrontar la guerra con Irak. Israel y Estados Unidos vendieron armas a Irán a cambio de dinero y la liberación de los occidentales secuestrados en el Líbano.

Irán-contras

Al mismo tiempo, Washington buscaba financiar a los grupos nicaragüenses contra el régimen sandinista. La trama fue destapada el 3 de noviembre de 1986 por un diario libanés, tras recibir la acusación del entorno de Musaví. «Es un radical entre los radicales, pero no duda acercarse al pragmatismo», escribió en su diario personal Amiram Nir, asesor del entonces primer ministro israelí, Simón Peres.

Pese a la explosión del escándalo, el proyecto no se aplacó. El 10 de diciembre del 86, Nir recibió una llamada del iraní Manucher Ghorbanifar, intermediario en el affaire y que, según los israelíes, fue el que lo filtró a la prensa.

En la conversación grabada por Nir, Ghorbanifar lo intenta convencer de que «esta vez se hará todo más profesional. He solucionado el problema de tus dos valijas a cambio de las cosas que tienes», le dice al israelí. Valijas (los rehenes) a cambio de armas. Nir le pregunta: «¿Quién se hace responsable de esto en tu país?». El iraní contesta: «El primer ministro».

Es decir

Es decir, Musaví. El dirigente iraní Rafsanyani no negó el uso de armamento israelí al afirmar: «En la guerra se puede comprar armas hasta del diablo». Un diablo que proporcionó a Irán 700 toneladas de arsenal, vital contra Irak.

Dos décadas después, Israel observa desde cerca el regreso de Musaví al laberinto persa. Según un informe del Mosad, «Jamenei no ahorra medios y recursos para reprimir las protestas y en el peor de los casos sacrificará a Ahmadineyad en beneficio del régimen».

Dirigentes israelíes creen que la represión en Irán reduce las posibilidades de diálogo con EE.UU. respecto del programa nuclear. Una tesis que apoya el ex embajador norteamericano en Israel Martin Indyk: «Clinton tenía el consenso del país para dialogar con el reformista Jatami, pero el ala más radical en Irán impidió este acercamiento. Ahora, con lo que sucede allí, hay muchas dudas en Estados Unidos de que Obama pueda dialogar con Ahmadineyad. Si antes era visto como un personaje repugnante, ahora que el mundo ve cómo apalean a estudiantes, Obama la tiene más complicada».

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