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Una mujer influyente que acapara pantalla desde 1912
Mujer tan influyente e interesante no podía quedar fuera de la pantalla. Ya en 1912 aparece representada en «The Victoria Cross» (intérprete, Rose Tapley), sufriendo la Guerra de Crimea. Desde entonces figura en decenas de títulos recibiendo al primer ministro Benjamin Disraeli (hubo varias sobre el modo en que ambos forjaron el Imperio), el explorador David Livingstone, la enfermera Florence Nightingale, los cirqueros Buffalo Bill, Barnum, y Anne Oaklie, el inventor Graham Bell (a quien casi todas las mujeres y varios hombres le deben un altar), Julio Verne, Gilbert & Sullivan, y, ya que está, Sherlock Holmes, van Helsing, y hasta don Diego de la Vega («Zorro alla corte dInghilterra», con Barbara Carrol).
Específicamente centradas en Victoria, se destacan las hollywoodenses «Victoria the Great», 1937, con la bonita Anna Neagle, que acá se estrenó como «Victoria, mujer y reina» (primera de una serie de películas que la actriz dedicó a ese personaje histórico), y «The Prime Minister» («Disraeli», 1941), sobre Benjamin Disraeli, con Fay Compton y John Gielgud, película hecha durante la II Guerra Mundial para elogiar indirectamente al ministro inglés de ese momento, el venerable Winston Churchill, autor de una de las frases más sinceras que un político haya dicho a su pueblo: «sólo puedo prometerles sangre, sudor y lágrimas». Más acá, las series televisivas «Happy and Glorious» (Renée Asherton, 1952), «Victoria Regina» (Helen Hayes, 1951, Claire Bloom, 1957, Julie Harris, 1961, Patricia Routledge, 1964), «Edward the Seventh», sobre la difícil relación entre la reina y su hijo, futuro rey Eduardo VII, a quien se atribuye la moral eduardiana (Annette Crosbie, 1975) y las más agradables «Victoria and Albert» (Rhonda Lewis, 1997, Victoria Hamilton, 2001), sobre el mismo tema de la actual «The Young Victoria», con Emily Blunt. La mejor de los últimos tiempos es «Su Majestad, Mrs. Brown» (Judi Dench, 1997), donde la reina viuda encuentra consuelo en la amistad con un tal John Brown, escocés, empleado de caballerizas de uno de sus castillos de descanso, asunto que despertó cierta suspicacia. No todo iba a ser puro respeto y genuflexión. Sacha Guitry, exquisito, la trató con elegante malicia en «Las perlas de la corona» (Yvette Pienne, 1937), los Monty Python con maldad (Terry Jones, 1969, Michael Palin, 1974), y los chinos con odio, como mujercita engrupida y caprichosa en «La guerra del opio» (Debra Beaumont, 1997).
P.S.


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