Puede haber pasado algo inadvertida, pero ayer la noticia financiera más importante no tuvo que ver con las acciones ni con las tasas, ni con los commodities más clásicos. La FAO anunció que su índice de precios de los alimentos alcanzó en diciembre 214,7 puntos (+4% en el mes), rompiendo el récord de junio de 2008. La voz oficial es que el mundo aún no enfrenta una crisis alimentaria, aunque estamos en un estado de alarma, que bien podría empeorar si tenemos el más mínimo problema con la próxima cosecha de cereales y, en particular, con el arroz, que es el alimento básico para más de la mitad de la humanidad (sus precios están bastante por debajo de los récords de 2007-2008). Más allá del efecto humanitario, es claro que este inconveniente -del que venimos hablando desde hace meses- habrá de repercutir directamente sobre las empresas vinculadas a los alimentos (pero una cosa será para McDonalds y otra para Nestlé) e indirectamente sobre la suba general de precios y tasas. Claro que en un mercado que opera a cortísimo plazo (¿nanosegundos?) es razonable que los inversores no le prestaran demasiada atención a este hecho.
Algunos señalaron entonces al sorpresivo aumento del empleo privado que presentó el informe ADP de diciembre, como la principal causa tras el 0,27% que ganó el Dow (cerró en 11.722,89 puntos). Sin minimizar la buena noticia, el problema es que los números fueron lo suficientemente exagerados como para sospechar de un error. Esto no significa que no hubiera novedades capaces de justificar una suba; por ejemplo, la venta de la unidad Taiwán de AIG acompañó una suba generalizada del sector financiero, influido también por el 1% que ganó el dólar frente a las principales monedas y el 0,5% de los commodities. Pero más allá de la suba de los precios, el volumen continuó mostrándose acotado (1.041 millones de acciones en el NYSE).
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