20 de septiembre 2012 - 00:00

Una película de amor con fondo político

Natalia Oreiro y el niño Teo Gutiérrez, parte del excelente elenco de «Infancia clandestina», emotiva evocación de la vida de un hijo de montoneros sin elogio absoluto ni reproche amargo.
Natalia Oreiro y el niño Teo Gutiérrez, parte del excelente elenco de «Infancia clandestina», emotiva evocación de la vida de un hijo de montoneros sin elogio absoluto ni reproche amargo.
«Infancia clandestina» (Arg.-Esp.-Br., 2012, habl. en esp.). Dir.: B. Avila. Guión: B.Avila, M. Muller. Int.: T. Gutiérrez, N. Oreiro, E. Alterio, C. Troncoso, C. Banegas, B. Pakulas.  

Benjamín Avila evoca en éste, su primer film, varios hechos que él mismo, y otros de su generación, vivieron en los 70 como hijos de montoneros. Un detalle: él entonces tenía 7 años. Su personaje tiene 11, para dejar en claro que el niño sabía en qué andaban sus padres, y se sentía parte de lo mismo, pero por otro lado también empezaba a tomar sus propias decisiones, y a vivir sus propios amores. Porque ésta es una película de amor.

Así, entonces, «Infancia clandestina» puede verse desde afuera como el recuerdo traumático de un error histórico que llevó a la muerte a miles de ilusos y de inocentes. Puede verse desde adentro como el recuerdo melancólico y estremecedor de un momento de entusiasmo, cuando los padres transmitían seguridad en el inmediato porvenir, firmeza en el sacrificio, y esperaban alegres el combate. Puede verse desde el ahora, cuando ya sabemos lo que había detrás y lo que pasó después. Y puede verse con el corazón, como el recuerdo admirado y dolido del autor hacia sus padres, y hacia su propia infancia y la de muchos otros chicos como él, acá y en otras partes.

Ni elogio absoluto ni reproche amargo. Avila nos expone la cuestión de las armas, las equivocaciones, el crecimiento acelerado, el miedo, pero también el sentimiento de unión, las alegrías, el calor de hogar. Su película, enteramente bien hecha, tiene un nervio admirable, una franqueza enorme, un cariño viril de hombre que ya superó la edad de sus mayores pero sigue evocando naturalmente el amor con que lo cuidaron y le hicieron un lugar en el ruedo. Su obra tiene momentos de éxtasis familiar, de lirismo íntimo, que la vuelven universal. Sí, también es una película política, pero no en el sentido reduccionista que algunos quisieran. Lo es, en el sentido de la superación por el amor.

Además, corresponde decir, las actuaciones son excelentes, el ocasional empleo de dibujos para reemplazar o apurar ciertas situaciones es todo un acierto de gran fuerza dramática, y es simplemente inolvidable el momento en que la madre, muy bien interpretada por Natalia Oreiro, canta con sencilla dulzura el valsecito discepoliano «Sueño de juventud». Así también como dice la letra del vals, el autor parece haber dicho, pensando en su madre perdida a los siete años, «Yo acunaré en un canto tu inmensa ternura, buscando en mi cielo tu imagen de ayer». Cuando, junto a los créditos finales de la película, aparecen las pocas fotos de infancia que él pudo conservar, bueno, es difícil ver ese final sin que se nublen los ojos.

Los chicos Teo Gutiérrez Romero y Violeta Palukas (la noviecita de la escuela con la que el pibe quisiera encarar una vida «normal»), la mencionada Natalia Oreiro, César Troncoso, Ernesto Alterio, en destacado rol de tío simpático, y Cristina Banegas, con un personaje y dos escenas tremendamente intensas, componen el reparto. Coguionista, Martín Muller. Coproductor, Luis Puenzo. Fotografía, Iván Gierasinchuk. Dirección de arte, Yamila Fontán. Dibujos, Andy Riva. Tema de cierre a cargo de Divididos.

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