La visión tradicional en occidente sobre oriente/China, como una serie de reinos despóticos, política, económica y culturalmente atrasados, se asienta sobre las ideas eurocéntricas que aparecen con el Iluminismo a partir de 1750, eclosionando con Hegel en “Lecturas sobre la filosofía de la historia” de 1835 (quien abreva de Montesquieu, “El Espíritu de las Leyes”, 1748) y su concepción de la “historia mundial” como un todo. El argumento es que, dado que todos los grandes desarrollos de la humanidad se concentran a partir de mediados del siglo XVIII en Europa, la evolución (lineal) del “progreso” justifica el deber/misión histórica de occidente de “civilizar” al resto del planeta, dada su superioridad moral y cultural (Mirabeau -1757- y Ferguson, -Ensayo sobre la Historia de la sociedad civil, 1767- son los padres de este concepto de “civilización” como algo con vida propia). A partir de 1847 Marx comienza, partiendo de la concepción hegeliana, a esbozar su idea de un Modelo Asiático de Producción (MAP), que redondea en el capítulo “Formaciones económicas precapitalista” de su Grundrisse (1858), caracterizándolo como un modelo de sociedad estático, con ausencia de la propiedad privada de la tierra, comunidades autónomas y un estado centralizador despótico, a cargo de todas las obras públicas, en particular la irrigación, donde la estructura social permanecía inalterable y el único cambio se daba entre las dinastías y la aparición y desaparición de distintos estados. A partir de ahí, salvo una referencia tangencial en la primera edición de “Das Kapital” (1867), que excluye en las subsiguientes, el padre del comunismo nunca más vuelve a referirse sobre el tema. El problema es que el MAP desafiaba su teoría de la evolución de un materialismo histórico universal, que parte de un comunismo primitivo, a una sociedad esclavista, el feudalismo, el capitalismo, el socialismo y finalmente un comunismo global sin estado. Seguimos el lunes. El miércoles nos planteábamos si la suba de las acciones (7.37%) había sido excesiva. El 2.69% sumado ayer, cuando el S&P Merval cerró en 87451.27 puntos, con un volumen de $2.527 millones en acciones, repartido entre 45 alzas, 4 sociedades sin cambio y 9 en baja, sumado al 3.65% que ganaron en promedio los principales ADR argentinos (fueron 20 subas y una sola baja), con impresionantes u$s1.777 millones tranzados, el sin cambios del “blue” en $200.5 y la tasa de riesgo país cayendo a 1818 puntos, sugieren que… no. ¿No?
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Una suba casi en serio



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