Guillermo Fernández encarna a Aníbal Di Salvo en «Me robaron el papel picado», film en el que el veterano cineasta intentó su «Amarcord», con factura pobre, pero pleno de afecto y agradecimiento.
«Me robaron el papel picado» (Arg., 2009, habl. en esp.); Guión y dir.: A. Di Salvo; Int.: G. Fernández, M. Ardú, M. Habub, J.E. Bonnaterre, N. Rodríguez Ciotti, C. Galettini, I. Puig, E. Moccia, C. Founrouge.
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Aquejado físicamente, ya octogenario, el veterano Aníbal Di Salvo concretó su nueva película. En su haber pesan, y se lucen, 70 años largos de trabajo, la mayoría como camarógrafo (fue el introductor, y el rey, de la cámara en mano) y director de fotografía. «El hijo de la calle», «La delatora», «Orden de matar», «El dependiente», «Los siete locos», «La maffia», «El dueño del sol», son solo algunos de sus trabajos, y hasta hay que contabilizarle los efectos especiales de «La aventura de los paraguas asesinos», y muchísimos otros aportes que no cobró.
Como director de cine apunta ocho títulos, dos de ellos muy especiales: «El caso Matías», respetuoso y meticuloso seguimiento de un interno del Borda, y éste que ahora estrena, afectuoso y algo disperso recuento de sueños perdidos. Los suyos, y los de la empresa donde aprendió el oficio. Humilde como siempre, poco y nada menciona sus éxitos. En cambio, hace un cálido homenaje a Lucas Demare (con un canto de María José), los estudios San Miguel, su natal Bella Vista, y sus primeros asombros, contados a través de un personaje de ficción, Alberto. Es ese personaje quien aparece en escena, como un viejo director que busca locaciones para una película autobiográfica, lo cual le permite reconstruir algunos episodios de sus tempranos años, y algunas etapas de aquellos que en un tiempo fueron los estudios más grandes de Sudamérica. Dato gracioso, que agrega un plus justificado: como alguna vez supo ser cantor de tangos, lo representa Guillermo Fernández, que en un par de escenas, esquivando el orden cronológico, canta «Papel picado» («de ese corso a contramano de un pasado triturado, nada queda hoy»). El cantante, además, imita muy bien a Di Salvo. La misma voz suave, calma. La misma sonrisa, el gesto de expectativa amable, el gesto de la mano. Sólo que el original es un poquito más alto.
Del reparto se destaca Mimí Ardú, ama de casa y madre, en ese orden. Es simplemente muy linda, bien en el estilo del poeta Torre Ríos, la escena en que la madre deduce que su hijo adolescente ha debutado. Y es muy significativa, en varios sentidos, la escena donde se recrea la llegada del Graf Zeppelin.
Por un lado, figurantes que interrumpen todo para mirar hacia arriba, pibes corriendo a Campo de Mayo, donde la máquina va a detenerse brevemente, y animales de corral, nerviosos. Por el otro, imágenes del zeppelin registradas en un viejo noticiero. Artificio básico, es cierto. Cuando todo el pueblo de «Amarcord» va mar adentro, a ver cómo pasa el inmenso transatlántico, éste es representado por una maqueta evidente. Y no hay problema. Hay ilusión. Pues bien, Aníbal Di Salvo hizo su propio «Amarcord». Con lo que pudo, pero lo hizo. Es un regalo que nos deja. La factura es pobre, pero rica en afectos y agradecimientos.
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