8 de junio 2015 - 00:00

Valioso libro da testimonio de la rica obra de Sturgeon

La obra de Richard Sturgeon, que se autodefine como el último romántico, entra y sale de la figuración a la abstracción según su talante.
La obra de Richard Sturgeon, que se autodefine como el último romántico, entra y sale de la figuración a la abstracción según su talante.
 La Fundación Vittal, institución privada sin fines de lucro, está dedicada a la creación de actividades de alto nivel académico y a brindar propuestas artísticas y culturales a la comunidad. Desde 2005 desarrolla una producción editorial con el fin de difundir la obra de artistas plásticos argentinos, entre ellos Ernesto Pesce, Ricardo Roux, Mariana Schapiro, Oscar Smoje, Jorge González Perrin y Jorge Pietra.

A estos nombres se suma ahora el de Richard Sturgeon. Nacido en 1952, Sturgeon vive y trabaja en Buenos Aires. Se formó en los talleres de Aníbal Carreño, Carlos Gorriarena, y en la Academia Norteamericana de Arte en París. Un vasto curriculum, exposiciones individuales y colectivas, entre las distinciones que recibió su obra se cuentan las Menciones 1988 y 1999 en el Premio Bienal Fortabat de Pintura, Primer Premio Salón Nacional (2012) y Gran premio de Honor del Salón Nacional (2014).

En un diálogo con este diario en 2005, Sturgeon se autocalificó como uno de los últimos románticos, por aquello del trazo y del gesto.

Su obra se caracteriza por la libertad con la que aborda una disciplina que, en su caso, no admite reglas ni estereotipos. Entra y sale de la figuración a la abstracción según su talante, se pasea por grandes telas con espesores, grafismos, figuras de la cultura de América, suelen encontrarse reminiscencias orientales, grandes pinceladas cubren la superficie la que trabaja intensamente antes de aplicar el óleo.

El libro comienza con sus series de dibujos y pinturas sobre papel de los 80. Dibujo osado, transgresor, con figuras irreverentes, eróticas, influenciado quizás por la transvanguardia italiana y el neoexpresionismo alemán, también se encuentran citas a Picasso y a Matisse. Hacia los 90 se concentra en la materia, en el color y en la forma sin referencia alguna, imágenes desconectadas que niegan toda posibilidad de significado. Sturgeon va y viene, entra y sale. En los 2000 se asistió, en sus muestras, a una combinación de elementos reconocibles: escalera, hombre, casa, un espacio donde aparecen gestos con la materia como si intentara cubrirlos. Después vino la intensificación del color, más adelante aclaró la paleta y hubo un estallido de verdes y rosados. ¿Paisajes, flores, cuencos? No importa. Lo que sí tiene peso es su fidelidad a sí mismo, el no ceder ante las modas pictóricas o tecnológicas, a la producción artística masiva, a seguir "pintando".

¿Es esto una antigüedad en momentos en los que el espectador parece no tener tiempo para contemplar una imagen fija? Espectador, contemplar, palabras que han sido reemplazadas por usuario o interconectividad. La obra de Sturgeon, como dice Deleuze, escapa al cliché, es la lucha contra toda referencia narrativa, aunque haya algunos datos en la tela. Otra vez Deleuze: "el acto de la pintura, el hecho pictórico, ocurre cuando la forma es puesta en relación con una fuerza". Creemos que es este concepto el que prevalece cuando miramos la obra de este artista y si podemos capturar esa fuerza, puede servirnos de consuelo.

El libro, de 160 páginas, tiene excelentes reproducciones de sus obras, textos de María Paula Zacharías, "Romanticismos de un acróbata", y de Natalia March, "La pintura como juego rizomático", quienes analizan la obra. Se transcribe también una crítica de Raúl Santana acerca de una muestra en 2005.

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