El espectáculo de Madonna tuvo la precisión de la vieja relojería
suiza, pero la tecnología más avanzada del siglo XXI.
Al terminar de ver el show de Madonna, alguien dijo que lo suyo es al pop y a la música lo que el Cirque du Soleil es al circo. Y es cierto. Es tanto lo que hay, además de música; es tan imponente lo que sucede desde el aspecto visual, tan contundente desde la industria del entretenimiento, que la música queda muchas veces en un segundo plano.
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Así lo entendió la multitud que cada noche llenó la cancha de River y pagó precios increíblemente altos para estar cerca de la diva. La mayoría no conoce las canciones, y no sólo las del último disco, «Hard Candy», que vino a presentar; se debería agregar que el repertorio nunca fue el punto más saliente de su trabajo. Pero eso es lo de menos, porque la mirada enloquece con cada tema, el despliegue de pantallas -que entran, salen, se fraccionan, se hacen transparentes- rompe con lo conocido, porque permanentemente se suma gente al escenario, y la artista, de 50 años, baila como una adolescente y la sensualidad se mezcla con el parque de diversiones para niños.
Con la precisión de la vieja relojería suiza pero la tecnología más avanzada del siglo XXI, Madonna repitió en Buenos Aires lo que viene haciendo a lo largo de su exitoso «Sticky and Sweet Tour». Un espectáculo dividido en cuatro partes -con respectivos cambios de ropa y de climas- separados por videos y cuadros bailados. A lo largo de dos horas, con su trabajado cuerpo de deportista -más boxístico que sexy- pasa de ser una animadora para chicos -una suerte del «Willy Wonka» de la película de Tim Burton- a la comehombres que se contorsiona sobre un caño.
Renuncia a su pasado, o se ríe de él, en la coreografía montada para «She's not me». Canta sobre un piano de cola ubicado en la punta de la pasarela, cerca del centro de la cancha pero con clima de cabaret. Comparte las tablas con un divertido conjunto musical del este europeo -que además sorprende con el tema «Doli Doli»-. Se transforma en una boxeadora que baila más de lo que pelea. Y salta, corre, sube, baja, se cuelga la guitarra acústica y canta.
A veces hace dudar de que esté cantando en vivo, porque parece imposible que pueda sin exhibir agotamientosni jadeos mientras se mueveenloquecidamente. Pero, como para taparles la boca a los escépticos, a veces también se queda sola -o prácticamente- con su guitarra y canta con solvencia -por caso, su interpretación casi acústica de «You Must Love Me», fue a lo más emotivo de su espectáculo-. Y quizá podría resumirse diciendo que lo que más llama la atención es que siempre están pasando cosas nuevas, inesperadas.
El espectáculo tiene algo de recital clásico -lo menos-, mucho de la más moderna industria del music hall -para envidia y sorpresa de cualquier productor-, y una actitud provocativasobre todo en lo sexual-que a esta altura es ya una parodia. Todo está calculado y a lo mejor en ese exceso de maquinaria y futurismo esté lo menos interesante. Aunque como un regalo especial para los argentinos, Madonna se permitió un rincón humano e hizo un par de temas fuera de la lista internacional: una versión -desprolija- de «Don't Cry for me Argentina» -con enorme bandera argentina de fondo-, y un tema «a capella» a pedido de alguien del público elegido entre la multitud.
«Sticky and Sweet Tour». Presentación del disco «Hard Candy». Actuación de Madonna. (Estadio River, 4, 5 y 7 de diciembre; repite hoy).
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