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Vástago del bebé de Rosemary reencarna en Mar del Plata
Carlos Balmaceda: «No sentí la influencia de Dan Brown porque en mi novela no se busca ningún enigma religioso, sino que el fenómeno religioso aparece paralelo a lo que va ocurriendo».
Periodista: ¿De qué trata «La verdad sobre el Hijo del Diablo»?
Carlos Balmaceda: Parte de la llegada a un hospital de Mar del Plata de una chica de 15 años que se desmayó en la vía pública, que perdió la memoria y tiene una crisis de conciencia muy profunda. No se sabe quién es, porque no lleva documentos, y tiene en el cuello una cruz muy antigua, conocida como la «Cruz contra el Mal» y susurra una oración en hebreo que, según la tradición bíblica, es la que rezaba la Virgen María. Un médico atento a esto llama a un amigo, que es director del Instituto de Teología de Mar del Plata, para ver si lo puede ayudar a entender los signos extraños que tiene la chica. Ahí se desata una búsqueda de la verdad, que se va convirtiéndose en el descubrimiento de un crimen y, conjuntamente, de una serie de historias entrelazadas en las que se mezclan la lucha del Bien contra el Mal, la mentira y la verdad, la traición y la lealtad, la violencia y la serenidad, la intolerancia y la aceptación, la serenidad y la crispación.
P.: ¿A qué género pertenece su libro? ¿Es un thriller, un policial a la Chesterton, un novela de terror pariente de «El bebé de Rosemary» de Ira Levin?
C.B.: Busqué construir la historia como cajas chinas, una historia hace aparecer otra, y esa hace surgir otra. Y todas están enlazadas de manera sutil, extraña y trágica, y eso es lo que va descubriendo el protagonista, el sacerdote Bernardo. Hay cruces de géneros que, a medida que se va avanzando, nos muestran las diversas caras que puede tener una persona. Me interesaba bucear en las contradicciones de la naturaleza humana en relación a qué es lo bueno y que es lo malo. Apelo a las palabras de san Mateo, que pueden ser vistas hoy como una máxima kantiana, cuando señala que si se trata al otro como sagrado no hay nada que pueda ser reprochado. Y así, de algún modo, el libro es una suerte de thriller religioso.
P.: ¿Sintió la influencia de Dan Brown?
C.B.: No, porque en mi novela no se busca ningún enigma religioso, sino que el fenómeno religioso aparece paralelo a lo que va ocurriendo. Lo religioso es un instrumento para poder comprender lo que sucede en la realidad. El título «La verdad sobre el Hijo del Diablo» alude a la idea de San Agustín de que si uno actúa de acuerdo con el Bien se va a convertir en hijo de Dios, que ese es el mensaje de Cristo, y si se actúa en el campo del Mal se a convertir en hijo del Diablo. La novela tiene momentos de folletín romántico, otros de ensayo ético-político, y hasta momentos de divulgación o debate científico. Los personajes se mueven en una nebulosa donde es difícil saber qué está bien y que está mal si no hay idea de fondo, y es ahí donde sirven a la comprensión las reflexiones de San Agustín.
P.: ¿Usted ya manejaba elementos de teología, de demonología, de escatología?
C.B.: Mis estudios en la Universidad hacen que me dé mucho placer trabajar con material histórico. Leí tratados serios sobre el diablo, sobre como fue pasando a lo largo de la tiempo de ser un ser simbólico a casi ser de carne y hueso, sobre cuál fue su rol a lo largo de la historia. Es interesante saber que el diablo no es tan antiguo como parece, que en realidad es una construcción de la Edad Media. Consulté mucho material, y eso me permitió hacer avanzar una trama que tiene de religiosa pero también, por ejemplo, de científica en las reflexiones sobre la percepción del tiempo o cuando se debate sobre cuál es el mecanismo de la reconstrucción de la memoria. Esto último importa sobre todo en países como el nuestro, donde se habla tanto de la memoria, de la verdad, de la justicia, ahí hago unas relaciones polémicas en torno eso.
P.: ¿Sobre el final de su novela, manda al demonio al Vaticano?
C.B.: Venía de escribir varias novelas muy duras, con mucho de novela negra. Las cosas que pasaban terminaban de manera tensa, oscura, sangrienta. En un tema como este, tan complicado, con tantas aristas, quise encontrar un final feliz para alguno de los personajes, porque la mayoría tienen un destino trágico. Así el protagonista, el sacerdote Bernardo tiene un derrotero contradictorio y controversial; hay quienes me han cuestionado que se enamore de una chica de 15 años que, además, está embarazada y amnésica. Como el diablo no va a morir, me pareció interesante dejar en el final de la novela esa reflexión de que el diablo no duerme ni descansa y que sabemos que podría estar mirándonos a la cara, porque cuando Dios nos abandona nos quedamos frente al diablo, si lo lucha es sólo la maniquea entre el Bien y el Mal. Y qué pasa si un día, frente al espejo, descubrimos que la cara del diablo es la nuestra. Hay en esto un juego de analogías entre reflexiones de San Agustín y Santo Tomás y un fuerte anclaje en la realidad, que es algo que me interesaba mucho porque vivimos tiempos de mucha crispación y de demonización de quien piensa distinto. La novela no es gratis, en ese sentido. Me interesó hacer una reflexión ética sobre qué nos pasa que no aceptamos las diferencias sino que las estamos profundizando, se tiende a negar el lugar del otro, rechazándolo y en casos prometiéndole un escarmiento que pareciera enviarlo a la hoguera.
P.: En ese sentido, relaciona en un momento de su novela el nazismo y los escraches.
C.B.: Cuando hace 5 años señalé eso en una nota, que apareció en un diario. Decía, como en la novela, que cualquier modo de escrache es fascista, que esas son prácticas que siempre fueron usadas por movimientos autoritarios. Recibí un aluvión de críticas. Años después se comenzó a cuestionar los escraches con muchos de los argumentos que yo había esgrimido. En la novela hago un relación con la película «La lengua de las mariposas» en la que hay un escrache típico, como pasaba en la época del franquismo con los republicanos, o con los judíos bajo el nazismo, y que les costaba la vida. En la novela hay una serie de episodios de escrache, y utilizando el cruce de géneros reflexiono sobre el significado profundo de ese acto.
P.: ¿No le cuestionaron que sus sacerdotes, su obispo, manifiesten intensos deseos sexuales?
C.B.: Sin duda, pero yo busqué que los personajes enfrentaran las contradicciones más profundas de su naturaleza, y la naturaleza sexual está inscrita en el ser humano. No es natural la abstinencia ni la castidad. Es así como el cura Bernardo termina enamorándose de Miriam. Hay que aceptarnos como somos para poder clarificar nuestras conductas. A lo largo del libro se va entendiendo que no somos ángeles y que cada uno puede ser Dios y el diablo al mismo tiempo. Pero no es que salga a predicar sobre el Bien y el Mal con esta novela, sino que mis personajes avanzan sobre interrogantes éticos, metafísicos, emocionales, sentimentales pero también sobre el crecimiento de la crispación social, la intolerancia, la xenofobia, de despreciar en el otro sus atributos humanos, eso es muy peligroso porque se hace carne en la sociedades y termina admitiendo juegos de ángeles y demonios que a través de la historia sabemos bien como han terminado.
P.: ¿Está escribiendo algo ahora?
C.B.: A partir de «La plegaria del vidente», mi primera novela, que recrea desde la ficción una serie de casos de secuestro, desaparición y muerte de mujeres en Mar del Plata hice un guión, y se filmó una película que ya está en posproducción, con Gustavo Garzón, Rodolfo Ranni, Vando Villamil, Valentina Bassi, Juan Minujín, Victoria Carreras, entre otros. La dirige Gonzalo Calzada, que hizo «Luisa», protagonizada por Leonor Manso, con la que ganó el premio Naguib Mahfouz a la mejor ópera prima en el Festival del Cairo. También estoy trabajando con un documental, que pienso dirigir, sobre Uby Sacco, que hace 25 años fue campeón mundial de box, es una suerte de homenaje a él que murió muy joven y tuvo una vida bastante trágica. Y estoy haciendo anotaciones para una novela donde ya voy a salir del lado más sombrío de mi producción, contado de la historia de un abuelo y un nieto que se reencuentran a través de la música, una historia íntima y emotiva. Los siento como salir de trabajar a partir de un reflejo de la violencia social, de la intolerancia, de la búsqueda del conflicto, y poder mostrar otros aspectos de la naturaleza humana porque no siempre el hombre es el lobo del hombre.
Entrevista de Máximo Soto


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