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Veronese quita solemnidad a melodrama bergmaniano
Cristina Banegas compone con delicado cinismo a una mujer acostumbrada a ser el centro del universo y María Onetto brilla como su traumatizada hija en la dinámica puesta de Veronese de “Sonata de Otoño”.
"Sonata de Otoño" tiene el maniqueísmo propio de un melodrama, con una madre fría, egoísta y culpable de las peores faltas y una hija victimizada hasta la exasperación, que juzga y condena sin poder despegarse de su acusada.
En la versión original que Ingmar Bergman llevó a la pantalla grande en 1978 (con Ingrid Bergman y Liv Ullman en los roles protagónicos) el vínculo madre-hija estaba marcado por la crueldad y la mutua destrucción. Este enfoque negativo y determinista de las relaciones humanas, sean de familia o de pareja, es una característica de Bergman que lo emparenta con otro gran artista sueco: el dramaturgo August Strindberg.
La puesta de Daniel Veronese es mucho menos severa y solemne. El director relativizó, a través del accionar de sus intérpretes, todo lo que se dice o se denuncia en escena sin limitarse a lo anecdótico. Ya no se trata de un drama asfixiante y sin salida; ahora han entrado en juego ciertos rasgos de comedia que dinamizan y hacen más llevadero este duro enfrentamiento generacional.
Charlotte (Cristina Banegas) es una gran pianista con aires de diva y un ego a prueba de balas que siempre esquivó sus deberes familiares; hasta que un día -debilitada por su reciente viudez- cae en la trampa de su hija Eva (María Onetto) quien la invita a su casa con la excusa de mimarla y contenerla. Pero Eva le reserva varias sorpresas a su madre: una lista infinita de reproches y la presencia de Helena, la hija menor (espástica) a la que Charlotte internó de niña en una institución para enfermos incurables.
Si se tomara al pie de la letra todas las acusaciones de Eva, no resultaría creíble su deseo de invitar a "mamita". Pero la dama en cuestión -encarnada con delicado cinismo por Banegas- es una gran seductora, a la que Eva, muy a su pesar, sigue amando. Charlotte está acostumbrada a ser el centro del universo, lo que la lleva a cometer toda clase de desplantes, exabruptos y simulaciones que inevitablemente mueven a risa.
Eva ya no puede capitalizar este duro careo con su madre, porque se considera dañada de por vida. Sus reclamos son imposibles de satisfacer, pero Onetto lleva a su personaje más más allá de la queja. Su Eva tiene muchas facetas: es madura e infantil (depende con quién); puede ser fría como su madre o convertirse en un volcán; conmueve con su dolor y divierte con sus réplicas lapidarias y sobre el final roza el delirio místico.
La breve aparición de la hermana enferma (Natacha Córdoba) y la cordial presencia del marido de Eva (Luis Ziembrowski) revelan otros rasgos de la dupla protagónica.
La escenografía, de tonos neutros y líneas austeras, transmite armonía y espiritualidad. Ese equilibrio sólo será vulnerado por la provocativa visitante, capaz de vestirse para la cena con un soirée de seda roja y pedrería más digno de una función de gala.


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