24 de enero 2012 - 00:00

Vicente Grondona, entre la pasión y las ideas

A la izquierda, la pintura «Paysage blue», un viaje de Grondona al pasado impresionista. A la derecha una escultura en la que el artista se las ingenia para superar la mera percepción visual, para remitir al espectador al mundo de las ideas.
A la izquierda, la pintura «Paysage blue», un viaje de Grondona al pasado impresionista. A la derecha una escultura en la que el artista se las ingenia para superar la mera percepción visual, para remitir al espectador al mundo de las ideas.
El artista Vicente Grondona, radicado en París desde hace casi cinco años, volvió a Buenos Aires en estos días para presentar «Paisaje nervioso», una muestra de pinturas y esculturas, en la galería Alberto Sendrós. Ya en los inicios de su carrera, en los principios de este nuevo siglo, Grondona encontró un estilo personal y muy vital, que lo distinguía de otras figuras talentosas surgidas en esos años. Sus pinturas realizadas con cloro, tintas y pigmentos, ostentan todavía cualidades sumamente novedosas, en un campo donde la novedad ya no existe. Umberto Eco sostiene que la materia es «no solamente el cuerpo de la obra, sino también su fin», y las obras de Grondona encajan como un guante en esta definición.

Los halos luminosos generados por el cloro y las anilinas configuran una imagen poderosamente mágica. Las ondas expansivas del color provocan un psicodélico mareo, y ni hace falta aclararlo, la condición es que el espectador debe dejarse llevar e ingresar dentro del cuadro.

En las pinturas actuales, las mareas del color en estado líquido rompen con la condición estática de la pintura, particularidad que proviene del pasado y que se reitera. Pero el espíritu es otro. En las obras de hace casi una década, las visiones alucinadas de Grondona, sus escenas nocturnas en el bosque, estaban inspiradas en los relatos de sus parientes hippies. El flower power causó su efecto: puso en marcha la imaginación (aunque las imágenes no resultaron ilustrativas).

Por otra parte, no fue el único artista que en ese entonces, cuando en los circuitos internacionales predominaba el uso de los nuevos soportes tecnológicos, además del frío rigor conceptual (el arte de ideas), optó por afirmarse en la sólida plataforma de la labor manual. La crisis de 2001 argentina tornó inaccesibles, durante años, soportes como los digitales y, más aún, las fabulosas instalaciones que inundaban un mundo ajeno, ese donde Damien Hirst sumergía en formol un tiburón de casi cinco metros de largo, para luego venderlo en 9 millones de euros.

No obstante, la economía de nuestro país comenzó a crecer y, en el año 2006, la carrera de Grondona pegó un salto. Su taller quedaba en el barrio más canalla de La Boca, pero ya había encontrado un lugar confortable en Belleza y Felicidad cuando la artista, curadora y gestora del espacio, Fernanda Laguna, presentó sus pinturas en el Malba. La muestra, «Todo tiene que ver con todo», fue -acaso- la mejor entre las exhibiciones del Espacio Contemporáneo. Al estupendo planteo de Laguna se sumó el talento de los artistas y la vitalidad de Grondona, que con su vuelta a la naturaleza fascinó a los espectadores nostálgicos, ávidos de emociones.

Hoy, las líneas agitadas y de algún modo exasperadas, nacidas de la naturaleza y su delirio, palpitan en la serie de paisajes «nerviosos» y recuerdan las de Van Gogh. Pero es esa misma línea que en el año 2005, con grafitos y bolígrafos de colores, supo trazar una crónica apasionada de los viajes a Nueva York y Paris. Grondona regresó como los pintores viajeros, con sus cuadernitos cargados de puentes, bares, paisajes, y los expuso en la Biblioteca de la editorial Larivière. Pronto volvería a París, y esta vez para quedarse. La galería Sendrós presenta la muestra con un afiche a modo de catálogo, que lleva un impreso poema de Cecilia Pavón (una de las fundadoras de Belleza y Felicidad) y la pintura «Paysage blue», un paisaje que, como dice el artista, «gira alrededor de una tuerca ya oxidada llamada Impresionismo». Grondona evoca sin prejuicios y con la fuerza de un intuitivo un movimiento tan exitoso que se agotó en sí mismo. Fueron tantos los seguidores de esa escuela, que ningún artista que se considere contemporáneo osaría buscar elementos del Impresionismo en esa caja de herramientas que es la historia del arte, al menos, no lo haría con la soltura con que hoy se explora el Barroco o el surrealismo. De este viaje al pasado impresionista procede el bosque azul, una pintura que no sólo respeta las medidas discretas del movimiento sino, también, las características propias de las pinturas de Grondona. Hay un espacio luminoso entre dos árboles, allí, unas manchas de colores suaves fluyen sobre la tela rústica sugiriendo las formas difusas de un bosque, algo puesto en la lejanía que se perciben como una aparición. Además, hay un contraste dramático entre el impulso rápido y la energía que derrocha el artista para pintar el negro follaje de los árboles, y la visión onírica que se abre en el centro de la obra como un espejismo. Y el contraste se reitera: el artista plasma el bosque tal como se ve, pero también ese bosque que no vemos, el paisaje íntimo de su realidad interior. Ruinas

Pero aquí no se acaba la muestra porteña. La estadía en París tuvo una influencia decisiva en la obra del artista que en el año 2008 volvió a Buenos Aires y presentó en la feria arteBA su «Biblioteca del hombre», una instalación de esculturas realizadas en carbón de quebracho y colocadas sobre estantes quemados. Frente a la intensidad de esa biblioteca incinerada (símbolo del fin del conocimiento) se advierte una vez más que el material determina -como señalaba Eco- el contenido de la obra. «¿Ignoráis por qué razón las ruinas agradan tanto?», se interrogaba Diderot. «Yo os lo diré; todo se disuelve, todo perece, todo pasa, sólo el tiempo sigue adelante. El mundo es viejo y yo me paseo entre dos eternidades. ¿Qué es mi existencia en comparación con estas piedras desmoronadas?», concluye el maestro de la Ilustración, autor de «LEncyclopédie».

Nada cuesta imaginar al artista joven deambulando por los restos de un pasado esplendoroso, enfrentando, a la vez, las tensiones del presente: el vertiginoso avance de la técnica y la degradación de la naturaleza. Con sus propias manos y la ironía como único consuelo existencial, modela las ruinas de la ilustración y las describe con pasión, pero también con dolor, aplacado y tal vez tapado por grandes dosis de humor: «Son esculturas animistas, naturalezas muertas, bodegones y cacharreríos, un cuerpo de obra ígneo-parlante, fragmentos, accesos y accidentes. El poder de la visión que da la soledad en el paisaje, omnipresencias mamíferas, espinillos y lejanísimas visibilidades en tono/género ¡vodevil del monte!, los pájaros y pajarracos de Pier Paolo Pasolini, el Vegetable men de Syd Barret, y la belleza y felicidad de mi mugre de carbón corriendo a diario por el lavabo».

En suma, se trata de una muestra compacta pero antológica que permite descubrir, además de la producción de un artista de primer nivel, el costado ético de Grondona. Consultado sobre el sentido de sus obras, responde con el mismo ardor con que pinta, como un genuino revolucionario: «Es una exposición lírica que nada tiene que ver con sistemas de pensamientos justificantes y menos con miradas exteriores o demandas por intereses creados».

Entre las esculturas hay una cabeza blanca tallada en madera, una clara referencias al clasicismo que parece resumir los saberes, la grandeza y la potencia contenida de lo que se entiende por humanidad. Así, con sus idas y vueltas por la historia, Grondona se las ingenia para superar la mera percepción visual, para remitir al espectador al mundo de las ideas que subyacen en cada obra y convertir su trabajo en motivo de reflexión.

La muestra puede visitarse de lunes a viernes, de 14 a 20, hasta el 24 de febrero (con una interrupción desde el 1 al 16 de febrero, cuando la galería permanecerá cerrada por vacaciones).

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