31 de mayo 2012 - 00:00

Vigoroso “Edipo” por la Fura y con bellas voces

«Edipo», con la fuerza visual de la escenografía de Alfons Flores, la iluminación de Peter van Praet y el vestuario de Lluc Castells.
«Edipo», con la fuerza visual de la escenografía de Alfons Flores, la iluminación de Peter van Praet y el vestuario de Lluc Castells.
«Edipo», tragedia lírica en cuatro actos. Música: G. Enescu. Libreto: E. Fleg. Coro de Niños, Coro Estable y Orquesta Estable del Teatro Colón. Puesta en escena: A. Ollé y V. Carrasco (La Fura dels Baus). Dirección musical: I. Levin. (Teatro Colón, 29 de mayo).

En su atípica temporada de ópera 2012, el Teatro Colón ha saldado una deuda consigo mismo y con el público al posibilitar el estreno argentino de una de las obras capitales del repertorio lírico del siglo XX: «Edipo» («Oedipe»), de George Enescu. Esta tragedia lírica que vio la luz en París en 1936 sigue golpeando aún hoy al espectador a través de la fuerza de su texto (obra del escritor francés Edmond Fleg que toma como base las tragedias «Edipo Rey» y «Edipo en Colono» de Sófocles) y la no menor fuerza de la partitura del compositor rumano. La originalidad de Enescu se funda en un lenguaje que por momentos apela a elementos propios de la música griega, por otros a la herencia de la tradición lírica francesa, sin renegar de influencias contemporáneas. La realización de una obra de tal complejidad es en sí misma un logro para el Colón, potenciado por el hecho de que salvo cuatro cantantes, el elenco es íntegramente nacional.

La producción escénica, en realidad coproducción con tres de las más importantes casas líricas europeas (La Monnaie de Bruselas, el Liceu de Barcelona y la Ópera de París), lleva el sello de La Fura dels Baus. Sus responsables principales, Álex Ollé y Valentina Carrasco, buscaron potenciar la universalidad del mito a través de una temporalidad variable, desde el friso griego del comienzo hasta las telas plásticas que recubren en el tercer acto la monumental estructura omnipresente. El riesgo de tal eclecticismo es evidentemente una ruptura en la continuidad dramática y estética, y allí es donde esta puesta parece tener su «talón de Aquiles»; por otro lado la alusión al psicoanálisis en el diálogo entre Edipo y Mérope resulta de una obviedad casi pueril. Pero es difícil no conmoverse ante la fuerza visual (escenografía de Alfons Flores, cuidadísima iluminación de Peter van Praet y vestuario de Lluc Castells) y dramática de otros momentos, como la escena clave de la Esfinge que emerge de un avión o el final, donde Edipo literalmente se purifica.

Un elenco muy parejo en rendimiento vocal, musical, teatral y fonético dio vida a los personajes respondiendo a la buena marcación escénica. Salvo por un volumen por momentos insuficiente para una sala como la del Colón, el Edipo de Andrew Schroeder fue perfecto, bien secundado por Esa Ruutunen (Tiresias) y Robert Bork (Creonte). Impresionó la Yocasta de Natasha Petrinsky, de bellísimo timbre y amplitud sonora sin desbordes, y la Esfinge de la muy joven mezzo argentina Guadalupe Barrientos fue sin dudas una revelación, no por su voz privilegiada que no es nueva para el público local, sino por la madurez y profesionalismo con los que la cantante abordó este difícil e importante papel. En otros papeles Fabián Veloz, Gustavo López Manzitti, Victoria Gaeta, Alejandro Meerapfel, Lucas Debevec, Alejandra Malvino, Enrique Folger y Gustavo Zahnstecher completaron el excelente cuadro de solistas.

El Coro Estable, que tiene aquí una importancia superlativa (como conviene a una «tragedia lírica» de temática griega) fue otro de los puntales de la representación: el trabajo de Peter Burian dio como frutos una sonoridad monumental y a la vez refinada, en tanto que el Coro de Niños dirigido por César Bustamante cumplió adecuadamente con su tarea. Ira Levin concertó ajustadamente y logró un remarcable trabajo de la Orquesta Estable, en especial de las maderas a las que Enescu dio un marcado protagonismo.

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