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Wajda: “El crimen de Katyn fue contra la Polonia culta”
Andrzej Wajda: «Occidente sabía que la matanza la hicieron los soviéticos, pero fingió creer la mentira de Stalin y sindicársela a los alemanes».
A. W.: Por supuesto. Por eso, éste se limita a mostrar el crimen y la mentira. El crimen: que fue mi padre quien cayó en esa matanza. La mentira: la que sufrió mi madre, una de las mujeres que más luchó para obtener la información que le retaceaban, y que no dejó de mantener contacto con la Cruz Roja en Londres y en Suiza. Durante varios años se le mintió, se le aseguró que mi padre no había muerto allí.
Elección
P.: Usted muestra la matanza.
A.W.: Sí. Reconozco que lo dudé mucho. No sabía si era correcto hacerlo a sólo aludir a ella. Sin embargo, creí que era imprescindible. Piensen ustedes que sobre la masacre de Katyn no hay documentación, no hay literatura, no existe ni una sola novela en la que yo hubiera podido basarme. Si hubiese existido, la decisión habría sido de otro. En este caso, tuve que tomarla yo.
P.: ¿Estuvo en contacto con otros familiares de las víctimas de Katyn?
A.W.: No. Creí que si lo hacía me iba a encontrar con numerosas historias, todas unidas por la tragedia, y no quise asumir compromisos morales con ellos. No quería que nadie que me hubiese abierto su corazón con recuerdos tan dolorosos, cuando se estrenara la película me reprochara no haber incluido su propia historia.
P.: ¿Los actores jóvenes tienen hoy alguna noción de los códigos de pensamiento y modales de aquella época?
A.W.: Tenía que elegir actores de entre 35 y 40 años, la edad de mis padres en aquel momento. A esa edad, los actores ya tienen una personalidad bien definida, actuaron en cine y Tv, etc. Lo más importante fue que los intérpretes comprendieran, sintieran en realidad, los códigos de ese mundo de preguerra. La cultura, los modos, la sensibilidad de aquella gente. Porque, y esto es importante destacarlo, la matanza de Katyn no sólo fue un crimen contra el ejército polaco sino también un crimen contra la cultura polaca. Más de la mitad de esas 22.000 víctimas eran maestros, académicos, doctores, profesores, historiadores, pintores. La mejor evidencia de lo que digo está en que si usted hoy se encuentra con gente de Cracovia, o de cualquier otra ciudad polaca distinguida por su cultura, no será que raro que tengan entre sus ascendientes algún asesinado en Katyn. Este fue un crimen contra la totalidad de la clase culta polaca, y el film demuestra que ese fue el deseo común de los rusos y los alemanes: los soviéticos, que masacraron a los oficiales, y los alemanes, que arrestaron a los profesores en la Universidad de Jagiellonian. Ese episodio también fue uno de los hechos más violentos en la historia de Polonia en el siglo XX: hasta ese momento, las universidades eran autónomas e intocables. El rector y los profesores ignoraban con qué fin los arrestaban los alemanes. Fue un shock. Muchos de esos profesores se habían formado en universidades alemanas y austriacas y amaban la cultura germánica.
Ilusión
P. Uno de los personajes del film llama a continuar con la lucha una vez que termina la guerra. ¿Esto representó el sentir general de la población?
A.W.: No, de ninguna manera. La sociedad polaca, entre 1945 y 1947, vivió bajo la ilusión de que Polonia no llegaría a ser sovietizada del todo, que llegaría a gozar de una especie de soberanía. Quienes éramos universitarios entonces suponíamos que el país podía ser reconstruido. Sólo hacia fines de 1948, cuando los dos partidos, el Obrero de los Trabajadores y el Socialista Polaco se unieron en uno, controlado por el estado, se tuvo la plena conciencia de que Stalin había decidido someter a Polonia a su entera voluntad.
P.: Cuando usted ganó hace medio siglo la Palma de Oro en Cannes dijo que el cine podía llegar a cambiar el mundo. ¿Sigue pensando hoy lo mismo?
A.W.: Desafortunadamente, el cine no tiene hoy el mismo papel que antes en nuestra vida. Las películas políticas y sociales requieren que un enorme público las vea en una enorme sala, y no en soledad frente a una pantalla de plasma. Sólo en el interior de un cine hay una recepción social del cine. A veces, cuando miramos una película en televisión, ni siquiera tenemos la certeza de haberla visto completa. Pero hay otro factor: cuando existía la cortina de hierro, los cineastas polacos hacíamos películas que eran ansiosamente esperadas en Occidente para ver hasta dónde podíamos decir o sugerir cosas sobre la realidad y la sociedad polaca. Hoy, cuando Polonia es un país libre, mis colegas jóvenes ya no hacen películas sobre la sociedad sino sobre ellos mismos. Pero lo mismo ocurre en Francia, en Alemania, en todas partes. El cine polaco ya no tiene una identidad distintiva. Es el mismo que se hace en toda Europa.


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