Wajda: “El crimen de Katyn fue contra la Polonia culta”

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Desde el inicio de su vasta y celebrada carrera cinematográfica, al celebrado director Andrzej Wajda le demandó más de medio siglo atreverse a rodar el film «Katyn», que se estrena este jueves. La película se ocupa de la matanza de 22.000 oficiales polacos por la NKVD (la policía secreta rusa) durante la Segunda Guerra Mundial. Pero si bien este film era irrealizable, desde luego, antes del derrumbe del comunismo en Polonia con la caída de la Unión Soviética (recién en 1990 Gorbachov admitió la existencia de esa matanza), el autor de «Cenizas y diamantes» tampoco se sentía en condiciones de filmarlo de inmediato cuando pudo: uno de los muertos en aquella masacre fue su propio padre, cuya historia retrata cuando tiene más de 80 años.

El asesinato colectivo se produjo después de la invasión de la Alemania nazi en Polonia. Siguiendo la orden de Joseph Stalin, el 17 de septiembre de 1939 también las unidades del Ejército Rojo entraron ilícitamente en suelo polaco. Allí Anna, la esposa de un capitán del Regimiento de Uhlan, está a la espera de su marido, y recibe con incredulidad las pruebas que evidencian que ha sido asesinado por los rusos. Sin embargo, sólo en abril de 1943 los alemanes descubren los fosas masivas de oficiales polacos en el bosque de Katyn.

El film, que cerró el festival de Berlín del año pasado, representó el regreso del anciano maestro al cine después de casi cinco años sin filmar. Su film anterior, la farsa «Zemsta» que protagonizó Roman Polanski, tuvo escasa distribución en el mundo. En Berlín, Wajda habló largamente sobre «Katyn», y transcribimos aquí algunas de las respuestas a los muchos interrogantes que se le plantearon: «Nunca pensé que viviría para ver la caída de la URSS, o que la libertad de Polonia me daría la oportunidad de retratar en la pantalla el crimen y la mentira de Katyn. Mientras que el crimen de Stalin privó de la vida a mi padre, mi madre fue tocada por las mentiras y la espera en vano de su regreso», manifestó.

Periodista: Este es el primer film que se realiza sobre la matanza de Katyn. ¿Con qué dificultades se encontró usted para encararlo, considerando que su padre fue una de las víctimas?

Andrzej Wajda: Muchas. Como usted bien dice, este el primer film sobre Katyn, y eso representa una enorme desventaja porque era necesario brindar mucha información fáctica para que el público supiera de qué se está hablando. Si un director hace una película sobre los campos alemanes no tiene necesidad de aclarar de qué habla. Con Katyn sí. En futuras películas, y espero que las haya, el guión podrá concentrarse más en aspectos dramáticos o psicológicos. Yo tuve que mostrar la Polonia de 1939, cómo los protagonistas fueron capturados, cómo se los transportó a lo que se llamaban los «campos de transición». Recuerdo muy bien el año 43, cuando se descubrió que el crimen fue cometido por los soviéticos, la excavación de las tumbas clandestinas, la aparición de los cuerpos de las víctimas de Stalin. Los alemanes los descubrieron, y sólo entonces las familias pudieron tener las evidencias. Al fin de la guerra, con la nueva entrada de los rusos, se sindicó en cambio esa matanza como un «crimen alemán». Y no fue así, por supuesto. Pero Occidente, sin embargo, mantuvo la mentira. La encubrió para no dañar sus relaciones con Stalin.

P.: Demasiados temas para abarcarlos en un sólo film.

A. W.: Por supuesto. Por eso, éste se limita a mostrar el crimen y la mentira. El crimen: que fue mi padre quien cayó en esa matanza. La mentira: la que sufrió mi madre, una de las mujeres que más luchó para obtener la información que le retaceaban, y que no dejó de mantener contacto con la Cruz Roja en Londres y en Suiza. Durante varios años se le mintió, se le aseguró que mi padre no había muerto allí.

Elección

P.: Usted muestra la matanza.

A.W.: Sí. Reconozco que lo dudé mucho. No sabía si era correcto hacerlo a sólo aludir a ella. Sin embargo, creí que era imprescindible. Piensen ustedes que sobre la masacre de Katyn no hay documentación, no hay literatura, no existe ni una sola novela en la que yo hubiera podido basarme. Si hubiese existido, la decisión habría sido de otro. En este caso, tuve que tomarla yo.

P.: ¿Estuvo en contacto con otros familiares de las víctimas de Katyn?

A.W.: No. Creí que si lo hacía me iba a encontrar con numerosas historias, todas unidas por la tragedia, y no quise asumir compromisos morales con ellos. No quería que nadie que me hubiese abierto su corazón con recuerdos tan dolorosos, cuando se estrenara la película me reprochara no haber incluido su propia historia.

P.: ¿Los actores jóvenes tienen hoy alguna noción de los códigos de pensamiento y modales de aquella época?

A.W.: Tenía que elegir actores de entre 35 y 40 años, la edad de mis padres en aquel momento. A esa edad, los actores ya tienen una personalidad bien definida, actuaron en cine y Tv, etc. Lo más importante fue que los intérpretes comprendieran, sintieran en realidad, los códigos de ese mundo de preguerra. La cultura, los modos, la sensibilidad de aquella gente. Porque, y esto es importante destacarlo, la matanza de Katyn no sólo fue un crimen contra el ejército polaco sino también un crimen contra la cultura polaca. Más de la mitad de esas 22.000 víctimas eran maestros, académicos, doctores, profesores, historiadores, pintores. La mejor evidencia de lo que digo está en que si usted hoy se encuentra con gente de Cracovia, o de cualquier otra ciudad polaca distinguida por su cultura, no será que raro que tengan entre sus ascendientes algún asesinado en Katyn. Este fue un crimen contra la totalidad de la clase culta polaca, y el film demuestra que ese fue el deseo común de los rusos y los alemanes: los soviéticos, que masacraron a los oficiales, y los alemanes, que arrestaron a los profesores en la Universidad de Jagiellonian. Ese episodio también fue uno de los hechos más violentos en la historia de Polonia en el siglo XX: hasta ese momento, las universidades eran autónomas e intocables. El rector y los profesores ignoraban con qué fin los arrestaban los alemanes. Fue un shock. Muchos de esos profesores se habían formado en universidades alemanas y austriacas y amaban la cultura germánica.

Ilusión

P. Uno de los personajes del film llama a continuar con la lucha una vez que termina la guerra. ¿Esto representó el sentir general de la población?

A.W.: No, de ninguna manera. La sociedad polaca, entre 1945 y 1947, vivió bajo la ilusión de que Polonia no llegaría a ser sovietizada del todo, que llegaría a gozar de una especie de soberanía. Quienes éramos universitarios entonces suponíamos que el país podía ser reconstruido. Sólo hacia fines de 1948, cuando los dos partidos, el Obrero de los Trabajadores y el Socialista Polaco se unieron en uno, controlado por el estado, se tuvo la plena conciencia de que Stalin había decidido someter a Polonia a su entera voluntad.

P.: Cuando usted ganó hace medio siglo la Palma de Oro en Cannes dijo que el cine podía llegar a cambiar el mundo. ¿Sigue pensando hoy lo mismo?

A.W.: Desafortunadamente, el cine no tiene hoy el mismo papel que antes en nuestra vida. Las películas políticas y sociales requieren que un enorme público las vea en una enorme sala, y no en soledad frente a una pantalla de plasma. Sólo en el interior de un cine hay una recepción social del cine. A veces, cuando miramos una película en televisión, ni siquiera tenemos la certeza de haberla visto completa. Pero hay otro factor: cuando existía la cortina de hierro, los cineastas polacos hacíamos películas que eran ansiosamente esperadas en Occidente para ver hasta dónde podíamos decir o sugerir cosas sobre la realidad y la sociedad polaca. Hoy, cuando Polonia es un país libre, mis colegas jóvenes ya no hacen películas sobre la sociedad sino sobre ellos mismos. Pero lo mismo ocurre en Francia, en Alemania, en todas partes. El cine polaco ya no tiene una identidad distintiva. Es el mismo que se hace en toda Europa.

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