La temporada de balances superó las expectativas. El 73% de las firmas que ya los presentaron arrojaron resultados superiores a los esperados.
Donald Trump.
El mal balance de Amazon -una excepción a la regla- descompaginó la foto final de Wall Street. Únicamente el Dow Jones Industrial pudo cerrar la semana con la proeza de un enésimo récord. El chubasco no fue grave, ya que los demás índices -un lote compacto y punzante hasta el jueves- se recompusieron y quedaron a tiro de los máximos. La regla de la actual temporada de balances es la de superar con creces las expectativas. Y no hay motor más poderoso. El 57% de las firmas que componen el S&P500 informaron sus resultados trimestrales. Una gran mayoría, el 73%, excedió las proyecciones de ganancias. Y el margen promedio -6 puntos anuales- confirma una holgura notable. ¿Cuánto habrá aumentado la rentabilidad por acción cuando termine el desfile de los estados contables? Entre 9% y 10% interanual si el patrón se mantiene. Tanto como el avance acumulado del índice en lo que va del año. Quizás la respuesta de las cotizaciones a los balances sea una "sobrerreacción". Lo sostiene Robert Shiller, Nobel de Economía compartido de 2013, quien admite no dormir bien de noche dada la combinación de una valuación bursátil altísima -como no se observaba desde 1929 y 1999-2002- y la virtual supresión de la volatilidad de las acciones. Esto puede terminar muy mal, afirma. Aunque aclara que "no se trata de un pronóstico, sino de una preocupación".
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Wall Street es un violín, ejecutado a la perfección. Washington, en simultáneo, es un caos que no logra completar la más sencilla de las partituras. El director de orquesta, el presidente Donald Trump, carece de experiencia en música de cámara. En cualquiera de las dos. La reforma de salud, el caballito de batalla republicano, es un fracaso empiece por la Cámara baja o por el Senado. Trump se enfurece, pero el Congreso no es un ámbito que se conduzca con tuits y gritos. Que el presidente corte cabezas en su propia tropa -ya se alejó su vocero y el viernes, vapuleado en público, el jefe de Gabinete, Reince Preibus- es un truco barato que poco impresiona donde debería. El flamante director de Comunicaciones, Anthony Scaramucci, promete toneladas de futuras escaramuzas, pero el problema no es que a Trump le tiemble el pulso o sea un timorato; es la carencia de liderazgo de su Gobierno -dentro del Congreso, a pesar de contar con mayorías propias, y fuera- y no se subsana produciendo vértigo. ¿Qué precisa Wall Street de Trump? Hoy, nada. Ya dio de baja las expectativas de una reforma tributaria inminente. En rigor, sólo necesita que el Congreso amplíe el límite de la deuda pública, a más tardar a fines de septiembre. Sencillo, pero aun así el mercado de Letras del Tesoro no lo da por hecho.
Pasó la reunión de la Fed y no hubo sorpresas. El banco central no tiene urgencias para volver a subir las tasas (no será hasta 2018, es la última predicción de los mercados) pero sí para iniciar la reducción de la hoja de balance. ¿Temible? Un analista experimentado, el mítico Byron Wien, dice que probablemente sí, pero es difícil creerle. Después de todo, cuando se compraban bonos a destajo con la expansión cuantitativa, el efecto sobre la tasa larga se producía por entero con los anuncios. Todos conocen ya la intención de la Fed. Y la tasa larga, lejos de trepar, se precipita. En definitiva, ¿cuál es el efecto práctico que dejó el cónclave? Uno solo: en la guerra de monedas, el dólar se rinde sin condiciones. Su caída es generalizada (contra todas la monedas, a excepción de nuestro peso). Y Wall Street lo sabe bien, eso no es restricción monetaria sino más estímulo. Mientras Shiller pierde el sueño, Wall Street extiende el suyo. El profesor de Yale observa las ganancias ajustadas por el ciclo -y su promedio real de los últimos diez años- y advierte que cruzó el Rubicón al pagar 30 dólares por cada dólar de utilidad. Los inversores miran hacia delante, confirman sus presunciones de rentabilidad para los próximos doce meses -y a ellos, el cálculo les da un precio de 17,7. Caro pero no una aberración. Mientras no asome una recesión en el horizonte, no querrán mirar atrás. Mientras las empresas cumplan con lo que prometen quizás tampoco haya necesidad. En el intervalo, ayudará sobremanera que repunte la economía de EE.UU. para no perder la fe.
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