29 de diciembre 2014 - 00:00

¿Wall Street, más cautelosa tras el regalo de Navidad?

 El rally de Navidad dijo presente con puntualidad asombrosa. Cortesía, como (casi) todos los años, de Santa Claus, pero también de la Fed. Sin la ayuda oportunísima de Janet Yellen, empantanados en un lodazal de petróleo, los renos que traían los regalos no hubieran sido capaces de zafar del atasco que provocó la OPEP. La palabra de Yellen fue una catapulta literal para Wall Street. El Dow Jones Industrial puede dar fe. Avanzó mil puntos como una exhalación y cruzó así, por primera vez, la frontera de los 18 mil. El mercado bull -alcista- de las acciones sufrió dos tropezones desde octubre -el primero, del 10%, y el segundo, del 5% a comienzos de mes- pero ninguno fue caída sino rampa de lanzamiento necesaria para conquistar nuevas cumbres. Merecidos o no, nadie ignora sus galones.

El Dow Jones acumula siete subas consecutivas y clavó el viernes su récord absoluto número 38 en 2014. ¿Quién puede negar que los toros mandan? Son nueve semanas en alza -de las últimas diez- para el S&P 500, más impetuoso aún que el Dow, y el récord número 52. En el mundo de tasas cero, el Dow trepó el 8,9% desde fines de 2013, el S&P 500, el 13%. El Nasdaq les saca ventaja a ambos con el 15% (aunque se ubica por debajo todavía de sus máximos de 14 años atrás). El Nasdaq 100 -las compañías más grandes que cotizan allí- subió el 20%. Y, quién lo hubiera dicho a principios de año, el Dow de Transportes creció el 24%, desairando toda sospecha de recesión, y el Dow de Utilities (compañías de Servicios Públicos), el 29,5%, a caballo del fenómeno más notable, e imprevisto, que dejó 2014: el derrumbe de las tasas de interés de largo plazo.

No obstante, si hay que rescatar un dato crucial de esta semana breve y fulgurante, las palmas se las lleva el Russell 2000. Es la resurrección de las acciones de las empresas pequeñas -las small caps- lo que debe anotarse. Fulminadas desde marzo por el efecto Dudley -un comentario nada riguroso que vertió Bill Dudley, titular de la Fed de Nueva York, en el sentido de que "quizás" estaban sobrevaluadas -no participaron del festival que protagonizaron sus pares de mayor capitalización. La propia Yellen, meses más tarde, las volvió a fustigar anudándolas a la bolsa en la que metió a los bonos de alto rendimiento (y baja calidad crediticia). Créase o no, las cifras citadas arriba parecieran desmentirlo, la quisquillosidad por la valuación de los papeles fue una constante durante el año, como no se observó en 2012 o 2013. Sin embargo, esta semana, el Russell 2000 consiguió superar los topes de marzo último (lleva un avance del 4,4% en 2014). Una hazaña módica pero muy significativa. Que un sector muy agresivo por naturaleza -y, en estas circunstancias, el más vapuleado- asome de nuevo cabeza en alto es una señal potente para todos. Que se entienda: no es lo suyo ir a la zaga cuando el optimismo gobierna. Y en las últimas cinco ruedas, por fin, despuntaron los genes: las small caps avanzaron el doble que el S&P 500.

Si el patrón estacional es el que talla, la señal es todavía más importante. Después del rally de Navidad, toca montar el efecto enero. Y el fenómeno expansivo es, en esencia, una suba pronunciada de la Bolsa con un sesgo marcado hacia los papeles de compañías pequeñas. En los últimos 25 años, el S&P 500 acusó retornos del 0,29% mensual en enero; el Russell 2000, del 0,65%. Vale recordar que este año la apuesta fracasó, resultó un tiro por la culata, y Wall Street reculó el 5%. Pero la insistencia de los inversores debe darse por sentada. Las piezas se acomodaron solas sobre el tablero. La economía a buena temperatura: vibra en los EE.UU. (y tirita afuera). La inflación en caja (hace 31 meses que se incumple por defecto la meta del 2% en EE.UU.). Yellen que no tiene prisas. La suba de tasas cortas está fechada recién para junio. El momentum de las acciones domina la escena. Y ahora ruge el motor de las small caps. No hay garantías -se dijo: enero 2014 fue un búmeran- pero está en la sangre del inversor. Será imposible resistirse a la tentación.

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