1 de diciembre 2008 - 00:00

Wall Street retoma empuje: la Acción de Gracias es para el gobierno

Larry Summers
Larry Summers
Las noticias de la economía no son buenas. En los EE.UU. el gasto de consumo personal declinó 1% nominal en octubre. Las órdenes de bienes durables -un anticipo de la formación de capital fijo- se zambulleron 6,2%. El mercado inmobiliario, se sabe, no levanta cabeza. Las ventas de viviendas cayeron más de 3% (las de casas a estrenar, 5,3%). La ocupación se resiente. Las solicitudes iniciales de subsidio por pérdida de trabajo superan el fatídico umbral de 500.000. Nadie se sorprenderá, este viernes, cuando el informe de empleo arroje una destrucción de puestos netos que exceda 300.000 y una tasa de desempleo cada vez más cercana a 7%.

Los vientos que trae la economía son francamente malos, pero Wall Street no prestó atención. Fue la mejor semana del año ( desde ya, de un año terrible). Invicto en las cuatro jornadas, el índice S&P 500 trepó 12%. El raid alcista arrancó desde los valores mínimos del viernes 21 y acumula un avance que orilla 21%. En las Bolsas, todo mercado bajista que se precie intercala, de tanto en tanto, un rally soberbio. De 1929 a 1933, hubo ocho embates furibundos. Sólo el último logró zafar de la maraña y no resultó un vil engaño (es decir, la antesala de un derrumbe a nuevas profundidades).

¿De dónde tomó Wall Street bríos tan inesperados como oportunos? No fue, por cierto, responsabilidad de la mano invisible. Hay que mirar al gobierno a la hora de trozar el pavo del Día de Acción de Gracias. Alejar a Citigroup del vértigo de un abismo fue una faena decisiva. Citi probó primero por las suyas todas las variantes imaginables. Desde ventilarse como comprador del Chevy Chase Bank hasta la recompra de más de un millón de sus propias acciones o anunciar el recorte de 52.000 puestos de planta. Nada funcionó para detener el hundimiento de su cotización. La entidad valuada en más de u$s 300.000 millones a fines de 2006 quedó postrada, indefensa, con un patrimonio de mercado de sólo u$s 20.000 millones. Fue el Tesoro -con la colaboración de la Fed y la corporación del seguro de los depósitos, la FDIC- el que frenó la debacle y revirtió la corrida sobre la acción.

Comparado con su piso de u$s 3,05 del viernes 21, el papel cerró con un salto de 172%, a u$s 8,29. La valuación resultante -u$s 45.000 millonesprovee una bahía con mayor reparo, sobre todo para conservar la estructura actual de pasivos y negocios.

Quedó claro que el gobierno no abrigó dudas sobre la necesidad de involucrarse con urgencia y estabilizar a Citigroup. El fantasma de un Lehman recargado se diluyó por la drástica respuesta. Más que el despliegue de dinero sobre la mesa, lo que impactó fue el enfoque que se utilizó. No sólo no se forzó la venta de activos a precios de remate. Sino que se trató con algodones a los accionistas del banco y a su gerencia, con una mínima dilución -la imprescindible- y ningún reemplazo. Que el Tesoro recurra a la emisión de avales aumenta su poder de intervención de corto plazo mucho más allá de los límites autorizados por el Congreso. Todo el esquema de auxilio, por último, es replicable a cualquier institución en aprietos. Se afianzó así lo que ya se intuía, la idea de que otro banco grande no va a caer (aunque haga méritos). Pero la oferta de riesgo moral fue un paso más adelante: en forma deliberada calmó con su bálsamo el escozor de los accionistas. A la sazón, su efecto trascendió a Citi; el índice KBW de valores de bancos repuntó 45%.

Que trascartón la Fed disparara una salva de nuevos programas sostén con el propósito de resucitar la titulización de créditos de consumo y de recortar los rendimientos de los bonos hipotecarios de agencia, por un total de u$s 800.000 millones, no cayó en saco roto. Por primera vez, la dinámica de las medidas oficiales sobrepasó la inercia de los acontecimientos. Y la respuesta fue muy veloz: las tasas hipotecarias cayeron a plomo, 40 puntos base en el acto. Es verdad que la ingeniería para estimular el crédito de consumo llevará su tiempo -difícilmente el armado esté listo antes de marzo-, pero también es cierto que iniciativas lanzadas otrora comienzan a rodar. Así, la semana pasada Goldman Sachs estrenó la emisión de obligaciones de renta fija -a tres años de plazo- bajo el paraguas de la garantía de la FDIC. Y la operación -sobresuscriptafue un éxito. Goldman colocó notas por u$s 5.000 millones a una sobretasa de 200 puntos base (en línea con los costos en baja del papel de agencia). Abierto el camino, Morgan Stanley y JPMorgan Chase le pisan los talones con sendas emisiones. No será tan fácil arrinconar a los bancos cuando retomen el acceso a los mercados de capitales.

Si los anuncios comienzan por fin a surtir efecto y traccionan un mejor ánimo, EE.UU. goza, en la coyuntura, de una ventaja inestimable. En los hechos, no cuenta con un único gobierno. Sino con dos. Y es ardua tarea competir con la verba de la administración entrante. Barack Obama es un comunicador formidable. ¿Qué la transición hasta su asunción, el 20 de enero, corre el riesgo de transformarse en una barca a la deriva? Obama cortó de cuajo esa peligrosa impresión. Le bastó con abrir el grifo de las designaciones. En catarata, Tim Geithner, Larry Summers y Paul Volcker encabezaron la ristra de economistas con cargos e influencia. Podrá argumentarse que son demasiados (si se suman los nombres de Cristina Romer, Peter Orzsag y los profesionales de la campaña como Austan Goalsbee y Jason Furman), pero no sostenerse que la transición quedará huérfana de ideas o iniciativas. De paso, el desfile de nombres sepultó la imagen del Obama proteccionista, del «socialista» que descubrió McCain o del militante de posiciones extremas. No es la renegociación del NAFTA, por citar un estandarte reciente, lo que Geithner, Summers y Volcker llevarán adelante.

Todo lo anterior justificó la potente reacción de las Bolsas. Nada de ello, sin embargo, era imprevisible. Sí, quizá, lo fueran los tiempos de su rápida maduración. En definitiva, se quemaron etapas, pero no se alteró el curso esperable de los acontecimientos. Lo que -sin embargo- escapó a la lógica lineal de la crisis y, por ende, resulta más valioso es el comportamiento de las tasas largas. Cuando dos analistas de Citi, esta misma semana, vaticinan un oro de u$s 2.000 la onza reflejan mejor que nadie el temor a que la factura de los rescates a destajo (incluyendo, uno piensa, el suyo propio) requiera una inflación descomunal, más tarde o más temprano, para cancelar su importe. No es así. No necesariamente ( explicar por qué demanda una crónica aparte). Lo que vale tomar nota es que, pari passu, con el rebote de las Bolsas, con la profusión de planes de salvamento y la expansión generosa de dinero primario, la tasa de diez años se hundió por debajo de 3%. Esto supone la ruptura del límite de 2003, cuando también la Fed ventilaba el fantasma de la deflación y a su influjo llevó las tasas cortas a 1%. Así, la estrategia de combate de la crisis tiene el camino allanado para profundizar su aplicación, más allá de las suspicacias que despierta, que son muchas más que las que se expresan a viva voz.