- ámbito
- Edición Impresa
Wall Street va ahora tras la búsqueda del tesoro
Ben Bernanke
Wall Street cerró un primer trimestre perfecto. El Dow Jones trepó el 11%, su registro más fructífero desde comienzos de 1987. Batió una y otra vez sus mejores marcas históricas y dejó constancia de que no lo arredra el vértigo. El S&P 500 -que subió el 10%- debió transpirar más para lograr lo mismo, y confirmar así un certero uno-dos al plexo del sentimiento bear ("bajista"). Lo del Nasdaq no fue menos meritorio: pese al derrumbe de Apple (-17%), pudo escalar el 8%. ¿Qué decir del mercado alcista post-Lehman, aquel que cobró vuelo cuando todo eran cenizas, exactamente cuatro años atrás? Hay que conceder que aprobó el examen del tiempo y se ganó en buena ley sus galones.
Cuando empezó 2013 el rally mundial de las Bolsas era una tromba compacta. Tres meses después toda la polvareda se concentra alrededor de Wall Street. Los récords que se derriban hoy caen sólo en la Gran Manzana. Fervor, lo que se dice fervor, bulle también en Tokio, bajo el paraguas generoso de las políticas de Shinzo Abe. Las Bolsas de la eurozona, las precursoras de la última pierna alcista allá por junio, dividieron su suerte. Mientras Nueva York avanza el 10% y Londres, el 8%, en lo que va del año, las ganancias de Berlín y París merodean el 2,5%. Pero si se traspasa una línea imaginaria brotan los quebrantos. Madrid retrocedió el 3%. Roma, más del 5%. Y si se afina el lápiz, y se corre el eje a los cimbronazos de Chipre, la ruptura es brutal. Desde los topes que alcanzó el Ibex en enero, la caída ha sido del 9%. Fuera del Viejo Continente, la Bolsa de Shanghái, que se ubica un 1% en rojo, es la más destacada entre los BRIC. La peor, el Bovespa de San Pablo, su hundió el 8%.
La base geográfica del rally se estrechó sobremanera. Si no fuera porque Ben Bernanke promueve los méritos del QE3 a toda hora, el repliegue ya podría haber comenzado también en Wall Street. La última tanda de indicadores económicos aportó un sello distintivo: en once de quince lecturas, las cifras fueron peores que lo esperado. Europa, a su vez, decidió acribillar a una Chipre indefensa. No obstante, ambos percances fueron bien digeridos. La prueba es el récord flamante del S&P 500. Que la crisis europea sea un carbón que no enciende, a pesar de que se le arrime el fuego, puede motivar mayor coraje. Está en claro, por supuesto, que Wall Street no se rinde todavía. Se dice que la mejor manera de escalar es trepar un muro de preocupaciones. Si es por eso, no le faltan desafíos: los balances del primer trimestre, descubrir el impacto del ajuste fiscal en curso, y, hasta el mensaje venenoso de las minutas de la Fed comandada por Ben Bernanke. Sin embargo, cuando se echa la vista atrás, se comprende que la faena ya fue cumplida. Después de escalar el 16%, la duda es si hay espacio para la proeza de subir un peldaño más. Pero no sobra el tiempo. El fantasma del "sell in May" -la maldición de mayo- dibujará una silueta cada vez menos difusa.
Europa sumó dos contribuciones de peso en lo que va del año. Primero, le dijo basta a la apreciación del euro. Lo hizo en febrero cuando superó la marca de 1,37 y debió salirle al cruce, con el apoyo del G-7, a la estrategia japonesa de despeñar el yen. Volvió a mover el tablero, un par de semanas atrás, con la inefable operación Chipre. Y así chamuscó de nuevo al euro. Que nadie se engañe por la calma sobre la superficie. El daño no es la zozobra de Eslovenia; es la fisura que la experiencia provoca en la capacidad de fondeo del sistema financiero de la región. Habrá que dejar correr el tiempo para ubicarla con precisión. La ausencia de estrépito es arma de doble filo. Después de todo, Chipre escoró hace un año cuando Grecia reestructuró su deuda. Su destino atroz se escribió cuando la Unión Europea decidió recapitalizar a los bancos griegos pero no a los chipriotas. Sin embargo, la vida no se estropeó en ese instante; fue razonablemente amable hasta que quince días atrás el presidente Anastasiades se desayunó con las exigencias de Bruselas.
¿Qué pasará de ahora en más cuando ya se sabe que la espada de Damocles pende sobre la cabeza de los depositantes europeos? Lanzar un ultimátum así y mantener a la banca en el limbo es un desa-tino feroz. Que no haya una corrida brusca no significa que no haya problemas. Lo que se montó es el escenario para un formidable "credit crunch". En febrero, mucho antes de estas vicisitudes, el crédito al sector privado en la eurozona se contrajo el 2,5%.
Ahora será peor. Por supuesto, lo que huya de Europa, puede recalar en EE.UU. E impulsar a Wall Street en el tramo final de su búsqueda del tesoro.

