18 de abril 2018 - 00:00

Walter Riso: cuando la pizza es un emblema de la patria

La búsqueda de su lugar de origen, en Nápoles, llevó al reconocido profesional a escribir una novela.

Riso. “Todos los inmigrantes, cuando llegan, necesitan reproducir las formas y recetas que son su costumbre y su saber. Buscan recuperar aromas y sabores”.
Riso. “Todos los inmigrantes, cuando llegan, necesitan reproducir las formas y recetas que son su costumbre y su saber. Buscan recuperar aromas y sabores”.
Además de algo sabroso, apetecible, la pizza se vuelve símbolo de nostalgia y emblema de la patria abandonada en "Pizzería Vesubio" (Planeta), novela donde Walter Riso cuenta, con mucho de ficción autobiográfica, la historia de una familia que emigra a la Argentina a través de un personaje que deberá volver a Europa, y cómo descubre la importancia de sus raíces. Riso es doctor en Psicología, especialista en Terapia Cognitiva y magister en Bioética. Sus obras técnicas y de divulgación se han traducido a 12 idiomas. Nació en Nápoles, vivió en la Argentina, y reside actualmente en Barcelona. En su breve visita al país dialogamos con él.

Periodista: ¿Necesitó escribir 25 libros de terapia cognitiva para escribir una novela?

Walter Riso: El camino fue otro, pero el oficio de escribir ayuda. Todo empezó con que yo no sabía la dirección exacta del lugar donde había nacido. Sabía que era en Nápoles, en Salida Chinese, en Sanitá, barrio de la Camorra donde nació el comediante Totó. Entonces le escribí a una tía de 91 años que vive allá, y me dijo que era Chinese número 7. Google me mostró el lugar. Al mes fui a Nápoles, y esa experiencia está en el final de "Pizzería Vesubio". Me reencontré con cosas que mis viejos me habían contado. Yo conocía Nápoles sin haber estado. En ese barrio había un refugio; durante la guerra, cuando bombardeaban, los ricos iban y se mezclaban con la gente de La Baja. Y cuando di con la pizzería de la que tanto me hablaba mi viejo me senté y no paré de escribir. Luego investigué datos de acá, donde viví hasta 1976, cuando tuve que irme a España. Cosas como el mercado Spinetto, lugar de la "abbondanza" decía mi padre. Vivimos en Balvanera, que en los 50, con sus conventillos, er un ghetto tano. El telón de fondo es una nostalgia feliz.

P.: ¿Por qué se inventó un alter ego?

W.R.: Andrea Merola no es mi alter ego; vive cosas mías y cosas que no son mías, cosas que me habrían pasado y otras que no. Así la ficción autobiográfica se vuelve novela. Y el relato de aquella familia pobre, inmigrante, con sus alegrías, sus entusiasmos, sus comidas. Soy buen cocinero y puse recetas que aprendí en casa, como la parmigiana de berenjenas y de zucchini, el linguine a la vongole. Ponía bajito canciones de Massimo Ranieri y me largaba a escribir. Fue una catarsis. Aparecían escenas del cine neorrealista y otros de comedia italiana. Cuando le conté a mi editor en España, me dijo: me emocionaste. Y me desafió: hay que ver si sos capaz de pasar eso al libro.

P.: Entre nosotros los italianos impusieron el "mangia che ti fa bene".

W.R.: Es que todos los inmigrantes cuando llegan necesitan reproducir las formas y recetas que son su costumbre y su saber. Buscan recuperar aromas y sabores. En Nápoles uno no come pizza, come comunidad, comunión. Y ese rito se busca trasladar. Como el de decir en vez de "cómo anda tu vida" decir "cómo va tu lucha".

P.: Andrea desprecia a su familia.

W.R.: Se avergüenza de los suyos, del padre "magliaro", vendedor ambulante que quiere que Andrea aprenda el oficio. Estudia en el Otto Krause y sufre la diferencia con sus compañeros, que son de clase alta. Y para peor, cuando muere la madre, se tiene que poner al frente de la pizzería. La pizzería es otro personaje. Ahí descubre a sus ancestros, su legado, y se reconcilia con sus orígenes. Eso a pesar de los entramados que le saltan a la vista. Los que no pudo saber o de los que no se dio cuenta. Cuando viaja con su madre en el Conte Biancamano, en el puerto de Buenos Aires lo espera su padre que lo abraza, le quita el pañal, le huele los testículos y luego dice en napolitano "Chistu e o mie figlie!", ¡Éste si es mi hijo! El padre reconoce al hijo, y la novela termina con que el hijo reconoce al padre. Aun cuando sabemos que el padre no es quien crea sino quien cría. Andrea al ir develando los secretos de su familia en vez de distanciarse se integra.

P.: Cuándo Andrea se recibe de psicólogo no logra lo que esperaba.

W.R.: Que el tío rico le pusiera un consultorio en Villa Freud, pero le da un cuartito arriba de la pizzería Vesubio, y él termina atendiendo ahí a los pacientes y hasta convidándolos con comida. Y a una paciente le da una parmiggiana con marihuana, porque el peruano ayudante de cocina se la confundió con el orégano. Andrea aprende a respetar la verdadera pizza napolitana, la margarita, por la Reina Margarita, y la marinara, que es solo con tomate y orégano. La pizza es un tesoro cultural. En 2017 la Unesco decretó que la napolitana es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

P.: ¿Va a seguir escribiendo novelas?

W.R.: Sí, sobre todo por lo que viví escribiendo "Pizzería Vesubio", esa posibilidad de probar y descartar que no se da nunca en un ensayo, en una obra técnica o de divulgación. En la ficción lo más estimulante fue sentirme irresponsable. Uno adquiere una personalidad múltiple. Yo recuperé mis experiencias en el teatro cuando estaba cursando psicología en la Universidad Nacional de San Luis, estudiando a Stanislavski, actuando como Ricardo III, escribiendo una obra de teatro. En "Pizzeria Vesubio" los personajes se ponían a hablar y podían decir las cosas más equivocadas o contradictorias, provocaban enfrentamientos inesperados o acercamientos insospechables Yo le adelanté a mi agente que va a haber al menos otras dos novelas.

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